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Elecciones en Colombia: cinco minutos para una reflexión honesta

El 8 de marzo no se vota solo para derrotar a alguien. Se vota para decidir el rumbo de nuestra vida y de nuestras familias en el país en el que queremos vivir

Elecciones en Bogotá (Colombia), el 26 de octubre del 2025.Diego Cuevas

El próximo domingo, Colombia, uno de los países más azotados por la violencia, la polarización política y la desigualdad en el hemisferio, va a votar para elegir un nuevo Congreso y para escoger a algunos de los candidatos presidenciales para las elecciones de mayo y junio. El mensaje de esta columna va especialmente para los colombianos, quienes viven en el país y quienes no.

La política despierta pasiones y, en elecciones, es fácil dejarse llevar por la emoción. Nos indignamos, nos frustramos, nos ilusionamos. Eso es normal. El problema empieza cuando votamos por rabia o ansias simplemente por derrotar a otro, sin que nos importe si eso nos va a mejorar la vida o no.

En los últimos años, Colombia ha vivido un clima político especialmente confrontacional. El tono del debate político ha sido más duro, más activista, lleno de choques e insultos permanentes, con descalificaciones personales de todos los lados. El país está más dividido, más tenso, más incierto. Y eso tiene impacto directo en el ingreso, la vida y el desarrollo de cada persona, sí, la de uno como ser humano y votante, la de su familia y la de su comunidad.

La evidencia internacional muestra que la polarización tiene costos reales. El proyecto Varieties of Democracy, en su reporte sobre la democracia en 2025, advierte que una vez la polarización se vuelve “tóxica” —cuando el rival político es visto como enemigo moral y la política invade incluso las relaciones personales—, la calidad institucional se debilita, la libertad de expresión se afecta y aumenta el riesgo de deterioro democrático.

En lo económico ocurre algo similar. Un estudio comparativo sobre 139 economías de International Network of Economic Research (INFER) encontró que mayores niveles de polarización política están asociados con menor crecimiento y menor formación de capital y menos inversión. Otro análisis publicado en la revista Economic Systems, basado en 75 países entre 1990 y 2019, concluye que la polarización reduce la inversión privada y afecta la productividad.

Como si los efectos políticos y económicos no fueran suficientes, la polarización también tiene consecuencias claras en nuestra salud emocional y mental. Estudios científicos señalan que la confrontación política constante y la percepción de división en la comunidad están asociadas con mayores niveles de estrés, ansiedad y síntomas depresivos en adultos. Varias investigaciones han encontrado que la polarización política y social hace que tengamos mayores probabilidades de desarrollar ansiedad o depresión y sufrimos de más estrés diario. Una proporción considerable de ciudadanos describe la política como un factor significativo de estrés en su vida cotidiana, con impacto en el sueño, la irritabilidad y la tranquilidad emocional general.

Y aunque los niños no participan directamente en decisiones electorales, la polarización también afecta su bienestar emocional y social. Un estudio sobre estigma político en la infancia advierte que niños expuestos a discriminación o burlas por afiliaciones políticas —propias o de sus padres— pueden experimentar ansiedad, depresión, baja autoestima e incluso estrés postraumático cuando ese estigma es intenso o persistente. En un entorno polarizado, donde las conversaciones familiares y las interacciones sociales están cargadas de tensión política, los niños perciben inseguridad y conflicto, lo que afecta su estabilidad emocional y su sensación de apoyo. Este tipo de tensión constante crea un ambiente psicológico menos favorable para el desarrollo sano de los jóvenes, incrementando la vulnerabilidad ante el estrés y los problemas emocionales en etapas claves de crecimiento y aún su predisposición hacia la violencia.

En palabras sencillas: en un país dividido se invierte menos, se produce menos y se generan menos oportunidades. Y eso lo terminan sintiendo en forma directa las familias en el empleo, en su ingreso, en su desarrollo y en su estabilidad familiar y emocional, de los adultos y de los niños.

Colombia necesita cambios, sí. Pero también necesita estabilidad. Necesita acuerdos básicos que perduren. El desarrollo no va a florecer en medio de la confrontación permanente.

Por eso, antes de votar el 8 de marzo, les propongo a mis compatriotas de Colombia algo muy sencillo: dedicar cinco minutos. Cinco minutos sin interrupciones. Sin redes sociales, sin titulares y sin discusiones. Cinco minutos de pausa personal, cada uno consigo mismo, en silencio, pensando. En el bus, en la casa, en la banca de un parque. Cinco minutos.

Cinco minutos para pensar con quién voy a estar mejor, con quién va a estar mejor mi familia, quién representa los valores que quiero inculcarles a mis hijos, quién va a crear la riqueza y estabilidad económica sostenible en la que a mí me vaya mejor y en la que mis hijos progresen aún más que yo en el futuro; quién va a aportar estabilidad en vez de más confrontación.

Y en esos cinco minutos, imaginarse la siguiente escena y responderse en forma honesta: Si estuviera solo o sola, o con mi familia, pensando en por quién votar, sea cual sea mi ideología, sin odiar a nadie, sin presiones de otros, solo pensando en un futuro personal y familiar mejor, ¿por quién lo haría?

Esa pausa puede cambiarnos el enfoque, alejándonos del “destruir al otro”. Nos acerca a que mi familia y yo estemos mejor porque quienes nos gobiernan hacen que nuestro país funcione mejor. Nos obliga a pensar en cómo votar para mantener nuestro empleo, para vivir con seguridad, para tener educación, salud y una pensión segura en la vejez, para volver al respeto personal e institucional.

Votar no es un desahogo emocional. Es una decisión sobre el futuro de cada uno de nosotros y nuestros seres queridos.

El 8 de marzo no se vota solo para derrotar a alguien. Se vota para decidir el rumbo de nuestra vida y de nuestras familias en el país en el que queremos vivir. Y esa decisión merece, al menos, cinco minutos de reflexión honesta.

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