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La líder y el rebelde

A Morena no lo amenaza la oposición sino la corrupción y los apetitos desbocados

Saúl Monreal en Guadalupe Zacatecas, el 5 de enero.Adolfo Vladimir (Cuartoscuro)

El rebelde suele congregar simpatías. Cuantimás en un país dado al melodrama. Arroparse en un papel de víctima granjea puntos. Quien se hace pasar por insumiso tiene cartel. La prensa de aquí y de allá lo convoca. Su postura, sea o no consistente, es taquillera.

La líder ha de cuidar la investidura. Ser tolerante, sin pasar por blanda. ...

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El rebelde suele congregar simpatías. Cuantimás en un país dado al melodrama. Arroparse en un papel de víctima granjea puntos. Quien se hace pasar por insumiso tiene cartel. La prensa de aquí y de allá lo convoca. Su postura, sea o no consistente, es taquillera.

La líder ha de cuidar la investidura. Ser tolerante, sin pasar por blanda. Conducir el disenso interno para que las olas de los impetuosos no rompan diques o amarras. Adusto o dicharachero, el estilo es lo de menos, la misión es lo que cuenta: ver por el grupo, y por el mañana.

Un Saúl Monreal vive en el hoy. Cada día como si fuera el último de su carrera. Se cree, o al menos así actúa en público, destinado a resistir la pérfida adversidad. Con cada entrevista en medios, un punto en la encuesta. Con cada retrato, un sentido tributo a Nosotros los pobres.

Claudia Sheinbaum es la presidenta de la consolidación. Ese fue el contrato que firmó. Afuera y adentro del movimiento. El mandato fue claro. Que lo hecho desde 2018, haya valido la pena; que el 2030 sea sin cambio de siglas, ni de orientación. Nada importa más, nada.

Saúl el menor de los Monreal se cree en una lucha desigual. Su derecho pisoteado, su aspiración coartada. La presidenta alienta el orden general, y en ello emplea su autoridad. Él quiere su provecho personal, sin más argumento que el pataleo por la presunta injusticia.

No hay épica en Saúl. Por eso el apellido le juega las contras. Ante el PRI perdía; con Morena ganó Fresnillo, en su periodo el municipio donde la gente más decía temer a la violencia. Hoy sus cinco minutos de fama son por entonar “no me dejan ser candidato”.

La presidenta tiene una agenda. Ha de consolidar el gobierno al tiempo que da gobernanza al partido. Es Calles con aquello de pasemos de los caudillos a las instituciones; es el PRI entero en busca de instalar los rituales de las reglas escritas y no escritas.

A Morena lo amenaza no la oposición, o demasiado pequeña o incansable al cultivar su propia infamia. El verdadero enemigo de la posibilidad de que Sheinbaum haga un traslado del poder a uno de su partido son la corrupción y los apetitos desbocados. No siempre van juntos, pero emparentan demasiado a menudo. El movimiento necesita controles. Normas y procedimientos que den a todos la certidumbre de que el reparto de cargos y encargos se hará con justicia; premios a la disciplina, consecuencias para los rejegos.

En el gobierno, Sheinbaum desde agosto suma palancas. Se hizo de la Unidad de Inteligencia Financiera, de la Fiscalía General de la República, cambió al pastor guinda en el Senado, y justo ayer quitó al auditor menos relevante en lustros. En el gobierno, Claudia avanza.

Con los partidos, empero, la presidenta entró a terreno desconocido. La alianza que la llevó al poder se atragantó con la reforma electoral. La mayoría constitucional que obedecía las comas, hoy está de brazos caídos. PVEM y PT podrían dar el primer gran revés a la mandataria.

Si ocurre, ella enviará un mensaje. Los privilegios de la partidocracia resisten el cambio. PVEM y PT serán exhibidos como ambiciosos, como desleales a una causa popular, a un clamor por austeridad en el presupuesto a las dirigencias. Sheinbaum exprimirá esa agenda.

Y ahí es donde Saúl, con meses y meses sin entender el contexto, entra a la ecuación. Si a Sheinbaum le impiden quitar el fuero, si le tumban la electoral, con aliados que regatean el antinepotismo, la rebeldía del zacatecano se volverá muy cara.

En México el rebelde es popular, pero un líder fuerte lo es más. Son, en ciertas circunstancias, y la actual tiene todas las trazas de serlo, una díada de suma cero. La presidenta ha construido una popularidad basada en una cercanía en sus giras, y una rigidez en sus mañaneras.

Para todos les retos que le aguardan de aquí al 2030, así baje su popularidad, lo imprescindible es no perder autoridad. Y aunque ha dicho varias veces que lo del partido le toca al partido, lo real es que la responsabilidad última de que Morena no pierda es suya.

De momento, Saúl Monreal disfruta las mieles de un entorno mediático que vive del peloteo, y cuando pocos opositores le dan batalla a Morena, qué mejor espectáculo para los clics por las declaraciones victimistas de un morenista que se dice marginado por… Morena.

Viene, sin embargo, el momento de definiciones. Y a la presidenta no le gustan quienes negocian su adherencia. Pero más allá de estilo personal, ella no va a permitir que se siente el precedente de que al que no se disciplina, se le premia (así el premio se lo dé el PT).

Abrir esa puerta restaría autoridad a la mandataria. Porque la popularidad de los rebeldes dura hasta que la persona responsable de que en un proyecto haya mucho más que ambiciones personales, da el manazo en la mesa con el que se marchitan las rebeldías huecas.

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