La ilustración oscura: ideas infecciosas
Buena parte del carácter explosivo de la ilustración oscura reside en su poder de captura de frustraciones sociales y personales de muchas personas que deambulan por las redes sociales e internet
Desde hace un par de años me he estado interesando en las ideas de la ilustración oscura y en su capacidad infecciosa de diseminación. Como se sabe, este provocativo nombre que sirve para identificar un cuerpo heterogéneo de ideas enfrentadas con la ilustración (ese otro conjunto de ideas revolucionarias mediante las cuales los dogmas, las creencias incuestionadas y las instituciones que les servían de soporte eran sometidas a una crítica racional), fue acuñado por Nick Land en un panfleto -de muy difícil de lectura por el lenguaje alambicado y excesivamente metafórico- publicado en 2012. Sin embargo, es Curtis Yarvin quien más ha desarrollado estas ideas que son constitutivas del movimiento neo-reaccionario (también conocido como NRx).
Se trata de ideas con un importante poder de infección, explosivo a partir de 2020, como bien lo muestra el visor de Ngram desde 2012 (en inglés) y 2016 (en español) mediante cuatro términos: “ilustración oscura”, “NRx”, “Nick Land” y “Curtis Yarvin”. Las razones para tal capacidad de diseminación son enigmáticas, dada la naturaleza política repugnante de estas ideas, especialmente en tiempos de deportación de poblaciones inmigrantes: hay que encontrar “una alternativa humana al genocidio” con el fin de alcanzar “el mismo resultado que el asesinato en masa (la remoción de los elementos indeseables de la sociedad) sin su estigma moral”, escribía Mencius Moldbug en 2008 (el seudónimo bajo el cual Yarvin escribía en ese entonces en Unqualified Reservations que circulaba por internet). ¿Cómo explicar que este tipo de ideas puedan provocar interés? El propio Yarvin intuyó el dilema, sin explicarlo: “¿un votante normal de Ohio acaso lee a…Mencius Moldbug? No”, habría dicho J.D. Vance (hoy vicepresidente de Estados Unidos) en un bar de trasnoche durante la Conferencia Nacional Conservadora de 2021, reconociendo que ese mismo votante normal está de acuerdo con una política pública estadounidense basada en las ideas de Moldbug (es decir, de Yarvin).
El dilema está planteado y es necesario explicarlo, lo que no quiere decir que uno tenga que difundir esas ideas al momento de entenderlas: esa es la delgada línea roja que Sylvain Bourmeau (director de la revista AOC) ha formulado por estos días en una polémica con la línea editorial de la revista Le Grand Continent (también francesa, pero que en este caso circula en español), la que ha publicado lo esencial de la ilustración oscura sin mucha distancia crítica (contribuyendo, critica Bourmeau, a la normalización y al “confusionismo” de las ideas de Curtis Yarvin y del magnate Peter Thiel, una pieza fundamental en la infección).
Una parte de la explicación del poder infeccioso de estas ideas nefastas reside en la ausencia de formas: de lo que se trata es de escribir, sin preocuparse de lo que eventuales pares intelectuales puedan pensar, sin reconocer que el campo intelectual existe y que es posible saltarse las normas que presiden a la publicación de ideas. Esta es la razón de por qué las ideas de la ilustración oscura producen repugnancia en los intelectuales de la academia, lo que a su vez permite entender su modo de circulación: no en libros y revistas con control de pares, sino en blogs y páginas webs, aprovechando todas las libertades de la world wide web. Esto se puede fácilmente entender, pero cuando ideas extravagantes y hasta criminales se vuelven virales, el enigma es absoluto: esto es lo que penan en comprender los intelectuales de academia, públicos o no, liberales o progresistas, cuyo prestigio se juega en lo que la comunidad de pares piensa de su producción. Pues bien, ese no es el problema de Curtis Yarvin, más bloguero que intelectual, tampoco de Nick Land (quien hace rato abandonó la universidad de Warwick en donde era profesor), cuya recepción no se explica por la calidad de su producción intelectual, sino por su desenfado, su entera libertad para emitir juicios de todo tipo apelando a tal cual autor (Carl Schmitt es uno de ellos, Hans-Herman Hoppe es otro, un caso sorprendente al tratarse de un ex discípulo de Jürgen Habermas quien dirigió su tesis doctoral en filosofía).
Pero esto no es todo: buena parte del carácter explosivo de la ilustración oscura reside en su poder de captura de frustraciones sociales y personales de muchas personas que deambulan por las redes sociales e internet. Si a esto agregamos la naturaleza algorítmica de las ideas de la ilustración oscura (las que llegan crecientemente a individuos que permanecen en cámaras de eco construidas por las propias redes sociales), cuya propiedad por oligarcas de Silicon Valley no tiene nada de inocente, entonces tenemos un coctel en el que deja de ser evidente la distinción entre pastilla roja y la pastilla azul (una metáfora originada en la película Matrix y que es recurrentemente utilizada por el movimiento NRx).
Todo esto puede sonar muy extraño, a decir verdad extravagante a los ojos de la política latinoamericana, y especialmente la chilena. El presidente electo José Antonio Kast ha sido tildado como amenaza iliberal incluso antes de asumir el mando de la nación: la sospecha es legítima al tratarse de un pinochetista declarado, y considerando la orientación política del vecindario. Pero esta sospecha bien podría quedarse corta si no se toma seriamente en cuenta que Kast es un buen conocedor del ecosistema de la internacional reaccionaria compuesta por Viktor Orban, Giorgia Meloni y Santiago Abascal (sus principales referentes políticos): no porque haya leído a Yarvin (estoy seguro que no tiene idea de quien se trata), sino porque presidió el Political Network for Values entre 2022 y 2024, un órgano vital en el ecosistema política e intelectual conservador y reaccionario. Esto quiere entonces decir que para que las ideas circulen y tengan éxito, incluso las más abyectas, no se necesita leerlas: solo se requiere haber estado expuesto a ellas.
Si las izquierdas no entienden el origen de la infección (en gran medida por la radicalidad del mundo woke estadounidense, y en menor medida en Chile cuya expresión más aguda tuvo lugar durante la Convención Constitucional de 2021-2022), y tampoco su alcance, entonces el campo está libre para que la infección se transforme en una enfermedad: esa es la puerta de entrada para una forma de iliberalismo que, al día de hoy, es difícil de imaginar en Chile.
No hay garantía para que la inmunidad chilena sea perpetua.