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El secuestro de Diana Ospina revive la vulnerabilidad que agobia a las mujeres

Ante la falta de seguridad, las mujeres deben adoptar medidas de precaución en el espacio público que limitan su libertad

Varios conductores esperan pasajeros en una zona de bares en Bogotá.Andres Zea

En los instantes que antecedieron el secuestro de Diana Ospina, entre la madrugada del domingo y el pasado lunes en Bogotá, se vieron reflejadas otras mujeres. Buscar transporte por una aplicación, salir acompañadas, tomar las placas del vehículo, compartir la ruta, reportarse al llegar. Ospina, diseñadora de modas de 47 años, y una amiga que la acompañaba, adoptaron buena parte del ritual al que la mayoría se aferra, como un manual de autoprotección, al disfrutar de la vida nocturna. Aun así, Ospina fue víctima de delincuentes cuando salió de Theatron, una de las discotecas más grandes y concurridas de la ciudad. Su familia recobró el aliento solo 40 horas después, cuando regresó con vida. Su caso, sin embargo, ha revivido el temor que acompaña a las mujeres en las calles de la capital colombiana.

“Despierta tristeza e indignación que uno no pueda salir a tomar un taxi. Nos hace sentir vulnerables. Desde hace tiempo no cojo taxis en la calle, solo uso plataformas”, dice Andrea, de 38 años, en un chat de amigas. La conversación se ha activado luego de que Ospina cayera en un “paseo millonario”, un eufemismo de lo que en la práctica es un secuestro para vaciar las cuentas bancarias de la víctima o retenerla con fines extorsivos.

Tras ser secuestrada, con sus cuentas bancarias vaciadas y abandonada en una vía fuera de la ciudad, Opsina corrió descalza hasta encontrar una instalación de la Policía. El desenlace calmó una preocupación colectiva por su vida, pero dejó clara una herida que no cicatriza. “Anoche no dormí. Esta mujer y esta ciudad tan violenta me quitaron el sueño. Cuando volvió me ataqué a llorar”, escribió una usuaria de Instagram.

Aunque Ospina se había reportado durante el trayecto de regreso del establecimiento, como hacen muchas mujeres, no fue suficiente. Ana María, una trabajadora de 44 años, se conmueve con lo ocurrido. “Hay falta de confianza en los servicios de movilidad y en las entidades que se supone deberían cuidarnos. No sé por qué en esta zona no existe un punto de transporte seguro, como en otras áreas”, reclama. “Es injusto que tengamos que tener más medidas de precaución. Llamar al papá, al novio, al primo”, opina María José, una joven universitaria. “Esta mujer tuvo las precauciones y, a pesar de eso, pasó lo que pasó”, agrega Valentina, de 23 años. “Las mujeres siempre terminamos teniendo la culpa”, lamenta Luisa, también estudiante. Todas repiten alguna variación de una misma pregunta: ¿Cuántas medidas son necesarias para regresar sanas y salvas?

Lo que muestran las cifras

Aunque los hombres están más expuestos al hurto a personas, el delito más frecuente en Bogotá con más de 10.000 casos mensuales en promedio, las mujeres están más expuestas a otros delitos. El 72% de las víctimas de los 8.861 delitos sexuales y de los 48.816 casos de violencia intrafamiliar reportados el año pasado fueron mujeres. La encuesta de percepción y victimización de la Cámara de Comercio de Bogotá muestra que la violencia sexual, el feminicidio y la violencia machista son las amenazas que más les preocupan. Los potreros, los ríos o canales, los puentes peatonales, las calles o paraderos son considerados los sitios más inseguros.

Para Juliana Toro, antropóloga de la Universidad de Antioquia que ha estudiado el tema, ese miedo al espacio público tiene motivos reales y un origen cultural. “Desde que somos niñas nos dicen que la calle es peligrosa, que el espacio público no es para nosotras, que tengamos cuidado. Vivimos el acoso callejero de forma cotidiana y no hay una respuesta social de rechazo”, indica. Explica que, si bien la prevención es necesaria, se convierte en una carga adicional para las mujeres. “Tenemos que vigilar la ropa que usamos, avisar dónde estamos, por dónde vamos. Lo más complejo del caso de Diana Ospina es que asumió precauciones y aun así fue víctima en la puerta de su casa. Esos relatos aumentan el temor que tenemos instaurado”, añade.

Hugo Acero, exsecretario de Seguridad de Bogotá, respalda esa apreciación. “El transporte público, por ejemplo, es distinto para las mujeres. Hay acoso sin que haya una reacción colectiva o cultural que diga: ‘¡No más, paremos esto!”. Acero considera que el Estado debe incorporar el enfoque de género en la gestión de la seguridad. “Hasta hace poco, los delitos considerados de mayor impacto eran los hurtos, los lesionados, los muertos, y no aparecía la violencia sexual. La Policía y la Fiscalía siguen necesitando formación en temas de género”, enfatiza. EL PAÍS intentó comunicarse con el actual secretario de Seguridad de Bogotá, César Restrepo, sin obtener respuesta.

El presidente del gremio de bares (Asobares), Camilo Ospina, opina que la administración distrital está en deuda de reglamentar más zonas amarillas, como se conoce a las áreas de parqueo de taxis autorizados y vigilados en zonas de concentración de la vida nocturna. “Lo que está funcionando es de iniciativa privada. Hay puntos de taxis seguros en algunos establecimientos, pero hacen falta puntos institucionales. La Secretaría de Movilidad es una secretaría ausente”, cuestiona.

Con vacíos por resolver, el secuestro de Diana Ospina ha trascendido el plano individual. “Cuando a una mujer le pasa algo, se vuelve un asunto colectivo. No es algo que solo se vive individualmente, sino que nos manda un mensaje a las demás: ‘La calle no es para ustedes, no es un lugar seguro”, remarca la antropóloga Toro. En esa realidad, la frase “avisa cuando llegues” se seguirá repitiendo como despedida entre amigas que esperan regresar seguras a casa.

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