El propósito está en juego en nuestras escuelas
La seguridad es necesaria, sin duda. Pero no es suficiente. Un pórtico puede detectar un objeto, pero no puede reconstruir confianzas, ni generar sentido de pertenencia, ni ofrecer un proyecto de vida
Aunque el brutal crimen de la inspectora en Calama ya no ocupa los titulares de todos los días, su eco persiste en una seguidilla de noticias que nos enfrenta a una realidad inquietante: estudiantes portando armas, amenazas que comienzan a normalizarse y comunidades educativas tensionadas al límite. Como si, de pronto, todos vieran lo que hace tiempo estaba ocurriendo. Ese hecho abrió, aunque tardíamente, una conversación que quienes trabajamos en educación sostenemos desde hace años. La violencia escolar dejó de ser un fenómeno aislado y se ha transformado en una expresión compleja de tensiones sociales más profundas.
Reducir este fenómeno a hechos puntuales o a fallas individuales sería un error. Lo que estamos viendo en las escuelas es, en muchos casos, el reflejo de una sociedad fragmentada, donde los vínculos se debilitan, la desconfianza se instala y la convivencia se vuelve más frágil. Las escuelas no son burbujas. Reciben, procesan y muchas veces amplifican lo que ocurre fuera de ellas. Por eso, cualquier respuesta que pretenda ser efectiva debe ir más allá de lo inmediato y abordar las causas que están en la base de esta crisis.
No hay soluciones simples, y sería ingenuo plantearlo así. Pero sí es urgente afirmar que existen caminos que apuntan a la raíz del problema: fortalecer el vínculo, el sentido y la pertenencia dentro de las comunidades educativas. Estos tres elementos, a menudo relegados frente a la presión por resultados académicos o medidas de control, son, sin embargo, fundamentales para construir entornos seguros y significativos.
Una de las claves está en cómo entendemos el aprendizaje. Durante mucho tiempo, el sistema escolar ha privilegiado una lógica centrada en la transmisión de contenidos, muchas veces desconectados de la experiencia vital de los estudiantes. En cambio, cuando el proceso educativo logra conectarse con el entorno, con las preguntas reales de las y los estudiantes y con la posibilidad de incidir en su contexto, ocurre algo distinto. Aprender se transforma en una experiencia con significado.
En esta perspectiva, las metodologías como aprendizaje + servicio, que integran formación académica con compromiso social ofrecen una oportunidad relevante. No se trata únicamente de ‘aprender haciendo’, sino de hacerlo con un propósito claro y compartido. Cuando los estudiantes identifican problemáticas de su entorno, diseñan soluciones, las implementan y reflexionan sobre el proceso, el aprendizaje se vuelve situado, concreto y profundamente significativo. El conocimiento deja de ser abstracto y se convierte en una herramienta para la acción.
Pero el impacto no se limita al ámbito cognitivo. Este tipo de experiencias contribuye al desarrollo de habilidades que hoy resultan imprescindibles: trabajo en equipo, empatía, pensamiento crítico, comunicación efectiva y resolución pacífica de conflictos. En contextos donde la violencia aparece como una forma disponible de relación, generar espacios donde se practiquen otras formas de convivir no es accesorio, sino esencial.
Lo que emerge en estos procesos es algo que a menudo pasa desapercibido en el debate público. Las y los jóvenes no están desconectados ni desinteresados. Desde nuestra experiencia en establecimientos de Educación Técnico Profesional, a través de la iniciativa ‘Protagonistas del cambio’, lo que vemos es que cuando encuentran oportunidades reales de participación, responden con creatividad, compromiso y liderazgo. Incluso en contextos complejos, marcados por la violencia o la exclusión, es posible observar cómo se abren paso otras formas de relación, basadas en la colaboración y el respeto.
La seguridad es necesaria, sin duda. Pero no es suficiente. Un pórtico puede detectar un objeto, pero no puede reconstruir confianzas, ni generar sentido de pertenencia, ni ofrecer un proyecto de vida. Tampoco puede reemplazar el rol de una comunidad que acoge, escucha y establece vínculos significativos entre quienes la integran.
Uno de los mayores desafíos que enfrentan las escuelas hoy es precisamente ese: reconstruir el sentido de la experiencia educativa en un contexto donde muchas de sus promesas han perdido fuerza. La educación ya no aparece como una vía clara de movilidad ni como un espacio donde proyectar el futuro. Es ahí donde la frustración, la desconexión y, en algunos casos, la violencia, encuentran terreno fértil.
La pregunta de fondo no es solo cómo evitamos que la violencia entre a la escuela, sino cómo construimos escuelas donde la violencia deje de tener sentido. Esto implica repensar no solo las estrategias de convivencia, sino también el propósito mismo de educar. Supone preguntarnos qué tipo de experiencias estamos ofreciendo, qué lugar le damos a la participación estudiantil y cómo conectamos el aprendizaje con la vida.
En ese camino, el desafío es grande, pero también lo es la oportunidad. Porque en cada espacio donde un o una estudiante encuentra sentido, donde se siente parte y donde puede aportar, se abre una posibilidad concreta de contrarrestar la lógica de la violencia. Y esa es, probablemente, una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo.