¿Amargas efemérides?
Trump y la orientación nacionalista y a veces xenófoba de la política de Estados Unidos son una nueva realidad
Los humanos medimos los resultados de nuestras vidas conforme al calendario, en decenios. Cada uno tiene el suyo, con expectativas logradas o no logradas a los 30, 40 o 60 años. Los Estados los miden en siglos. ¿Cuál es la evaluación y cuál el destino de los...
Los humanos medimos los resultados de nuestras vidas conforme al calendario, en decenios. Cada uno tiene el suyo, con expectativas logradas o no logradas a los 30, 40 o 60 años. Los Estados los miden en siglos. ¿Cuál es la evaluación y cuál el destino de los Estados Unidos en el 250 aniversario de su independencia?
Por una peculiaridad especial, el experimento americano ha celebrado sus aniversarios en momentos simbólicos. Los primeros cincuenta años, que se cumplieron en 1826, correspondieron al fin de la generación de los padres fundadores. En ese año acababa de dejar el poder James Monroe, el último de los presidentes “padres fundadores”, y en 1829 llegaría el primer “presidente del pueblo”, Andrew Jackson, inaugurando la política popular. El propio 4 de julio de 1826, de modo conmovedor, murieron tanto John Adams como Thomas Jefferson. Las palabras finales de Adams, al morir a los 90 años fueron: “Thomas Jefferson sobrevive”, sin saber que ya había muerto al medio día.
El primer siglo fue en 1876. Este año fue tan significativo que el novelista Gore Vidal tituló así, 1876, el tercer volumen de su serie Narrativas del Imperio, sobre momentos claves en la historia de su país desde la independencia hasta finales del siglo XX. En este año EE.UU. abandonó el intento de reparar a la población negra por las lacras de la esclavitud (la llamada “Reconstrucción” instaurada por Lincoln), iniciando el periodo de leyes raciales Jim Crow, y el candidato republicano Hayes triunfó por un solo voto en el Colegio Electoral frente al demócrata Tilden (nunca ha habido otro resultado más cercano), inaugurando la “Edad Dorada” (la Gilded Age de Mark Twain) de capitalismo desbocado y anunciando el imperialismo extracontinental de McKinley y Roosevelt.
Los 150 años de 1926 tuvieron quizás la celebración de más bajo perfil, marcada por la Feria de Filadelfia y la presencia del presidente Coolidge, canto del cisne del Laissez Faire heredado del siglo XIX y preludio del Crash de la Bolsa de 1929, la Gran Depresión y el New Deal de Franklin D. Roosevelt.
Los espléndidos fuegos artificiales del Bicentenario de 1976, que tuve el gusto de presenciar desde una terraza de Washington ese 4 de julio, iluminaron otro gozne de la historia. El país acababa de salir de la fallida guerra de Vietnam y de la escandalosa renuncia del presidente Nixon y buscaba nuevamente su centro moral. Ese rol le correspondió a Jimmy Carter, elegido presidente ese año, aunque el futuro pertenecería a su sucesor Ronald Reagan y sus seguidores. Aunque en 1976 no lo pareciera, los mejores días de Estados Unidos estaban aún por venir, faltando menos de 15 años para la derrota del comunismo soviético con el que llevaba más de 30 años de competencia.
La celebración de 2026, el semiquincentenario de la Independencia de los Estados Unidos, coincide con cambios ya evidentes. El presidente Trump y la orientación nacionalista y a veces xenófoba de la política de ese país, no fue un accidente del periodo 2017-2021, sino una nueva realidad. El abandono de la institucionalidad creada por ese país en la segunda posguerra para evitar un nuevo conflicto global, parece irreversible. El unilateralismo y la razón de Estado, a veces contaminada con intereses personales, son la nueva medida de lo bueno y lo malo. ¿Cómo verán los estadounidenses, y el mundo, esta nueva era, cuando se celebre el tricentenario en 2076? Cabe recordar otras efemérides, que pueden ilustrar el porvenir.
En abril de 248 d.C. los romanos celebraron los décimos juegos centenarios y el primer milenio de su mítica fundación por Rómulo, en la mitad de la peor crisis en su historia, apenas saliendo de la plaga antonina y entrando a la plaga de Cipriano, entre invasiones de bárbaros, guerras civiles y emperadores cuarteleros. Fueron efectivamente los últimos juegos centenarios que se celebraron en Roma, pero el imperio, de la mano de grandes emperadores como Claudio II, Aureliano y Diocleciano se recuperó, para sobrevivir en Roma más de 200 años y en oriente exceder otro milenio adicional. Para esto fue necesario cambiar las finanzas, el ejército, la capital del imperio, y eventualmente la religión y el idioma. Fueron cambios desgarradores, una de cuyas consecuencias somos nosotros, como provincia de un imperio que a su vez fue el rastro de ese, el más grande de todos.
A partir de febrero de 1913 los rusos celebraron 300 años del establecimiento de la dinastía Romanov. Entonces parecieron superadas las crisis de 1905 y los malos agüeros de la coronación de Nicolás II. En apariencia todo el gran imperio se coronó de banderas y flores y todas las gargantas rebosaron el Dios Salve al Zar. Poco más 5 de años después, el zar y toda su familia inmediata fueron asesinados por los bolcheviques, quienes, tras ganar una sangrienta guerra civil, implantarían una dictadura feroz que duraría casi 75 años. En este caso, la celebración del aniversario disimuló las fracturas y heridas que marcaban al cuerpo social, pero las tribulaciones de la guerra que estaba por venir las abrieron hasta desangrarlo. Sin embargo, el fin de la dinastía tricentenaria no puso fin al imperio, sino que lo revitalizó como poder con aspiraciones globales.
En octubre de 1989 el liderazgo de la República Democrática Alemana celebró los 40 años de su fundación entre los escombros de la guerra caliente y los albores de la Guerra Fría. Una gerontocracia desconectada de la realidad, fingía poder seguir existiendo sin el respaldo de los tanques soviéticos. Abandonados a su suerte por el premier Gorbachov, Honecker y los suyos vieron caer el Muro de Berlín poco más de un mes después.
Parece claro que Estados Unidos no es el país que conocimos en tiempos de la Guerra Fría o en el breve y fugaz amanecer tras el colapso del Muro. Otro es el país y otro es el mundo. Pero, al celebrar sus 250 años, ¿qué les espera? ¿Una trabajosa regeneración? ¿Un cambio de régimen? ¿Un colapso? ¿O algo totalmente distinto?