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Tenemos mucho miedo

Nos mueve el miedo. Y también nos limita. Aquí el miedo es fenomenal motor en épocas electorales. Siempre hay gasolina para tanquear nuestros miedos. Esto es Colombia

Casilla electoral en Medellín (Colombia), el 8 de marzo.STR (EFE)

El miedo nos define. Como especie, en parte. Somos primates complejos. Razonamos, aprendemos, inventamos, hablamos, engañamos, reímos, transmitimos, socializamos, asesinamos. Y tenemos miedo. Mucho miedo, y nos esforzamos por disimularlo. Pero el miedo, como el dolor, tiene una función válida: ante escenarios de amenaza, nos protege, encauza nuestra atención. Es una señal de alarma que, en el comienzo de los tiempos, seguramente ayudó a que una criatura enclenque y sin mayores superioridades físicas, evitara terminar convertida en el almuerzo de otros.

Más allá de la lejana mirada al m...

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El miedo nos define. Como especie, en parte. Somos primates complejos. Razonamos, aprendemos, inventamos, hablamos, engañamos, reímos, transmitimos, socializamos, asesinamos. Y tenemos miedo. Mucho miedo, y nos esforzamos por disimularlo. Pero el miedo, como el dolor, tiene una función válida: ante escenarios de amenaza, nos protege, encauza nuestra atención. Es una señal de alarma que, en el comienzo de los tiempos, seguramente ayudó a que una criatura enclenque y sin mayores superioridades físicas, evitara terminar convertida en el almuerzo de otros.

Más allá de la lejana mirada al miedo en el ascenso de los seres humanos, es evidente que, en el hoy y el ahora de la campaña presidencial, tenemos miedo. No tememos al mismo tsunami, al mismo volcán escupiendo lava o a la misma bestia furiosa que nos acorrala. Pero, reorganizando una de las frases de combate del Chapulín Colorado (miedoso paladín), sí que cunde el pánico.

Sentimos y somos presa de pulsiones, por lo que no es fácil hacer un catálogo confiable de los miedos que ahora nos acosan. Pero hay que intentarlo, entendiendo que se arma con las prevenciones y prejuicios de sectores variopintos.

Miedo a Iván Cepeda. Convertirá a Colombia en una especie de U.R.S.S. suramericana. Estatizará hasta la respiración. Nos pondrá a “sudar petróleo” (aunque terminará de enterrar a Ecopetrol) y va a meternos en la “pitadora” de las reformas hasta que quedemos como carne desmechada. Liderará una constituyente en la que barrerá con la institucionalidad. Marchitará los medios de comunicación y la libre expresión. Seguirá sembrando fanáticos en donde deben florecer los técnicos y los expertos. Conversará fluidamente con los ilegales que se tomaron el país y les dará más gabelas en búsqueda de una paz de la que se valen para consolidar su gran poder (también apuntalado en el miedo que se les tiene en las regiones). Asfixiará al sector privado y será el amo de los radicales.

Luz María Sierra, directora de El Colombiano, le preguntó a Álvaro Uribe quién le daba más miedo, si Petro o Cepeda: “Yo no sé. Petro a ratos se ríe, Petro a ratos espabila. Ah, esa mirada fija de Cepeda, como la de Idi Amín, que miraba al hígado de la contraparte. Yo le tengo pánico al comunismo”. Aquello de la mirada al hígado supera lo meramente retórico: Amín, el “Carnicero de Uganda”, regó de cadáveres el Nilo y su país. Se habría comido algunos, dicen; quizás de sus enemigos. Cuando le preguntaron si tenía tales apetencias, según Rajiv Dogra en su libro sobre tiranos, contestó: “No me gusta la carne humana; es demasiado salada para mí”.

En diciembre del año pasado, Felipe López le confesó a Federico Gómez Lara, director de Cambio, que le tenía “un poco de miedo a Cepeda”, porque creía que, si llegaba a la presidencia, aprobaría las reformas que Petro no logró aterrizar y pensaba que el senador era “más Raúl Castro que Fidel”. Con la Navidad, queda claro en un texto suyo publicado en dicha revista, López ha ido perdiéndole el miedo a Cepeda.

Miedo a Abelardo de la Espriella. Emprenderá una cruzada para erradicar la presencia del progresismo en el servicio público. Gobernará en beneficio de los poderosos que fueron perdiendo espacio y posibilidades. Mandará a la “paila mocha” las reformas sociales de Petro. Cubrirá los campos de plomo y glifosato; bombardeará los campamentos de las disidencias al costo que sea. Acosará a los medios de comunicación y periodistas que lo cuestionen. No podrá desligarse de su apetencia por los negocios y de un pasado profesional que incomoda. Su inexperiencia en asuntos públicos le hará fracasar como ejecutor. Los hidrocarburos volverán a ser motor para el desarrollo, sin mayores consideraciones medioambientales. La ética, que para él no tiene nada qué ver con el Derecho, tendría escasa cabida en la acción del Ejecutivo.

Jerson Ortiz, de La Silla Vacía, en análisis sobre las primeras propuestas del candidato, concluye:hay muchas similitudes con las propuestas de campañas de la nueva derecha de América Latina, específicamente de Nayib Bukele de El Salvador, Javier Milei de Argentina y José Antonio Kast de Chile. Incluyendo la promesa inicial del ‘milagro’, retomada de Bukele”. Tales semejanzas, a muchos asustan.

Daniel Coronell (quien aseguró en Los Danieles que “entre Abelardo De La Espriella y un zapato, yo voto por el zapato”) le propuso una entrevista en vivo. El periodista escribió: “me lo puedo imaginar ensayando frente al espejo la frase que repite y repite, pero que no cumple”. Tal frase, efectivamente pronunciada por el “Tigre”, docenas de veces es: “yo llegué tarde a la repartición del miedo”. La entrevista no se ha concretado al cierre de esta columna.

Miedo a Paloma Valencia. Ha moderado el discurso de extrema derecha para atraer a los electores de centro (y a los indecisos), pero, una vez llegue al poder, comparada con ella, María Fernanda Cabal parecerá… ¡una paloma! Desechará toda posibilidad que pueda conducir a una paz vía diálogo y acuerdos. Dedicará buena parte de los dineros destinados a la inversión social a fortalecer la guerra. Les otorgará beneficios importantes a los grandes conglomerados. Hará fracking a toda costa y se desentenderá de la transición energética. Dinamitará lo que quede de la implementación del acuerdo de paz. No le cumplirá a Oviedo, ni a los sectores que él representa. Dará patente de corso a los particulares con los recursos de la Salud. Trabajará al lado de decepcionantes exponentes de la clase política tradicional. Será el suyo un gobierno de Álvaro Uribe por interpuesta persona.

En el ruedo de los debates y la decisión de eludirlos de parte de Cepeda, Valencia declaró a la prensa: “Estamos listos para los debates. Estamos esperando que el senador Cepeda salga y de la cara”. Juan David Ríos, de Noticias Caracol le preguntó si creía que Cepeda tenía miedo a debatir. Ella contestó: “Pues yo creo que le da como miedo, sobre todo porque como le toca leer los discursos”.

Probablemente Cepeda siga pegado a los papeles en tarima, pero ha dicho sobre los debates: “Reto a la extrema derecha, a sus dos candidaturas, a la senadora Paloma Valencia y al abogado Abelardo de la Espriella a que debatamos sobre propuestas de fondo”. Paloma ripostó: “Siquiera se le quitó el miedo a Cepeda. Si lo hemos citado varias veces a debates, pero el prefería estar escondido”. Cepeda, que sí teme que manipulen los debates, dijo: “Nosotros no tenemos ningún miedo. No vamos a meterle a la gente paranoia. Sin miedo y con decisión vamos a ganar”.

Miedo a Sergio Fajardo. Su obsesión por la inalcanzable pureza le impedirá gobernar con criterios prácticos. No tenderá lazos con los protagonistas de la política y repetirá el primer año de gobierno de Iván Duque, con cero acuerdos entre Ejecutivo y Legislativo. La terquedad le impedirá hacer cualquier tipo de concesiones. Lo que exhibe como pulcritud y decencia es, en realidad, la imposibilidad de reconocer lo positivo que puedan aportar quienes no comulgan con su forma de ver las cosas. Será presa del egocentrismo y la vanidad. La tibieza permeará sus decisiones como presidente, pero, si no lo logra y encalla en segunda vuelta, repetirá el episodio de no endosar votos y se dedicará a los cetáceos.

La frase con la que explicaba Fajardo la esencia de su gestión como alcalde era “Medellín pasó del miedo a la esperanza”. Fajardo ha dicho que “el principal poder de los violentos es el miedo. El miedo nos limita, nos destruye, fragmenta la sociedad, segrega y rompe el tejido social. Después eventualmente usted termina en un sálvese quien pueda y esa es la fatalidad”.

En debate durante el congreso de Naturgás, en Cartagena, se le oyó decir: “Mientras algunos insisten en el discurso del miedo, otros tenemos claro que Colombia necesita unión; no más divisiones”. No se sabe si los matemáticos, como algunos padres con sus hijos, tengan preferencias frente a las operaciones básicas, pero muchos esperan que la animadversión con la división se manifieste pronto en una decisión de adición que aún puede darse, aunque Fajardo la descarta. Y que se aleje de un gran matemático, Descartes, en la pasión por dudar. La unión, le reclaman, es ahora; no cuando las cosas vayan a las profundidades de ese mar al que solamente acceden las ballenas.

El miedo es rey en Colombia. Miedo al cambio y miedo a mantener el cambio. Miedo a la política tradicional y miedo al progresismo soñador. Miedo a deshacer la Constitución y miedo a no poder tocarla. Miedo a no aguantar otros cuatro años y miedo perder cuatro años para profundizar la revolución. Miedo seguir viviendo en manos del hampa y miedo a no poder seguir hablando con los Señores de la Guerra. Miedo a no dejar de tener miedo. Miedo, en últimas, a ser lo que somos.

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Retaguardia. En vista de la quejadera, a pesar del buen desempeño de Luis Díaz, palabras de Félix de Bedout en 6AM W que aplican para todo: “Yo entiendo que les pongamos ‘peros’ a las cosas. Pero, cuándo nos va bien, ¿para qué el ‘pero’?”.

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