Indecencia
Estamos fatalmente condenados a vivir en este veneno, a olvidarnos de cualquier ejercicio medianamente sensato de la ciudadanía para convertirnos en hooligans o fanáticos
Bastaría repasar lo que pasó en Colombia esta semana para entender, o por lo menos comenzar a intuir, por qué este pobre país no ha logrado salir del barrial político en que vivimos desde hace por lo menos veinte años. Ha sido un espectáculo grotesco: Uribe acusando de guerrillero a Cepeda, Cepeda acusando de paramilitar a Uribe, Enrique Gómez (ese prodigio de hipocresía) acusando a Uribe y a Cepeda de ser el establishment. Háganme ustedes el favor: el nieto de un político nefasto, uno de los más nefastos de nuestra historia de políticos nefastos, que además es sobrino de uno de los art...
Bastaría repasar lo que pasó en Colombia esta semana para entender, o por lo menos comenzar a intuir, por qué este pobre país no ha logrado salir del barrial político en que vivimos desde hace por lo menos veinte años. Ha sido un espectáculo grotesco: Uribe acusando de guerrillero a Cepeda, Cepeda acusando de paramilitar a Uribe, Enrique Gómez (ese prodigio de hipocresía) acusando a Uribe y a Cepeda de ser el establishment. Háganme ustedes el favor: el nieto de un político nefasto, uno de los más nefastos de nuestra historia de políticos nefastos, que además es sobrino de uno de los artífices de la Constitución bajo la cual vivimos, erigiéndose en crítico de “los poderosos”, en representante o vocero o partidario de la “independencia” política. Luego podemos reírnos un poco de que la independencia sea Abelardo de la Espriella. ¿Independencia de qué? Desde luego no de los delincuentes y los corruptos, a quienes ha dado la mano con frecuencia.
No, no parece que sea posible otra Colombia. Estamos fatalmente condenados a vivir en este veneno, a olvidarnos de cualquier ejercicio medianamente sensato de la ciudadanía para convertirnos en hooligans o fanáticos, todos repitiendo ciegamente la propaganda de la tribu. Sí, somos tribales sin remedio, y asistimos sin escándalo a la pelea de escupitajos que pasa por debate político en este país. Acusar a Cepeda de alguna complicidad en el crimen doloroso y despreciable de Miguel Uribe no sólo es una calumnia, sino una falta de respeto frente al dolor ajeno que debería parecernos intolerable. Pero eso son los lodazales de las infames redes sociales: lugares donde todo se vale, absolutamente todo, y la más mínima decencia (o la más mínima responsabilidad) dejó hace mucho tiempo de existir. Llevamos ya décadas preguntándonos cómo sería este país si Uribe no tuviera redes sociales, y la pregunta es inútil, pero no por ello hay que dejar de hacerla.
Y donde uno dice Uribe puede decir Petro. Yo no sé cuánto nos envenenan a todos sus verborreas incoherentes llenas de errores de redacción, de ortografía, de ilación y de claridad, pero a nadie puede sorprender que escriba como escribe alguien que habla como Petro habla: es, en el sentido en que usaba el término el filósofo Harry Frankfurt, un hablamierda. La gente se divierte si es de su cuerda: la divierten los discursos sobre el clítoris y el talento en la cama y sobre las tangentes y sobre el sancocho y sobre lo que sea, y la divierte (imagino yo, porque no veo lo contrario) que Petro dé discursos importantes con la lengua enredada incluso más que las ideas: tan enredada (la lengua o la cabeza) que es incapaz de una operación matemática y se le pierde el hilo en la mitad de una frase.
¿No merece este país algo mejor? Parece que no: parece que el caos, el sectarismo, el resentimiento convertido en política de Estado, los cargos del país (los ministerios o los consulados, da igual) convertidos en botín para mediocres o incompetentes, el desprecio del talento, la honestidad, la experiencia y el conocimiento, no hacen que sus votantes se pregunten por su voto. El voto es tribal: no es ni ético ni político ni ideológico, aunque a veces se disfrace de estas cosas.
Ahora que se termina su gobierno, que llamaré decepcionante por ser amable, a Petro le ha dado por lavarse las manos o culpar a los demás –a todos los demás– de la innumerable lista de cosas que no ha podido o no ha sabido hacer en medio de su grosera incompetencia, de la incompetencia de sus funcionarios, de su mediocridad rampante. En este gobierno que por fin se va terminando los corruptos se lo han robado todo bajo sus narices y contando con su negligencia (yo recuerdo una reunión privada con un funcionario desencantado que estaba a punto de retirarse del gobierno: “se lo roban todo y roban porque pueden”, me decía).
En este gobierno se ha destruido y despedazado un sistema de salud que servía bien a la gente, aunque fuera mejorable. Otra cosa que ha funcionado siempre, en medio de nuestra disfuncionalidad recurrente, es el Banco de la República: y ahí está Petro, haciendo su mejor esfuerzo por destrozarlo –destrozar su independencia– igual que destrozó el sistema de salud. Y luego culpando a los otros cuando de repente se ven las consecuencias, directas o indirectas, de sus decisiones o caprichos.
A José Antonio Ocampo, uno de los pocos ministros de su gabinete que hizo las cosas con conocimiento, profesionalismo y resultados, lo culpa ahora de las consecuencias nocivas que su populismo económico empieza a tener. Ahora: tres años después de que lo sacó de su gobierno por el pecado de saber más que él, por no decirle que sí a todo. Pero claro: también tenía la culpa la madre del niño Kevin Acosta, cuya muerte no habría sucedido antes de esta reforma, por no cuidar a su hijo. Ustedes lo recordarán acaso: el niño tuvo que esperar dos meses para que le llegara un medicamento que antes le llegaba puntual, tuvo un accidente leve y murió como consecuencia de su hemofilia. ¿Las palabras de Petro? “Si a un niño hemofílico no se le deja subir a la bicicleta, tiene menos riesgos”.
Si eso no bastó para perderle el respeto a un presidente, es porque ya nada le importa de verdad a nadie. Ya no hay indecencia tan grave que no nos traguemos, siempre que la cometan los nuestros: vean a Uribe, que lleva veinte años envenenando al país –destrozando un proceso de paz exitoso, por ejemplo, y luego convenciendo a la gente de que las consecuencias de esos destrozos son culpa del proceso– y sabrán a qué me refiero.
Y sin embargo así son las elecciones de este año. Las conversaciones son las mismas que teníamos hace cuatro años, y hace ocho, y hace doce. Cambian los actores, y a veces, ni eso. Y luego nos preguntamos por qué seguimos en las mismas.