La euforia del carnaval opaca la crisis de violencia en el sur de Sinaloa
Mazatlán cierra este martes su fiesta grande, pendiente todavía del destino de cinco mineros desaparecidos, a 30 kilómetros de allí, a finales de enero
Todo eran risas este martes en el larguísimo malecón de Mazatlán, niños corriendo, echándose nieve artificial, confeti, pompas de jabón, riendo, en fin, protagonistas de un ejercicio de despreocupación genuino. El sol calentaba en el sur de Sinaloa, en perfecta armonía con la brisa, fresca y abundante, coletazos del invierno suave del Pacífico. Desde primera hora, cientos de personas ocupaban los márgenes de la calzada, provistas de sillas, taburetes y neveras portátiles, cerveza en mano, con la única inquietud de los trajes que vestirían los bailarines, ya en la tarde. La crisis de violencia que sufre esta zona del litoral mexicano en las últimas semanas parecía no existir, o no importar, almacenada, a la fuerza, en el desván de los problemas por resolver. Hoy, último martes de fiesta, no era día de torcer el gesto.
“Yo vengo siempre a los desfiles, por los muchachos, ¡el taco de ojo!”, decía, pícara y coqueta, Virginia Aguirre, que prefería ocultar su edad. Aguirre es de Mazatlán y no se pierde un desfile: le encanta observar a los bailarines, echar un taco… Pero de ojo, de puro mirar. Los desfiles son una tradición familiar. Para el primero, el del domingo, colocaron sus sillas en el malecón desde el miércoles y hacían turnos para guardar el lugar. Para el de hoy, que empezaba a las 15.00, no se han preocupado tanto: han llegado a las 8.00. La mujer decía que ha notado “súper lleno” el carnaval, aunque quizá un poco menos que otros años. “Es que eso de la delincuencia es entre ellos, pues. La mayoría de la gente que han levantado es porque saben, conocen, vieron o anduvieron… Es feo lo que está pasando, pero tenemos que salir y seguir viviendo”, añadía.
Es un comentario común estos días en la ciudad portuaria, eso de que en algo andaban; que si alguien murió a balazos, desapareció –lo “levantaron”– o sufrió algún tipo de violencia fue porque se acercó, aunque fuera tangencialmente, al mundo criminal. No es cierto, pero es una creencia extendida. Y es lo que ha permitido a muchos pasear tranquilamente por el malecón estos días, locales y foráneos. El lunes en la noche, por ejemplo, dos amigas de Michoacán, algo más al sur, decían que “si uno no se mete [con el crimen], no pasa nada”. Las dos amigas, Kathy y Sofi, de 46 y 38 años, decían con cierta razón que ellas vienen de un Estado “en que la situación es la misma”. Esto es, que las crisis de violencia son tan comunes como cíclicas. Forman parte del paisaje. “Es la misma situación en todo el país”, decía Kathy, con su sombrero, su sonrisa y sus ganas de acabar la charla.
Sea como sea, los hechos recientes de violencia en Mazatlán y alrededores inquietan. Hace apenas dos semanas, seis integrantes de una familia del Estado de México, de visita en la ciudad, desaparecieron a manos de hombres armados, no muy lejos del malecón. Aparentemente, su único pecado fue alquilar unos vehículos RZR, una especie de cuatrimotos con techo, muy populares en la zona, y transitar por unas calles de terracería. Según familiares de los desaparecidos, que entrevistó este diario, hombres armados los interceptaron y se los llevaron, sin mediar palabra. Solo han vuelto dos, una mujer y una niña. Los otros cuatro forman parte ya de la estadística brutal de personas desaparecidas en la entidad. Solo en 2025 fueron 2.208, según el Consejo Estatal de Seguridad Pública.
No es el único caso. El sur del Estado vive pendiente de las noticias de la sierra, que se eleva a pocos kilómetros del litoral. En Concordia, criminales se llevaron al menos a 10 trabajadores de una empresa minera canadiense el 23 de enero. Los cadáveres de cinco de ellos aparecieron en una fosa clandestina días después, no muy lejos de allí. En total, las autoridades han rescatado un total de 14 cuerpos de las fosas. Hasta ahora, se ignora la identidad de nueve. La discusión ha versado desde entonces sobre el posible motivo de este evento, ¿por qué se los llevaron?, ¿era un mensaje a la empresa, a los trabajadores, a algunos de ellos? ¿O fue una confusión, como dijo el secretario de seguridad federal, Omar García Harfuch, hace unos días? No se sabe, pero la falta de información oficial complica tejer cualquier explicación.
Pero son preguntas que ha borrado el carnaval, fiesta grande de Mazatlán, ciudad que depende “en un 80% del turismo”, según cálculos de José Alberto Ureña, director del Mazatlán Internacional Center, el centro de convenciones local. Ureña es consciente de la conversación que circuló en semanas previas al carnaval, sobre la pertinencia de la fiesta en estas condiciones, la posibilidad de cancelarlo… “Si cancelábamos, enviábamos un mensaje incorrecto, complicábamos aún más a la ciudad”, explica. “El año pasado ya hubo ciertos hechos de violencia, pero se trabajó fuerte en acciones para brindar seguridad. Recuerdo que hubo voces, igual que ahora, que apoyaban cancelar la fiesta. Pero yo soy de la idea de que, con el respeto a todas las personas, debe celebrarse”, añade.
Es cierto que todo el litoral de la ciudad, el centro histórico, la zona dorada, el gran acuario, el faro, la parte turística, está repleta de agentes de todas las corporaciones. Marinos, guardias nacionales, policías municipales y estatales, efectivos de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, cuidan de la fiesta… Agentes han vigilado las entradas al malecón, sobre todo por la noche, durante los conciertos. Es difícil que pase algo aquí dentro. Pero fuera… Un vecino, con larga trayectoria en el tejido asociativo de la ciudad, decía este lunes que fuera están solos. “El sur está solo. Usted se va a Villa Unión, a las colonias lejos del malecón y ahí es tierra de nadie”, zanja.