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En colaboración conOEI

El azar y la probabilidad

En la era digital, lo que impulsa el interés y la participación es una conjunción sugestiva de algoritmos y entretenimiento

Malte Mueller (Getty Images / fStop)

Cuando el biólogo Jacques Monod publicó en 1970 El azar y la necesidad, lo impredecible y la contingencia de la existencia humana quedaron arropados por un título sugerente que, engañosamente, hizo pensar en una inequívoca interrelación de sendos términos. Nada más lejos de la realidad. Las últimas palabras del libro eran determinantes, la perseguida verdad quedaba en cuarentena: “El antiguo pacto está hecho pedazos; el hombre sabe por fin que está solo en la inmensidad insensible del universo, de la cual surgió solo por casualidad. Su destino no está definido en ninguna parte, ni es su deber. El reino está arriba y la oscuridad abajo; él debe elegir”.

El oráculo de Delfos fue el centro espiritual más importante de la antigua Grecia. Funcionó como un consultorio divino clave durante siglos acogiendo a pitonisas y sacerdotisas que emitían profecías y consejos tras entrar en trance, influyendo en decisiones políticas y personales. Hoy la predicción que pretende construir un escenario de verdad plenamente asumido por la colectividad se ha trasladado a otro lugar, construido por el dato estadístico que, a su vez, es alimentado por un número hasta ahora impensable de pulsiones. La situación pareciera alumbrar un marco donde la probabilidad coqueteara con el azar procurando esbozar una fina definición de la realidad.

En efecto, se creyera que vivimos en un esquema de probabilidad que poco a poco ha ido diseñándose a través de series casi infinitas de datos almacenados para ser alineados mediante algoritmos que les dan sentido. La acumulación permite la explicación, pero también la predicción con altos umbrales probabilísticos. Estamos ante un panorama que intenta ser regido mediante dispositivos que eliminen lo improbable en un régimen dominado por la correlación, donde la Inteligencia Artificial (IA) se enseñorea del panorama.

En otro orden de cosas, una información de Axios del pasado 22 de abril señalaba cómo en tres ocasiones durante el último mes las publicaciones de Trump sobre la guerra con Irán en su red social parecieron impulsar al alza las acciones, lo que supone que Wall Street se esté adaptando a una nueva realidad en la que una sola publicación oportuna del presidente Trump pueda influir en las acciones y en los precios del petróleo.

La situación se enreda más si atendemos a un análisis de Hostinger, uno de los gigantes mundiales de alojamiento y dominios web, que reveló recientemente que el 87% del tráfico global de correos electrónicos es generado por sistemas automatizados. Es decir, apenas hay seres humanos tras los emails. La propia provisión algorítmica, por tanto, se nutre de fuentes cuya naturaleza es espuria.

No es por ello extraño que, en la era digital, lo que impulsa el interés y la participación sean una conjunción sugestiva de algoritmos y entretenimiento. Atrás quedan los tiempos en que se valoraba la experiencia y la imprescindible deliberación. Hablamos de una dislocación social que parece no tener límite y que en el presente se articula a través de espacios, entre otros, como el índice de referencia Forecast, Metaculus, Kalshi y Polymarket.

Estas dos últimas son plataformas de predicciones que alcanzan valoraciones de decenas de miles de millones de dólares, impulsadas por apostadores que negocian volúmenes récord en todo tipo de temas, desde la guerra de Irán hasta el mejor modelo de IA nuevo. Todas ellas se ven presionadas por las casas de apuestas deportivas tradicionales que solicitan mayor reconsideración legal ante la creciente competencia desleal de dichos mercados de predicción. Kalshi -cuyos responsables no cejan de sostener que son un mercado, no un casino- se ha convertido en un gran negocio. En marzo pasado, la plataforma recibió casi 13 mil millones de dólares en apuestas sobre todo tipo de temas, desde deportes y elecciones hasta el lugar donde se casarán Taylor Swift y Travis Kelce.

Los referidos mercados de predicción están bajo presión para erradicar los presuntos casos de uso de información privilegiada, especialmente en temas de política, guerra, deportes y entretenimiento. De hecho, el Departamento de Justicia de Estados Unidos ha acusado a un militar de usar información clasificada para apostar en Polymarket en trece ocasiones sobre la captura de Nicolás Maduro, expresidente de Venezuela. El sargento Gannon Ken Van Dyke habría ganado más de 400 mil dólares con estas apuestas. El Departamento de Justicia calificó el hecho de “uso de información privilegiada”. Por su parte, Polymarket afirmó haber alertado a las autoridades sobre las apuestas y que la detención era “prueba” de que su sistema de monitoreo funciona. Esta plataforma, junto con Kalshi, recién fueron prohibidas en Brasil por una resolución del Conselho Monetário Nacional, en una acción que pone a este país en la vanguardia de la supervisión de buena parte de las secuelas de la revolución digital.

El bombardeo caraqueño, con la consiguiente masacre de un centenar de personas y la extracción de la pareja presidencial, no fue solo un negocio inmediato para las petroleras norteamericanas, sino que permitió a algunos lucrarse en dispositivos de azar, o al menos a un militar cuyo sentido de la probabilidad del acontecer inmediato tenía bajo control. Una verdad sin duda tramposa. Resulta pertinente recordar a Hanna Arendt cuando en Los orígenes del totalitarismo señaló que “el resultado de una sustitución total de la verdad por la mentira no es que la mentira sea aceptada como verdadera, sino que se destruye el sentido mismo por el que nos orientamos en el mundo real”. En el reino de la probabilidad, añadiría, la verdad importa menos cuando, como señaló Joseph Stiglitz en una reciente entrevista, el 50% de la población mundial solo ha recibido un 1% de toda la riqueza creada en los últimos 25 años.

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