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El año tóxico de Donald J. Trump

El camino que se despliega ante el republicano está cargado de nubarrones. Las negociaciones con Irán están congeladas. No hay forma de destrabarlas sin hacer importantes concesiones a los ayatolás o escalar la guerra

Donald Trump, presidente de Estados Unidos, ante los medios de comunicación en Washington.JIM LO SCALZO / POOL (EFE)

Para Donald J. Trump, 2026 era un año lleno de promesas. Comenzó en la madrugada del 3 de enero con una espectacular lluvia de fuego sobre Caracas. Luego de meses de expectativa por el despliegue de la flota en el Caribe, la captura de Nicolás Maduro le anotaba un punto al demostrar la capacidad de su ejército para triunfar en misiones complejas...

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Para Donald J. Trump, 2026 era un año lleno de promesas. Comenzó en la madrugada del 3 de enero con una espectacular lluvia de fuego sobre Caracas. Luego de meses de expectativa por el despliegue de la flota en el Caribe, la captura de Nicolás Maduro le anotaba un punto al demostrar la capacidad de su ejército para triunfar en misiones complejas. Ese mismo día anunció una nueva era de la Doctrina Monroe. El hard power estaba de vuelta. Pero había algo más importante: la perspectiva de arrancar un año electoral con el pie derecho, administrar con cautela ese éxito y tratar, mientras tanto, de enderezar la economía de cara a las elecciones de medio término en noviembre.

Pero, en realidad, no era su mejor enero. A mediados de mes, habían comenzado en Minnesota multitudinarias protestas ciudadanas en una abierta revuelta contra su política migratoria. A miles de kilómetros, en Davos, se produjo otra escena reveladora. El primer ministro canadiense, Mark Carney, afirmó que el viejo orden internacional basado en reglas había muerto y el mundo entraba en otro nuevo, regido por la coerción de las grandes potencias. Para sobrevivir había que organizar a las potencias medianas. Lo dijo ante multimillonarios y jefes de Estado –con Trump en el mismo evento– y recibió una estruendosa ovación que dejó en evidencia a su vecino como fuerza motriz de esa demolición.

Así pasaron algunas semanas. En el discurso de la Unión, Trump se jactó de haber llevado a su país a una nueva Edad de Oro en la que la inflación caía en picada, había gasolina barata, una reducción del tráfico de drogas desde el sur superior al 50% y una inmigración “ilegal” en niveles irrisorios. Extramuros, Estados Unidos dominaba la escena global con una política de “paz mediante la fuerza”. Aún en ese momento, 2026 podía parecer un annus mirabilis. Pero la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha vuelto humo su grandilocuente fantasía de una Edad de Oro.

La gestión de Trump tiene hoy un 67% de rechazo entre los estadounidenses. Su gabinete se ha visto plagado de escándalos y parece moverse en pleno caos, con despidos y nombramientos intempestivos. El movimiento MAGA, que lo ha acompañado contra viento y marea, ha comenzado a fragmentarse en una miríada de facciones, algunas de las cuales libran una guerra frontal contra él. La semana pasada sufrió un tercer atentado contra su vida. Unos días después, Carlos III, rey de Inglaterra y cabeza de la nación que ha sido el mayor aliado histórico de Estados Unidos, dejó caer críticas veladas que iban desde la separación de poderes hasta el cuidado del medio ambiente pasando por la guerra en Ucrania y la necesidad de preservar a la OTAN. Con flema británica, Carlos III subrayó ante el Congreso la importancia de las tradiciones democráticas, jurídicas y sociales. Fue una pulla transparente contra el ego de Trump. Podría traducirse así: el poder ejecutivo debe aceptar vivir rodeado de límites: gobernar no es reinar: un presidente no debe comportarse como un monarca ni aspirar a ser coronado.

Aunque la visita debía ser una tregua en medio de un diluvio de malas noticias, culminó con una imagen incómoda: la primera dama visiblemente tensa en una gala, tratando de zafarse de su marido.

El camino que se despliega ante Trump está cargado de nubarrones. Las negociaciones con Irán están congeladas. No hay forma de destrabarlas sin hacer importantes concesiones a los ayatolás o escalar la guerra, algo que la mayoría de los estadounidenses no quiere. De manera que lo más probable es que los precios del petróleo se mantengan por encima de los 100 dólares durante un buen tiempo, lo que recalentará el descontento. El canciller alemán, Friedrich Merz, le dio otra estocada esta semana al afirmar que Estados Unidos no tiene estrategia de salida en este conflicto. Y remató: “Toda una nación está siendo humillada por el liderazgo estatal iraní”. La amenaza de Trump de retirar las tropas estadounidenses de Alemania en represalia por la crítica de Merz es tristemente típica y típicamente infantil. Cuando no hay estrategia, la improvisación manda.

Poco antes de morir, el reconocido estadista Joseph Nye, quien acuñó el término soft power, afirmó en una entrevista con EL PAÍS que Trump podía “acabar con el atractivo global de Estados Unidos”. Se refería a todo lo que un imperio como America puede obtener de los otros por las buenas, sin recurrir a la fuerza: su poder de seducción. Esa predicción es hoy un hecho. En un año y medio de gobierno, el presidente ha alienado relaciones con muchos de sus aliados históricos, destruido el aprecio del que gozaba su país entre muchas naciones y debilitado su posición como referente de un sistema que, con todas sus asimetrías y defectos, impedía que el orden internacional se rigiera solamente por la ley del más fuerte. Perder el poder blando hace al poder duro menos tolerable.

Recientemente, un artículo de Andreas Kluth en Bloomberg llamaba la atención sobre esta pérdida del poder blando. Para Kluth, ha habido un repliegue de la influencia de Estados Unidos en campos como la educación superior y las industrias del entretenimiento y la tecnología, como Hollywood y Silicon Valley. Ese poder blando, a través del cual el país del Tío Sam dominó la escena mundial por décadas, encuentra hoy rivales de enorme peso en Europa y Asia que ganan terreno cada día en la carrera por moldear “las nociones globales de lo bueno y lo malo, de lo que es vanguardia y lo que está atrasado”. La clave del cambio de imagen de Estados Unidos es un gobierno que ha logrado despalillar el enorme capital simbólico y cultural del que su país gozaba.

“Muchas de estas tendencias –sostiene Kluth– son anteriores al segundo mandato de Trump, pero se están acelerando por su causa. No existe una buena medida del poder blando, pero las que hay sugieren que Estados Unidos lo está perdiendo más rápido que cualquier otra nación. La marca de Estados Unidos antes era ‘cool’. Cada vez más, se está volviendo tóxica”.

Todo lo anterior se acelerará aún más debido a la imagen de decadencia que proyecta Trump ante el mundo.

Si su año comenzó el 3 de enero, podría terminar de manera abrupta el 10 de noviembre, con las elecciones de medio término. Las encuestas más confiables indican que los republicanos podrían perder ambas cámaras. Lo que prometía ser un annus mirabilis se perfila cada vez más como un annus horribilis.

Dentro y fuera de su país, Trump ha dejado de ser solo un líder polémico y un bully pendenciero para convertirse, a ojos de muchos, empezando por su propio partido, en algo más simple y peligroso: un activo tóxico.

Nada está escrito en piedra, desde luego. Si algún político ha gozado de una suerte casi sobrenatural, ese es Trump. Más de una vez ha renacido de sus cenizas. Pero incluso la mejor de las suertes tiene un ciclo. Y todo indica que el suyo empieza a agotarse.

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