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En la guarida del Bótox

La colosal industria del limón de la Tierra Caliente de Michoacán, donde el presunto extorsionador tenía su feudo, hace palidecer cualquier idea preconcebida sobre violencia y poder

Las señoras se juntan en un banca, esta tarde, en Cenobio Moreno. Son más de 10, señoras que ríen, murmuran, toquetean los bordes de sus playeras, los pelos sueltos de sus chongos. Hace calor y ya tiene rato que oscureció, calor de enero, 36 grados, humedad aceptable. ¿De una vez? Dice una de ellas. De una vez. Y entonces todas empiezan, por turnos, a contar. En el fondo, la historia es casi siempre la misma: agentes de alguna corporación, o de varias, se metieron en sus casas cuando ellas ya habían salido –casi todas– a cortar limón. Se llevaron dinero, vajilla, táperes, medallas de bautizo, hasta tres alcancías, una de un puerquito, otra de un perro y una más de un borreguito.

Ocurrió en la madrugada del viernes 23 de enero, apenas un día después de la detención, allí cerca, de tira y afloja entre México y Estados Unidos, por el relato sobre el combate al crimen organizado.

Las señoras no cuentan mucho más y luego una de ellas dirige la comitiva a las casas en que entraron las autoridades. En algunas puertas son visibles todavía los sellos de la Fiscalía de Michoacán, con la leyenda “inmueble asegurado”. Una de las pocas señoras que estaba en casa cuando llegaron los agentes dice que andaban buscando al “niño”, que eso gritaban, “¡niño, niño!”, y enseguida añade que ese es el apodo del hijo del Bótox, César Sepúlveda Valencia, que debe andar ahora por los 22 años. También dice que ella no está de parte de unos ni de otros, pero que el Bótox ayudaba a la gente y que él es de aquí, de Cenobio Moreno, que su madre vendía telas y su padre tenía huertas de limón, que luego su madre murió de cáncer…

Ligada a la boyante economía del limón, sembradío que ocupa alrededor de 100.000 hectáreas, la Tierra Caliente michoacana cambia sin cambiar. La última vez por estos lares, a mediados de 2021, un Frankenstein criminal denominado Carteles Unidos, que incorporaba a viejos grupos autodefensa y mafias regionales, manejaba un retén en un poblado algo más al sur de Cenobio Moreno, rumbo a Aguililla. Estos parajes preñados de limón servían entonces de escenario a la batalla entre Frankenstein y el Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG). El retén lo manejaba uno de los grupos de Cárteles Unidos, Los Viagra, viejos socios del Bótox. De hecho, uno de los gestores de aquel retén, que acompaña a las señoras esta tarde, reconoce al reportero de uno de aquellos viajes, una memoria prodigiosa.

No era raro, por entonces, encontrarse a unos y otros, Carteles Unidos y CJNG, en la misma carretera a Aguililla, a veces con monstruo y todo, nomenclatura popular en México para los tanques artesanales que fabrican las bandas criminales. Ahora ya no hay monstruos, ni retenes, ni Cárteles Unidos. Los Viagra, la gente del Bótox, conocida como los Blancos de Troya, y otros grupos de la zona, caso del Cartel de la Virgen, se unieron al CJNG, grupo que pelea sin descanso para encontrar una salida a la costa. En estos años, la pelea ha sido brutal en la región Sierra Costa michoacana, sobre todo en Tepalcatepec, aunque también en Coahuayana, donde hace unas semanas, el CJNG hizo explotar un coche bomba, frente al cuartel de la policía comunitaria.

Todo cambia sin cambiar. Las alianzas de los grupos mutan, también sus lealtades. Algunos capos suben y otros bajan. Más que aliviar a la gente, la salida del Bótox del terreno de juego criminal ha disparado cantidad de preguntas, quién ascenderá ahora, quién extorsionará a los limoneros, cómo lo hará, etcétera. El botín es enorme, cada una de las 100.000 hectáreas de la región puede dar cada año hasta 20 toneladas de limón, depende del cariño a la parcela. Eso supone un beneficio de unos 120.000 pesos, quitados ya los gastos. Es decir, unos 7.000 dólares por hectárea. Ahora hay que multiplicar por 100.000. Y eso es solo el limón. Los criminales gravan y/o regulan casi toda actividad comercial en la zona. Hay temporadas en que fijan el precio de la carne, otras en que cobran a los distribuidores de cervezas y refrescos, a los panaderos... La cuenta es interminable.

Como dice un religioso consultado estos días en Apatzingán, la ciudad más importante de la región, “las mañas se aprenden y nadie va a soltar la teta”. Es decir, que la extorsión seguirá, con Bótox o sin Bótox, porque el limón, como la metanfetamina, como la carne de res, como el reparto de cerveza, son commodities para las mafias, una situación exportable a otras regiones del país, donde el crimen ha incorporado el campo, las industrias agrícolas, a su cartera de negocios. El religioso, que conoce la región como la palma de su mano, añade que “lo único que ha cambiado estos años es que el CJNG ha arrasado. Es verdad que aún le molestan algunos, como el grupo de Tepalcatepec o el del Tena”, señala, en referencia a bandas que funcionan en la región. “Pero fuera de eso…”, dice, sin terminar la frase.

Los coyotes

Eustaquio no entiende la situación y eso, en su mundo, resulta un tanto extraño. “El Bótox andaba comprando el limón amarillo a más de cuatro pesos el kilo. Luego se lo vendía al molino de unos gringos… ¡Sepa la verga cómo sacaba beneficio!”, exclama, rascándose la cabeza. El limón amarillo es el paria de estas tierras, el que madura demasiado y cae al suelo, diferente del verde, joya de la corona. El amarillo sirve para producir aceites y esencias, el verde, más caro, acaba en taquerías, fondas y cantinas. Mientras busca una explicación al negocio del Bótox –el precio del amarillo ronda los dos pesos y medio– un par de señores llegan y le consultan sobre una venta. Eustaquio no sabe, mira su teléfono, hace una llamada. Luego, se da la vuelta y dice: “Espérame un momento y ya nos vamos”.

El tianguis limonero de Apatzingán es una especie de Wall Street citrícola, una gran extensión de tierra, donde las corbatas dejan paso a las camisas abiertas a media panza, y los sombreros de ala ancha prevalecen sobre auriculares y pantallas. Eustaquio, nombre ficticio, tiene un huerto de 10 hectáreas, seis de las cuales las dedica al limón. Anda algo frustrado porque sus árboles apenas han dado fruta estos meses, culpa suya en realidad. En octubre, los empacadores –“los meros patrones” de la industria, cuenta– pagaban el kilo de limón verde a cuatro pesos, precio de ruina. Él decidió dejar la tierra medio en barbecho, que los arbolitos sacaran lo que pudieran. Y cuatro meses más tarde, resulta que el kilo se paga a 17 pesos.

Con la idea de ordenar el mercado de compra-venta de limón, productores y empacadores de Apatzingán idearon hace 20 años el tianguis, un espacio para hacer negocios, que después de dar tumbos aquí y allá, ubicaron finalmente en un terreno a la salida del municipio. Allí, los primeros podían llegar con muestras de su producto, para que los segundos compraran a quienes quisieran. Las mismas operaciones irían fijando el precio del limón, que los responsables del lugar apuntaban en una tabla. Estos días, en Apatzingán, productores como Eustaquio, profesionales del sector, y demás interesados en la industria señalaban que entre los impulsores originales del tianguis figuraba Jesús Méndez, alias Chango, uno de los fundadores de la Familia Michoacana, embrión del crimen moderno en la entidad.

Sea cierta o no la ascendencia del Chango Méndez sobre el tianguis, la cercanía o presencia directa del crimen en el negocio limonero en Apatzingán y los municipios cercanos, principalmente Buenavista, es evidente. Los señalamientos de extorsión contra el Bótox o la familia Sierra Santana, cabeza de Los Viagra, se quedan cortos. Como cuenta Eustaquio y demás fuentes consultadas estos días en la zona, los extorsionadores exigen a los empacadores un porcentaje de lo que pagan a los productores por cada kilo de limón, entre dos y tres pesos. Pero además, caso del Bótox, los criminales están metidos en el mismo negocio que sangran.

La huerta de Eustaquio yace en tierras de Buenavista, a 20 minutos del tianguis. “Yo ando en el limón desde 1986, más o menos. Mi papá me compró una camioneta doble rodada y yo iba por las huertas, ofreciéndome a cortar, así fui creciendo”, cuenta. Luego se hizo con unas hectáreas donde plantó sus propios árboles, heredó alguna más a la muerte de su padre y después compró dos camiones “fleteros”, para transportar limón a otras regiones. “La mera verdad, cuando mejor estuvimos fue con los Templarios”, dice, en referencia a los herederos de La Familia Michoacana, que acumularon gran poder a principios de la década de 2010.

Según Eustaquio, los Templarios imponían los precios de compra de limón y nadie se quejaba –tampoco es que dieran opción. Con la fragmentación posterior del grupo, esta especie de regulación obligada dejó de funcionar. El mercado se quedó sin tutela, espacio que aprovecharon otros actores para florecer. Se trata de los “coyotes”, intermediarios entre empacadores y productores, enemigos de estos últimos, porque, entienden, se llevan parte del precio de la venta sin hacer nada. “El coyote gana lo que él quiere”, dice Eustaquio. “Por ejemplo, él llega y dice, ‘a ver, necesito 40 toneladas, te las compro a tanto, pero me guardas 50 centavos o un peso por kilo’. Y luego además también le cobran a los empacadores”, critica. “Es mucho lo que agarran, son abusadores”, zanja.

Bernardo Bravo

Días antes de que lo mataran, Bernardo Bravo publicó un vídeo en su cuenta de Facebook, señalando igualmente a los coyotes. Como presidente de la Asociación de Citricultores del Valle de Apatzingán, estaba contra las cuerdas. El precio del kilo del limón languidecía a cuatro pesos y los productores parecían vendidos. Los empaques, que compran la fruta, la lavan, enceran y colocan en cajas, para mandarla a centrales de abasto y demás mercados, no estaban dispuestos a pagar más. Argumentaban que había demasiado limón en el mercado, que además debían enfrentar el impuesto extra de las mafias, ¿qué iban a hacer? Los coyotes, enviados muchas veces de los empaques, trataban de sacar tajada de la crisis. El enfado era creciente.

“No estamos de acuerdo con esos precios puestos en empaque y en industrias”, decía Bravo en su vídeo, grabado el 17 de octubre, viernes. “No tienen sentido para mantener a nuestros jornaleros y mano de obra (...) [El lunes] no vamos a permitir el acceso [al tianguis] a ningún coyote (...) que están haciendo mucho daño a los productores”, añadía. Bravo nunca llegó al tianguis ese lunes. El Bótox y sus esbirros lo mataron el domingo. Atrajeron a Bravo a una de las casas del Bótox en Cenobio Moreno, donde acabaron con él, según la Fiscalía de Michoacán, antes de abandonar su cadáver, en su carro, en una zona poco transitada de Apatzingán.

El asesinato de Bravo conmocionó a Michoacán y al país entero. No es que la violencia fuera ajena al negocio del limón, al contrario, pero el atentado señalaba una escalada de las mafias. Era lo mismo que había ocurrido, un año antes, en Guerrero, cuando criminales de corte parecido al Bótox o Los Viagra mataron al alcalde de Chilpancingo. Algo parecido, también, al asesinato, en mayo, de dos de los colaboradores más cercanos a la jefa de Gobierno de Ciudad de México. Eran ataques homicidas, pero también mensajes intimidatorios. En Michoacán, el sentido del mensaje era muy evidente: el que estorbe, se muere.

A estas alturas, hay pocas dudas de que el Bótox matara a Bravo, aunque él lo negara, en un video que grabó en enero y publicó en redes sociales. La cuestión es por qué. Las tiranteces del mercado del limón en el Valle de Apatzingán eran notables entonces. Según información recopilada estos días en la zona, Bravo planeaba subir por decreto el precio del kilo de limón verde de cuatro a siete pesos el lunes siguiente a su muerte. No parece que eso afectara directamente al Bótox, igual que tampoco parecían afectarle las críticas del líder gremial y los productores, a los coyotes. Pero entonces, ¿qué?

En las audiencias que se han celebrado esta semana sobre el caso Bravo, ya con el Bótox detenido, la Fiscalía de Michoacán señalaba que, en los últimos tiempos, el Bótox había robado una retroexcavadora de Bravo, por cuyo rescate pedía 400.000 pesos, según han informado medios locales. El criminal también le exigía que le cediera huertas familiares, algunas situadas en Cenobio Moreno. La Fiscalía decía igualmente que El Bótox había retenido durante horas a Bravo el 6 de octubre, para soltarlo más tarde. Algo más debió ocurrir en las dos semanas que pasaron hasta su asesinato.

En un documento que compartió la Fiscalía de Michoacán tras la detención del Bótox, la dependencia incorporaba la declaración de uno de sus secuaces, productor de limón también, que señalaba que, a principios de octubre, había viajado con Bravo a Atequiza, en Jalisco. Allí, ese hombre, apodado Pilones, presentó a Bravo con un líder regional del CJNG, René Meza. Según la declaración de Pilones, aireada por la Fiscalía, Bravo le pidió a Meza que “le quitara de encima a Bótox, porque ya los traía cansados”. Según Pilones, Bótox se enteró de esta reunión y mandó matar al líder gremial.

En Apatzingán, esta teoría hace sentido a muchos. Un político local, conocedor de los movimientos del crimen, dice que había escuchado algo parecido y que tiene toda la lógica. “Si Berna fue a buscar apoyo del CJNG fuera”, dice, “es porque los de aquí eran aliados del Bótox. Aun entonces, en octubre, lo eran, a pesar del asesinato que ordenó, en febrero, de dos agentes de la Fiscalía General de la República ahí en su zona”, añade. El asesinato de Bravo terminó, dice, con ese apoyo. “Además, era muy errático, de repente llamaba a un empaque o un molino –empresas que procesan el limón amarillo– y decía, ‘oye, mándame 100.000 pesos, esto, lo otro’… Al final, se quedó solo. Y al final, los delincuentes son como los políticos, se quedan sin dinero y se acabó”, concluye, irónico.

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