Carta abierta de Gustavo Gatica
“La verdad nos hará libres” y yo me siento un hombre libre. Tenemos la verdad, pero aún no tenemos la justicia
El pasado martes 13 de enero fue un día duro y contradictorio. Luego de estar tres horas sentado escuchando el fallo de las y los jueces, Claudio Crespo, el mismo hombre que me disparó a la cara hace poco más de seis años, cuyas municiones cegaron mis dos ojos para siempre, salía del tribunal como un hombre libre.
Aún estaba sentado junto a mis abogados, cuando escuché los gritos de alegría de su familia y gente que lo acompañó en la sala del tribunal. Supongo el alivio que sintieron, y por supuesto entiendo su emoción.
Fui junto a mis padres, que no lograban entender cómo podía ser que el mismo tribunal que demostró científicamente que Claudio Crespo fue el autor de los disparos que me quitaron la vista, el mismo que durante todo el juicio, aseguró una y otra vez que él no apretó el gatillo, pudiera ser el mismo hombre que salía celebrando del tribunal.
Por ello no solo fue duro, también contradictorio. Hoy todo Chile puede saber, y sobre todo yo puedo saber como una certeza, quién disparó a mi rostro ese 8 de noviembre. Eso me ayuda, porque más de una vez dudé incluso de la posibilidad de llegar a la verdad como una certeza jurídica, incuestionable.
“La verdad nos hará libres” y yo me siento un hombre libre. Tenemos la verdad, pero aún no tenemos la justicia
El paso de los días permite apreciar con mayor claridad lo ocurrido. No solo fue un veredicto judicial, sino lo que esto es capaz o no de generar en el ámbito social. Si la justicia trae tranquilidad tanto individual como colectiva, o si, por el contrario, se abre una brecha que desafía el sentido común.
Quiero decir algo con claridad: esto no se trata solo de mí.
No es una historia individual ni una causa que pertenezca a un sector político o a una trinchera.
Las tensiones que pueda tener cualquier sector, partido o coalición, las complejidades de la unidad o división, no quiero que lleven mi nombre. En momentos como estos es cuando la política debe responder con altura a las expectativas sociales, no ocupar esta causa para ajustar cuentas.
Las leyes no son neutras. Crean realidades, fijan estándares y orientan decisiones futuras. Y cuando se legisla desde la urgencia, el miedo o la presión, los efectos de esas decisiones no son abstractos: recaen sobre cuerpos concretos, vidas concretas, como la mía o como la tuya.
Por eso, más que quedarnos en disputas inmediatas o lecturas parciales, necesitamos preguntarnos con honestidad: ¿Qué marcos estamos construyendo como país? ¿Cómo equilibramos protección y responsabilidad sin debilitar nuestros principios democráticos?, ¿qué aprendemos cuando una norma creada con ciertos fines termina produciendo efectos que el país no estaba dispuesto a asumir?
Lo que está en juego es más amplio. Tiene que ver con el futuro de nuestra democracia, el respeto a los derechos humanos y la capacidad que tiene el sistema jurídico de responder a las expectativas de una sociedad.
Mi compromiso sigue siendo el mismo: con la dignidad, con la verdad y con una democracia que cuide a las personas.
Chile merece una política a su altura.
Y sigo convencido de que todavía podemos estar a la altura de Chile.