Videoanálisis | Sheinbaum: El partido al hombro
La presidenta no buscaba lastimar la alianza adelantando su revocación de mandato. Buscaba algo más obvio: jalar la marca en favor de su equipo
No era ningún disparate que la presidenta Claudia Sheinbaum quisiera meterse en la boleta de 2027 intentando empatar el revocatorio con las elecciones intermedias. En términos políticos, la jugada tenía lógica: jalar la marca en favor de su desgastado equipo.
Sostengo que lo que buscaba Sheinbaum no era —como algunos sugieren— lastimar la alianza ni deshacerse de los partidos que necesita para conservar la mayoría calificada. Jalar la marca hacia ella, por supuesto, ...
No era ningún disparate que la presidenta Claudia Sheinbaum quisiera meterse en la boleta de 2027 intentando empatar el revocatorio con las elecciones intermedias. En términos políticos, la jugada tenía lógica: jalar la marca en favor de su desgastado equipo.
Sostengo que lo que buscaba Sheinbaum no era —como algunos sugieren— lastimar la alianza ni deshacerse de los partidos que necesita para conservar la mayoría calificada. Jalar la marca hacia ella, por supuesto, beneficiaba a Morena mucho más que al Verde o al PT, y fue ahí donde esa parte de la reforma terminó por descarrillarse. Pero ese no era el objetivo. Era, en todo caso, un efecto colateral de un propósito más grande.
Lo que Sheinbaum tiene enfrente son números. Lo que ella ve es un fenómeno inversamente proporcional: su popularidad en lo alto y la de los suyos en descenso. Según la más reciente encuesta de Enkoll, la presidenta anda por allá arriba con un 75% de aprobación, mientras que cuando a la gente se le pregunta por quién votaría para diputado federal, la preferencia por Morena cae al 42% por ciento. Más de treinta puntos de distancia.
Para entender la jugada, no hay que perder de vista que Sheinbaum no solo será presidenta del 2024 al 2030: es la heredera de un movimiento histórico. Es ella su guardiana y cuidadora. Sheinbaum —junto con Luisa María Alcalde— carga con la obligación de entregar buenos números en la intermedia, de sostener una inercia que no sea leída como caída después del tsunami del 24.
Desde un punto de vista político, jalar la marca tenía todo el sentido: colocar la figura de Claudia Sheinbaum —aprobada por tres de cada cuatro mexicanos— en la boleta habría activado un mecanismo casi automático de defensa y movilización. Sus simpatizantes, más que ir a votar por diputados o alcaldes, habrían salido a las urnas a defenderla.
Ese era el razonable efecto político buscado, aunque implicara darle la razón a la oposición que siempre advirtió que la figura terminaría usándose con fines de movilización.
Si a mí me preguntan, qué bueno que nos lo evitamos: contradecía el espíritu democrático de lo que debe ser un revocatorio y, de paso, ponía en riesgo a la presidenta. Garantizaba porcentajes vinculantes, activaba a una oposición que agoniza y abría la puerta a injerencias extranjeras.
El país respira sabiendo que habrá Sheinbaum para rato.
Si a mí me preguntan, son los gobiernos locales de Morena y son sus candidatos los que tendrían que empezar a sostener al partido en hombros en vez de esperar sentados a que los lleve en brazos su popular presidenta.