Hacia una democracia de izquierda
El capitalismo neoliberal necesita oposiciones radicales que sepan negociar lugares en las instituciones del Estado sin perder por ello su memoria política
Hace unas semanas se estrenó en Netflix la serie documental La fiscal, dirigida por Paula Mónaco y Miguel Tovar, que registra el trabajo de la abogada Sayuri Herrera Román como titular de la primera Fiscalía de Investigación del Delito de Feminicidio. En solo tres episodios, la obra muestra que las labores cotidianas de una oficina de gobierno pueden reformar la impartición de justicia en una ciudad. El relato comienza cuando Herrera Román era apenas una adolescente militante de la “Huelga del 99” en defensa de la educación gratuita, y termina con su renuncia al cargo de fiscal tras haber adoptado a una pequeña niña. El acierto de los documentalistas radica en mostrar la tensión entre la inercia de las oficinas gubernamentales y la incidencia que una perspectiva más humana y precisa puede tener en el fortalecimiento de la democracia. La serie se inserta en el subgénero del true crime y, a contrapelo de la mayoría de sus exponentes, elabora una representación de la violencia de género bajo una perspectiva feminista, que coloca al centro la dignidad y la memoria de las mujeres en vida.
El trabajo de Herrera Román se muestra como un ejercicio cuidadoso y obsesivo no solo de los procedimientos judiciales, sino también de los discursos con los que se narran los crímenes de género. La abogada encuentra la manera de resolver los casos porque conoce a detalle la cadena de procesos que hay entre una denuncia y una sentencia, y también porque sabe que el léxico y la gramática empleados en un litigio determinan la justicia que se puede implementar. No es lo mismo, por ejemplo, tratar a las víctimas y a sus familiares como números de una estadística que enfocarse en su identidad y en su historia. Ambos aspectos, el conocimiento puntual de los procesos y la importancia de la retórica, son parte de la formación apartidista que Herrera Román obtuvo de su participación en el activismo civil. Otro factor que posibilitó la extraordinaria existencia de una funcionaria dispuesta a navegar contra la corriente fue que su nombramiento ocurrió tras un concurso público, transparente y riguroso. Esa convocatoria abierta permitió que la experiencia de Herrera Román en el trabajo de base determinara una ética solidaria y crítica en la recién creada fiscalía.
Este caso me parece ilustrativo de una vía para construir una democracia de izquierda, que dé por superados falsos obstáculos sobre la congruencia ideológica. En el primer capítulo de La fiscal, por ejemplo, se cita un fragmento del discurso que el entonces Subcomandante Marcos dio en la Ciudad Universitaria de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 2001, en el que enuncia una premisa compartida hasta hoy por muchas personas que se consideran de izquierda: es imposible cambiar el sistema desde adentro y quien lo intenta termina corrompido por las estructuras de poder. La historia de Herrera Román muestra la falsedad de esta tesis (o al menos, su honrosa excepción). Es posible cambiar el sistema, momentáneamente, morona a morona, siempre y cuando exista una voluntad política superior que se exprese en los destellos de una burocracia funcional.
La victoria se juega en los claroscuros y no en la polarización binaria. Una versión sostenible de la democracia tiene que renunciar a la lógica de la pureza para ser capaz de plantar cara a las reacciones neofascistas que cobran cada vez más fuerza en el mundo. El capitalismo neoliberal necesita oposiciones radicales que sepan negociar lugares en las instituciones del Estado sin perder por ello su memoria política. Esa negociación solo es posible cuando se atiende el detalle material de las instituciones de las que depende la democracia. La otra opción, cederle más espacios al vacío en defensa de una supuesta integridad, ha demostrado sus debilidades en reiteradas ocasiones, como puede verse en el ascenso de la derecha al sur de América Latina. La idea de que una izquierda democrática es inviable no detiene el avance de los totalitarismos, solo se los otorga a la derecha neoliberal y delata una imaginación muy limitada, así como una escasa capacidad de observación.
¿Qué necesita una izquierda democrática para enfrentar las nuevas dinámicas de acumulación de capital? El primer paso, sin el cual cualquier programa político pierde su sentido como defensor de una vida más plena, es incorporar la perspectiva de género a su actuar, elemento tan importante como la perspectiva antiimperialista, que señala y reprueba la hegemonía de las potencias económicas sobre los países que las sostienen. Los feminismos interseccionales ofrecen maneras de cumplir las funciones públicas del Estado sin replicar sobre los cuerpos femeninos la desigualdad que se busca combatir a nivel económico.
La lucha por la redistribución de la riqueza y por el establecimiento de la seguridad social, la educación y la justicia, que resume la razón de ser de una izquierda democrática, necesita incorporar a su caja de herramientas la comprensión de que las mujeres somos seres tan fascinantes, complejos y dignos como los hombres. Al haber sido históricamente marginadas de los puestos de poder hegemónicos, una formación política feminista, necesariamente, debe pasar por el trabajo de base. Es en ese campo de batalla donde se está construyendo la potencia más subversiva. Mientras las izquierdas se debaten en las olimpiadas de la pureza dentro de sus querellas internas, el neoliberalismo perfecciona la capacidad de adaptarse a las nuevas condiciones tecnológicas para acumular la mayor cantidad posible de riquezas y de poder en la clase empresarial.
El crítico marxista David Harvey señalaba nuestro continente como el patio de juegos de uno de los ensayos más exitosos del modelo económico neoliberal, cuando las dinámicas de la democracia dieron un giro sin retorno a partir del golpe de Estado en Chile en 1973, respaldado por los Estados Unidos, y la posterior inserción de los Chicago Boys al territorio latinoamericano, como una respuesta beligerante al ascenso del socialista Salvador Allende.
En la lectura de Harvey, el crecimiento que tuvieron los sindicatos de trabajadores en los años setenta fueron la antesala de una respuesta neoconservadora que legitimó su popularidad por medio de un discurso donde la “libertad individual” fue colocada como el bien supremo a defender. La economía neoliberal consiguió, por medio de su alianza con discursos nacionalistas e identitarios, afianzar escaños públicos y extender medidas para proteger a los dueños del gran capital. Pero con el paso de las décadas el sistema mostró grandes fallas, por ejemplo, cuando el gobierno estadounidense decidió proteger Wall Street frente a la crisis de la burbuja inmobiliaria en 2007-2008, que dejó a miles de personas en la calle. Harvey identifica en esos años la fractura de la ilusión del neoliberalismo como una vía segura para instaurar el bienestar social. Lo que vino después tiene que ver con la habilidad que la derecha ha tenido para ofrecer (falsos) espacios de pertenencia a una mayoría empobrecida y paranoica, acostumbrada a pensar que si le va mal es por su culpa (“los pobres son pobres porque quieren”) o por la de esos otros (los migrantes, las comunidades racializadas, las disidencias de género, etcétera) que se están quedando con lo que no es suyo por derecho.
Por eso es tan importante ampliar los horizontes de lo posible desde la izquierda y aprender a dimensionar con precisión los avances que se logran en casos como el de Herrera Román. No es menor, por ejemplo, regresar un cuerpo a casa después de un feminicidio. Tampoco lo es asegurar una memoria verdadera para los hijos de las víctimas. En una democracia ideal, lo justo sería que los feminicidios dejaran de existir por completo y que la violencia de género se esfumara de nuestras vidas. Sin embargo, una transformación de esa naturaleza no puede lograrse de un día para otro. La madeja del conflicto tiene que empezar a desenredarse desde lo más concreto. Empezar, por ejemplo, por registrar cómo una activista aprendió a colaborar dentro de las estructuras institucionales sin perder por ello su sensibilidad o su compromiso.