Feliz Año 2050
Decir ‘Feliz 2050′ es un acto político y asumir que el futuro no se improvisa. Es reconocer que la democracia se fortalece cuando es capaz de pensar más allá de la próxima elección. Y entender que la mejor respuesta frente al populismo, la demagogia y la polarización no es más confrontación, sino más diálogo
La expresión puede sonar extraña en un presente dominado por la urgencia, la fragmentación política y la ansiedad del corto plazo. Sin embargo, no es una consigna futurista ni un ejercicio retórico. Es una invitación necesaria a cambiar el marco desde el cual pensamos el desarrollo, partiendo desde nuestra experiencia nacional y proyectándola hacia ...
La expresión puede sonar extraña en un presente dominado por la urgencia, la fragmentación política y la ansiedad del corto plazo. Sin embargo, no es una consigna futurista ni un ejercicio retórico. Es una invitación necesaria a cambiar el marco desde el cual pensamos el desarrollo, partiendo desde nuestra experiencia nacional y proyectándola hacia América Latina y el Caribe. Porque el 2050 no es un horizonte lejano: es el tiempo en el que vivirán, gobernarán y tomarán decisiones quienes hoy se están formando, trabajando y participando por primera vez en la vida pública.
La pregunta es inevitable: ¿qué país —y qué región— les estamos dejando?
Durante décadas, Chile y América Latina han demostrado tener enormes potencialidades, pero también una dificultad persistente para transformarlas en proyectos de largo aliento. En el caso chileno, no ha faltado diagnóstico ni propuestas; lo que ha faltado ha sido continuidad estratégica, acuerdos amplios y una institucionalidad capaz de sostener políticas más allá de los ciclos electorales. Esta realidad, con matices propios, se repite a lo largo de la región. Allí donde el corto plazo se impone, el populismo encuentra terreno fértil: promete soluciones inmediatas, apela a la emoción y profundiza la polarización. El costo real se paga después, cuando se debilitan las instituciones y se hipotecan las oportunidades de desarrollo.
Frente a este escenario, la prospectiva estratégica y la gobernanza anticipatoria dejan de ser conceptos técnicos para convertirse en herramientas políticas esenciales. Anticipar no es predecir el futuro, es prepararse para él. Es dotar al Estado y a la sociedad de capacidades para comprender tendencias, evaluar riesgos, identificar oportunidades y tomar decisiones con mirada de largo plazo. Esta necesidad es válida para Chile, pero también para el conjunto de América Latina y el Caribe, una región expuesta a transformaciones profundas en lo demográfico, lo tecnológico, lo ambiental y lo geopolítico.
En Chile, este camino se ha ido construyendo desde distintas experiencias concretas. No ha sido un proceso improvisado ni reciente. Cuando me correspondió presidir la Comisión de Desafíos del Futuro del Senado, Ciencia, Tecnología, Innovación y Conocimiento, impulsamos la creación de una Mesa de Estrategia y Prospectiva, integrada por más de un centenar de expertos de diversas disciplinas y visiones. De ese trabajo surgió una propuesta clara: la creación de una Agencia de Futuro Estratégico, concebida como una institucionalidad permanente para pensar el desarrollo del país con horizonte de largo plazo.
Esa propuesta fue recogida por el Gobierno y hoy se expresa en un proyecto que se discute en el Senado para crear un Consejo de Nueva Institucionalidad Prospectiva. Más allá de su diseño final, este proceso demuestra algo fundamental: cuando existe diálogo, evidencia y trabajo técnico serio, es posible avanzar en acuerdos que trascienden las diferencias políticas. Esa es una lección relevante no solo para Chile, sino también para una región que necesita reconstruir confianzas y capacidades estratégicas.
Este esfuerzo nacional se ha visto reforzado por otras iniciativas que han contribuido a instalar una conversación de futuro en el espacio público. Congreso Futuro, por ejemplo, se ha consolidado como una plataforma inédita en la región, tanto por la calidad de sus contenidos como por su rol en diplomacia científica. Ha demostrado que es posible convocar a todos los sectores —políticos, científicos, académicos, empresariales y sociales— para debatir los grandes desafíos del presente y del mañana, sin caer en la lógica de trincheras.
A ello se suman experiencias como Proyecta Chile 2050, impulsado desde la Fundación Encuentros del Futuro; el trabajo sostenido del Consejo Chileno de Prospectiva y Estrategia; los Diálogos Sociales de Futuro promovidos por el Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación; y las iniciativas del Colegio de Ingenieros de Chile orientadas a proyectar escenarios país al 2050. Todas estas experiencias, desde miradas diversas, convergen en una convicción común: sin visión compartida no hay desarrollo posible.
El desafío ahora es dar un paso más. No se trata solo de acumular iniciativas, sino de hacerlas converger en prioridades estratégicas de país que puedan proyectarse regionalmente. América Latina y el Caribe necesitan pactos de futuro. Pactos que permitan definir sectores estratégicos, proteger bienes comunes y asegurar bienestar social, más allá de la alternancia política.
Las oportunidades están a la vista. Chile —y la región en su conjunto— cuenta con ventajas que el futuro demandará: energías limpias, hidrógeno verde, minería responsable, producción alimentaria sostenible, futuro forestal, biodiversidad, observación astronómica y energías renovables. Pero ninguna de estas potencialidades se transformará en bienestar sin planificación, gobernanza y acuerdos de largo plazo.
Decir “Feliz Año 2050” es, en este contexto, un acto político consciente. Es asumir que el futuro no se improvisa. Es reconocer que la democracia se fortalece cuando es capaz de pensar más allá de la próxima elección. Es entender que la mejor respuesta frente al populismo, la demagogia y la polarización no es más confrontación, sino más diálogo, más institucionalidad y más visión compartida.
El 2050 llegará de todas formas. La diferencia estará en si Chile —y América Latina— lo enfrentan con instituciones sólidas, sociedades cohesionadas y proyectos de largo aliento, o si siguen atrapados en la reacción permanente y la disputa estéril. Gobernar el futuro exige coraje político, generosidad y voluntad de acuerdo. Todavía estamos a tiempo de elegir ese camino.
Feliz Año 2050. Que no nos sorprenda sin haber hecho la tarea.