Todos los silencios del asesinato del Panu
Acribillado en Ciudad de México en vísperas de Navidad, la caída del último gran operador de Los Chapitos pasó medio desapercibida. Dos meses después, el ataque sigue envuelto en misterio
Estaba fría la noche, era domingo. En la zona rosa de Ciudad de México apenas sobrevivía el recuerdo festivo del sábado. La Navidad estaba por llegar. En el restaurante chino Luaú, veterano de esas calles, una familia acababa de cenar sin mayores aspavientos. Dos hombres, dos mujeres, una de ellas mayor. Habían llegado en una camioneta suburban, nada extraordinario, dada la concentración de despachos, agencias y oficinas de Gobierno que proliferan en la zona. En eso arribó un hombre, caminando. Vestía de negro y traía un celular a la mano. “Pidió una mesa, se ve como que mira a la familia, lo ubica y… ¡Pumba!”, dice una fuente, conocedora de las investigaciones. Era el fin del Panu, uno de los últimos operadores de Los Chapitos, facción del Cartel de Sinaloa.
El ataque ocurrió el 21 de diciembre, con media ciudad saliendo o llegando de alguna posada y la otra media planeando el menú de Nochebuena. El recién llegado le descerrajó una docena de balazos al Panu, delante de su madre y su esposa. Solo se le fue uno de los proyectiles, que acabó, mala suerte, en el glúteo del otro hombre, primo de la esposa del Panu. Cuando llegó la policía, minutos más tarde, la esposa dijo, adoctrinada, que su esposo se llamaba Óscar Ruiz y que era empresario hotelero, radicado en Mazatlán, la joya del litoral sinaloense. Aquello no extrañó demasiado a los agentes, acostumbrados a los turistas de la zona rosa. Pero las declaraciones de la madre llamaron su atención. “Estaba muy alterada. Y cuando le preguntamos de dónde era, dijo que de Tamazula”, añade.
La mezcla de Mazatlán y Tamazula, pueblo serrano de Durango, donde las autoridades han intervenido en los últimos tiempos laboratorios de drogas sintéticas, hizo pensar a la policía que aquel no era un asesinato normal. Ninguno lo es, desde luego, pero aquel parecía escapar a las lógicas capitalinas, en la forma y en el fondo. Como supo después la policía, el asesino salió caminando tranquilamente del lugar, tomó la calle Niza, entró a unos baños de un cercano centro comercial, se quitó la chamarra, y salió, ya por Paseo de la Reforma. Todo el rato iba hablando por teléfono, sin apresurarse, aparentemente tranquilo. “Sabemos que luego tomó un taxi y se fue. No ocurrió como en otros casos, que el sicario se sube en una moto. Nada de eso”, dice la misma fuente.
Así caía el Panu, “principal lugarteniente” de Iván Archivaldo Guzmán, según las autoridades de Estados Unidos, líder de la facción de Los Chapitos, hijo del antiguo capo del narcotráfico, Joaquín Chapo Guzmán. Para diciembre de 2025, Los Chapitos llevaban más de un año en guerra contra Los Mayos, facción rival, comandada por uno de los hijos del viejo socio del Chapo, Ismael Mayo Zambada. La guerra había estallado en septiembre de 2024, después de que uno de los hermanos de Iván Archivaldo, Joaquín, tendiera una trampa al Mayo Zambada. Lo convocó a una reunión en Culiacán, la capital de Sinaloa, tapadera en realidad de un engaño, que condujo a ambos a Estados Unidos. El Mayo acabó en prisión, igual que su ahijado, Joaquín, que trata de buscar un acuerdo con las autoridades al norte del río Bravo.
La traición del hijo del Chapo abocó a una y otra facción a una de las cíclicas batallas del Cartel de Sinaloa, quizá una de las peores desde finales de la década de los 2000, cuando el Chapo Guzmán entró en conflicto con sus primos, los hermanos Beltrán Leyva. Los muertos de este último año y medio, la sensación de pánico y zozobra en Sinaloa, recuerda a aquellos años. Arraigados en Culiacán, dueños de la venta de drogas en la ciudad y de otros giros, legales e ilegales, como las máquinas tragamonedas o los restaurantes, Los Chapitos han sufrido más la guerra que sus contrincantes, según han señalado fuentes del Gabinete de Seguridad a EL PAÍS. El Panu era el último que quedaba, vivo o libre. Antes habían caído el Niní y el Güerito Canobbio, trasladados a EE UU, y El Perris, muerto en un enfrentamiento con el Ejército.
Días más tarde del asesinato, las autoridades descubrieron la verdadera identidad del muerto de la zona rosa. “Por la cara no lo habíamos conocido”, dice la fuente familiarizada con la investigación, “fue la prueba dactilar la que nos dio el dato”, añade. Su verdadero nombre era Óscar Noé Medina. Tenía 42 años. Un hombre por el que el Gobierno de EE UU ofrecía hasta cuatro millones de dólares de recompensa. “No sabemos exactamente cuánto tiempo llevaba por aquí. Había alquilado una casa en Naucalpan”, dice, en referencia a uno de los municipios de la zona norte del área metropolitana de Ciudad de México. “Luego había rentado una casa en Tecamachalco, supongo que porque vino la mamá a pasar Navidad, una zona más fresa”, añade.
No queda claro qué hacía el Panu en Ciudad en México. La misma fuente descarta que hubiera llegado en una lógica empresarial. “Más bien, yo creo que se había convertido en un pasivo para aquellos”, dice, en referencia a los hermanos Guzmán que quedan libres, Iván Archivaldo y Jesús Alfredo; Ovidio fue detenido en 2023 y Joaquín se entregó cuando traicionó al Mayo. El Panu estaba en el segundo escalón de los más buscados de Los Chapitos, solo por debajo de los Guzmán. Según el Departamento de Justicia estadounidense, él había sido el organizador de la facción, el transmisor de las órdenes de los Guzmán. “Bajo el mando diario del Panu, los Ninis, el brazo armado de Los Chapitos, secuestraban, torturaban y mataban a todo el que se les opusiera”, dice el Departamento de Justicia, en la acusación contra el grupo, de abril de 2023.
Si no queda claro qué hacía en Ciudad de México, menos se sabe sobre quién pudo ordenar su asesinato. Dos meses después del atentado, el tirador sigue libre. En Sinaloa, el asesinato del Panu no ha generado el río de rumores y especulaciones acostumbrado en situaciones así. Consultado por este diario, un agente de las corporaciones estatales de seguridad señala que en este caso no se ha dicho nada, ni cuando ocurrió, ni después.
En la capital, algún reportero de sucesos alentó la versión de que el Panu había sido traicionado, por la simpleza logística del atacante, tanto en la llegada como en la huida. Pero, ¿por qué querrían los Guzmán muerto a su principal gestor? Esa y otras preguntas, como la importancia del Panu en los últimos tiempos en la facción, o las capacidades de inteligencia de sus enemigos, quedan, de momento, sin respuesta.