La guerra en Oriente Próximo impulsa el precio del petróleo y fortalece las cuentas de Colombia, pero aviva la inflación
El escenario es ambivalente: se prevén más ingresos fiscales y más exportaciones, pero también mayores costos de importación, el riesgo de un alza de los precios y la salida de capitales
El Estrecho de Ormuz, a más de 13.000 kilómetros de Bogotá, parece lejano. Pero en medio de los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, el paso marítimo por el que circula uno de cada cinco barriles de petróleo del mundo puede golpear a Colombia. El cierre del tránsito tiende a afectar desde el precio de la gasolina hasta la balanza comercial. La magnitud, la intensidad y el tiempo de esas repercusiones dependen de cuánto se prolongue una guerra a la que Donald Trump le ha augurado hasta cuatro semanas. Ignacio Urbasos, investigador para Energía y Clima del Real Instituto Elcano, advierte que, si bien América Latina tiene asegurado su suministro de hidrocarburos, el impacto deriva de la globalización de los mercados. “Un problema regional siempre termina trasladándose a los precios internacionales”, sostiene. No solo en hidrocarburos: “Si la situación se prolonga, bienes como los fertilizantes —claves para el sector agrícola— también subirán”, responde a este diario.
El petróleo Brent, referencia global del crudo (y con el que Colombia sella sus acuerdos internacionales), supera los 76 dólares por barril en un aumento que antecede los ataques del fin de semana y arroja una subida del 18% en el último mes. Algunos analistas proyectan que la disrupción podría llevarlo por encima de los 100 dólares. Colombia exporta petróleo —el crudo representa alrededor del 25% de sus ventas al exterior— y un precio alto es, en principio, una buena noticia para las cuentas externas y para el fisco. Mauricio Téllez, experto en energía y exgerente de comunicaciones de Ecopetrol, lo calcula: “Cada dólar de aumento sostenido en el Brent durante un año genera ingresos fiscales adicionales de cerca de 400.000 millones de pesos, vía impuestos, dividendos de Ecopetrol y regalías”. Con un déficit fiscal que es un dolor de cabeza para el Gobierno, la noticia no es menor. Otro efecto podría jugar a favor, al menos en el corto plazo. Gregorio Gandini, director de Gandini Análisis y especialista en mercados de capitales, recuerda que ese precio fortalece los ingresos en dólares del país y, por eso, “podría apreciar el peso”. Eso abarataría las importaciones y moderaría parte de la presión inflacionaria.
Sin embargo, ese beneficio es más modesto que lo que hubiera sido en años anteriores. César Pabón, director de investigaciones económicas de Corficolombiana, recuerda que el petróleo y sus derivados representaban un tercio de las exportaciones y que los ingresos petroleros para el Estado cayeron de cerca de dos puntos del PIB a menos de 0,5. “El beneficio va a ser marginal”, sostiene, en la medida en que otros productores han ganado el terreno que Colombia ha perdido.
Pero Colombia no es solo un exportador de petróleo, y ahí empieza la otra cara de la historia. Desde hace poco el país importa gas natural, lo que lo expone de lleno a la volatilidad global. El combustible se negocia principalmente como contratos de futuros en el Chicago Mercantile Exchange (CME), lo que crea un precio referente para todo el planeta. “Los precios del gas son globales”, explica Sergio Guzmán, director de Colombia Risk Analysis. “En la práctica, cualquier escalada en los mercados energéticos internacionales se traduce en mayores costos para el gas domiciliario, el industrial y la generación eléctrica, al menos en los contratos de corto plazo y al contado”, destaca el experto.
Un alza en los combustibles alimenta la inflación, lo que complicaría más las previsiones del Banco de la República, que se reunirá a finales de mes para una nueva decisión de política monetaria. Gandini advierte que, aunque el sector de minas y canteras ganaría tracción en el crecimiento económico (PIB), los precios de la gasolina presionarían los costos de transporte, alimentos y logística, erosionando el poder adquisitivo de los hogares.
A esos riesgos se suma uno que opera a través de los mercados financieros. El equipo de investigaciones económicas de Acciones y Valores lo advierte: “En episodios dominados por choques geopolíticos, la dinámica financiera suele imponerse sobre el canal comercial”. El mecanismo funciona así: el conflicto dispara la demanda de activos refugio, lo que fortalece el dólar. Ya está ocurriendo. El índice DXY —que mide la fortaleza del dólar frente a una canasta de monedas globales— ha subido más de un 1% este lunes, lo que traslada la presión primero a las divisas de economías desarrolladas y luego, con mayor fuerza, a las emergentes. Hoy, de hecho, el dólar se aprecia un 1% frente al peso colombiano, según datos de Investing.
En paralelo, el apetito por el riesgo se deteriora, y los capitales salen de mercados emergentes en busca de puertos más seguros, como los bonos del tesoro estadounidense o el oro. El resultado es que el beneficio que puede traer el petróleo caro —más exportaciones, más recaudo— puede quedar opacado por la presión cambiaria y el encarecimiento de las condiciones financieras. Esa dinámica ya se ve en los mercados locales: el principal índice de Colombia, el Colcap, abre con una caída del 0,6%, profundizando las correcciones de febrero. Los golpes más duros, tras media jornada, los reciben las acciones financieras —Davivienda, Bancolombia, Banco de Bogotá— y las de materiales como Argos, todas con alta exposición a choques externos. En contraste, Ecopetrol sube más de un 2% en Wall Street, sumándose a la tendencia de las acciones petroleras en el mundo por el repunte del crudo.
Colombia es un caso particular en América Latina: no es un gigante petrolero, pero tampoco un importador neto como la mayoría de sus vecinos. Está en un punto intermedio que hace que las perturbaciones internacionales como esta no tengan una lectura unívoca. Los beneficios fiscales de un barril caro existen, pero llegan condicionados: parte de lo que entra por petróleo puede salir por gas y energía más cara, por presión cambiaria y por la fuga de capitales que acompaña a cualquier crisis geopolítica de esta magnitud. El conflicto en el Golfo Pérsico, a 13.000 kilómetros, no es un problema ajeno, y es la prueba de qué tan expuesta está Colombia a un mundo donde la energía ha vuelto a ser el eje de todo.