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La Loba se comió al Señor de los Gallos

El contraste entre la violencia y la fiesta es una de las cosas que más sorprenden al mirar a México, esa especie de normalización de la muerte para cuidar la vida

Concierto de Shakira en el Zócalo de la Ciudad de México, el 1 de marzo.Emiliano Molina

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Hace una semana, México amaneció con un incendio. Las columnas de humo manchaban el cielo de Puerto Vallarta, una de las joyas turísticas del país, como si se tratara de una ciudad en guerra. Una decena de Estados suspendieron las clases en los colegios, los camiones tampoco circularon, los gobernadores recomendaban no salir a la calle. Por las redes corrían videos de vecinos encerrados escuchando tiroteos dispersos, gente resguardada horas en restaurantes, hoteles o en un zoo, donde los hubiera pillado el caos hasta poder escapar. El Ejército había matado a El Mencho, el criminal más buscado del mundo, y se había desatado una ola incontenible de violencia.

Justo el domingo siguiente, el corazón de Ciudad de México amaneció con los primeros adolescentes desperezándose tras pasar la noche en una tienda de campaña en frente de la catedral. El inmenso Zócalo, la segunda plaza más grande del mundo, se fue llenando a lo largo del día hasta juntar a más de 400.000 personas. Shakira rompió el récord de asistencia en los habituales conciertos gratuitos del Zócalo. Las imágenes aéreas daban cuenta de una multitud de colores bailando y coreando aquello de que “las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan”. La reina de hacer catarsis -y caja- con el despecho le ganó a El Mencho. La Loba se comió al Señor de los Gallos

El contraste entre los dos hitos -la violencia y la fiesta- es una de las cosas que más sorprenden al mirar a México, esa especie de normalización del trauma. El escritor Juan Villoro me dijo una vez, a vueltas con esto, que México y Colombia son los dos países latinoamericanos con unos códigos de cortesía y educación más marcados. Y a la vez son dos de los países con un problema de violencia más extremo. La paradoja ha sido muy analizada por los estudios sobre lo mexicano. Durante décadas, mucho antes del fenómeno del narcotráfico y el crimen organizado, ha sido un lugar común afirmar que la relación del mexicano con la muerte, entre la burla y desprecio, apunta inconscientemente a un desprecio hacia la vida.

En 1950, Octavio Paz escribió en El laberinto de la soledad: “Nuestra indiferencia ante la muerte es la otra cara de nuestra indiferencia ante la vida”. Casi 40 años después, el antropólogo Roger Bartra impugnó esta tesis, al considerar que se trata más bien de una proyección de las clases altas, cultas y urbanas del México moderno. Para Bartra, detrás del mito de la indiferencia mexicana ante la muerte hay algo entre la fatalidad religiosa del mundo campesino y un desdén señorial por la vida de los pobres. “Hay hombres cuya vida no vale mucho a los ojos de los amos”, escribió en La jaula de la melancolía (1987), donde recoge la explicación científica sobre por qué el hombre es el único animal que es consciente de la inexorabilidad de la muerte. Decir que un ser humano no tiene miedo a la muerte es considerarlo como un animal.

Mi compañera Silvia Blanco entrevistó a una familia de desplazados por la violencia en Tamaulipas, una de las zonas más sometidas desde hace décadas por las mafias más sádicas. Llegaron hace ocho años a Guadalajara, capital de Jalisco, cansados de “tener que mirar cada día en Facebook el código rojo [avisos ciudadanos de peligros en la calle] antes de salir, antes de ir al parque con los niños, para ver si había balaceras, ataques a centros comerciales, cadáveres tirados en la calle”. María y Luis, nombres ficticios por seguridad, encontraron en Jalisco una colonia donde vivir tranquilos en comparación con el lugar de donde venían, pero este domingo volvieron a ver el horror al que se habían acostumbrado. “Uno aprende a vivir con miedo”, le dijo María a mi compañera.

En María y Luis no hay ninguna indiferencia, ningún desprecio a la muerte, su normalización de la violencia es más bien una manera de cuidar la vida. El antropólogo Claudio Lomnitz explica en el reportaje que convivir con la violencia “a veces puede implicar un deseo de imaginar que si uno toma precauciones no le va a tocar, hay una rutinización de la seguridad y, muchas veces, un deseo de alejarse de la violencia y de las víctimas. A veces los familiares de desaparecidos quedan aislados o sufren una revictimización, cuando el entorno especula con que si hizo algo [para ser secuestrado] o es que iba con tales amigos”.

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