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Sheinbaum y la Internacional Progresista

Que nadie se equivoque; la azarosa ubicación geográfica de nuestro país ni nos impide ni nos ata. Somos lo que somos a pesar del gigante que tenemos encima

Claudia Sheinbaum en Barcelona, el 18 de abril.Nacho Doce (REUTERS)

Cualquier marinero avezado —indispuesto a exponer a los suyos a un naufragio— sabe que al huracán no se le encara. La experiencia en alta mar enseña a bordear el ciclón.

En el ajetreado contexto mundial, Claudia Sheinbaum se ha equipado gorra de capitana. Nos navegó a España a la IV Cumbr...

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Cualquier marinero avezado —indispuesto a exponer a los suyos a un naufragio— sabe que al huracán no se le encara. La experiencia en alta mar enseña a bordear el ciclón.

En el ajetreado contexto mundial, Claudia Sheinbaum se ha equipado gorra de capitana. Nos navegó a España a la IV Cumbre en Defensa de la Democracia con Pedro Sánchez (España), Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil) y Gustavo Petro (Colombia). Nombres mayores de la historia en presente.

En representación de México —país que a menudo se juzga el centro de casi nada—, Claudia Sheinbaum asumió el liderazgo de un bloque internacional de incontrovertible izquierda. Que nadie se equivoque; la azarosa ubicación geográfica de nuestro país ni nos impide ni nos ata. Somos lo que somos a pesar del gigante que tenemos encima.

Que para Sheinbaum el posicionamiento haya sido natural no debe despistarnos para describirlo como sencillo. Su discurso —pronunciado en la era Trump— hizo coincidir momentos destinados a tiempos distintos. Sheinbaum forzó la simultaneidad de lo incompatible. Empató opuestos.

Para empezar, Sheinbaum viajó a España y mediante una imprecisión —la negación de que hubiera existido una crisis diplomática entre ambos países—, resolvió el entuerto. En paralelo —y, reitero, en territorio español—, recordó que a nuestras culturas milenarias las acallaron, saquearon y esclavizaron. Así no habrá duda de la cara del dado en que terminó la inexistente discusión.

En la cumbre, Sheinbaum también atajó la asincronía cubana. En tiempos en que la pequeña isla soporta con mayor rigor la inconformidad externa por el pleno ejercicio de sus derechos soberanos, la mandataria no se contuvo y solicitó una declaración contra la intervención militar en su territorio.

Finalmente —porque a eso íbamos— llegó la incompatibilidad de fondo. La más complicada: hacer frente a Donald Trump, nuestra tormenta perfecta. A tres meses de iniciar la revisión del TMEC, una confrontación directa con él sería un harakiri. Un acto impropio de quien ha aprendido el arte de navegar.

Por eso, antes de volar a España, Sheinbaum aclaró que la cumbre no era una reunión contra Trump, sino un encuentro propositivo en favor de la paz.

Sin embargo, ya en la cumbre, el retrato que trazó Sheinbaum calcó a Trump en sentido contrario: habló del respeto a la autodeterminación de los pueblos, de la no intervención, de la solución pacífica de controversias, del rechazo al uso de la fuerza, de la igualdad jurídica de los Estados y de la lucha permanente por la paz.

Quien tenga oídos para oír, habrá oído. Si Donald Trump escuchó, sabrá que fue aludido.

El discurso de Claudia Sheinbaum en la Cumbre en Defensa de la Democracia merece el calificativo de valiente. Ante la tentación de la sumisión —acatamiento, subordinación—, Sheinbaum optó por lo táctico. Allí en donde lo más sensato parecía la abstención —dejar ser, dejar pasar— decidió intervenir.

También merece el adjetivo de sensato. La mandataria dio un paso sin desandar el otro. Realizó un movimiento sin revocar el anterior. Lideró la internacional progresista —e incluso invitó a que el foro se celebre en nuestro país el año próximo—, dos días antes de reunirse en Palacio Nacional con el representante comercial estadounidense para la segunda ronda de conversaciones sobre el TMEC.

En la superficie, la narrativa de Sheinbaum se presenta conciliadora ante una relación bilateral que exige nadar de muertito. En el fondo, el gesto fue un acto valiente: articular la primera respuesta multilateral de peso frente a la ultraderecha global que encarna el vecino contiguo del Norte.

El primer viaje a Europa de Claudia Sheinbaum —el primero también de la Cuarta Transformación— ha dado pie a un momento histórico: una mujer latinoamericana de izquierdas da un paso al frente. Lo que en el argot ordinario de la política suele denominarse hombría, hoy recae en ella.

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