Videoanálisis | PT y Verde: ilegítima defensa
El costo de la alianza Morena-PT-Verde es explícito: la posibilidad de avanzar reformas democráticas relevantes
Desde hace años, un sector del análisis político mexicano vive instalado en el apocalipsis democrático. Que si México será Cuba o Venezuela. Que si mañana despertaremos sin elecciones, contrapesos o sin prensa.
El problema de los catastrofistas es que hacen mucho ruido y terminan por ocultar lo importante.
Si hemos de hablar de una reforma electoral, conviene empezar por el inventario de lo que sí sabemos. Sabemos que el sistema tiene distorsiones en materia de representación. Sabemos que el financiamiento público requiere ajustes. Sabemos que es deseable una revisión de los listados plurinominales.
Sabemos también algo más incómodo: que la reforma deseable fracasará por contrariar los intereses de los partidos menores que sostienen el bloque oficial. PT y Verde. Caín y Abel. Los partidos que Morena utilizó —al amparo de la legislación electoral—para construir su supermayoría.
Lo han dicho ellos. Luis Armando Melgar, senador del Verde, ha declarado que si la reforma electoral no les conviene, aun cuando beneficie a la democracia, no la acompañarán. Que por el bien de todos, primero ellos.
Algo semejante ha sostenido Reginaldo Sandoval, diputado del Partido del Trabajo, quien se ha preguntado para qué reformar lo que ya se ha conquistado. Porque de eso va la democracia: llegar uno a la cima e ignorar los hoyos encontrados en la escalera.
La alianza Morena–PT–Verde —más estable de lo que anticiparon los profetas del colapso— ha sido ratificada rumbo a las elecciones intermedias de 2027. Su costo es ya explícito: la unidad que permitirá a Morena seguir ganando y gobernando exige, como contrapartida, el sacrificio de reformas democráticas relevantes.
La responsabilidad principal recae en Morena, que decidió valerse de dos partidos cascarón. La oposición tampoco queda absuelta. Su negativa sistemática y su renuncia a la negociación la han reducido a un bloque rígido políticamente estéril.
En fin, la democracia mexicana no está abolida, acaso secuestrada. Por ahora, privada de la posibilidad elemental de corregirse a sí misma.