Un ataúd dorado, un gallo hecho de flores, un país que bebe leyendas
El sepelio del Mencho dejó imágenes para el recuerdo, nutriendo el imaginario nacional de la ostentación funeraria típica del crimen
A mediados de 2008, alguien puso a correr la leyenda, en Culiacán, de que las florerías se habían quedado sin rosas rojas. No era un tema menor. Se acercaba el Día de las Madres, 10 de mayo, y las rosas serían parte esencial de cientos de ramos y arreglos. La leyenda señalaba que el origen de la escasez floral era el sepelio de Edgar Guzmán, hijo del Chapo, entonces líder todopoderoso del Cartel de Sinaloa, asesinado un día antes en la ciudad. El papá doliente había comprado todas las flores para adornar el sepelio del muchacho caído. La única opción de los hijos vivientes, de los miles que poblaban entonces la capital de Sinaloa, era llegar a escondidas al panteón, y robarse algunas.
No era la mejor idea, desde luego. El relato carece de epílogo y no queda claro si alguien blandió una osadía de tal tamaño. Suena poco probable. Cierta o no, la leyenda del hijo del Chapo nutría el imaginario nacional de la ostentación funeraria, típica del crimen organizado. Ahora, 18 años después, los fastos por el entierro del Mencho, líder del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), heredero mediático del Chapo Guzmán y su organización, alimentan esa misma idea. Esta vez, el premio se lo ha llevado el ataúd dorado en que debían ir sus restos y la extraordinaria logística implementada para transportar toneladas de flores al cementerio, fin de fiesta a una semana de tremenda sismicidad.
“Uno de los velorios más impresionantes a los que yo fui fue el del Azulito”, decía hace unos meses el trabajador de una empresa funeraria en Culiacán. El trabajador se refería a Juan José Esparragoza Monzón, hijo de un hombre que vistió el mismo nombre y apodo, solo que sin el diminutivo. Antiguo agente del Estado, El Azul –el papá– fue parte de lo que México conoció como Cartel de Guadalajara, precedente del de Sinaloa, grupo de traficantes de la sierra del Pacífico norte, afincados en la capital de Jalisco, que optimizaron cultivos y trasiegos, para abastecer la creciente demanda al norte del río Bravo. Todos sus jefes están muertos o en prisión.
Dado el contexto, todo apunta a que El Azulito prosperó y siguió en el negocio familiar, al menos hasta que lo mataron, en 2021, en Culiacán. “Duró dos días aquel sepelio”, dice el trabajador, experto en historia contemporánea sepulcral de la región. “Ah, y también el de Manuel Torres Félix”, añadía, en referencia a El Ondeado, parte de la facción que comandaba Ismael El Mayo Zambada, caído en 2012, en Sinaloa. “El de aquel fueron dos días aquí, en el sepelio, dos días en el rancho, con banda, carne asada, baile... ¡Parecía feria ganadera!”, decía el trabajador.
Antes de que la actual guerra al interior del Cartel de Sinaloa convirtiera a vecinos en enemigos acérrimos, El Ondeado trabajaba con otro de los hijos del Chapo, Ovidio Guzmán, alias El Ratón. Según explicó el Ejército en 2012, El Ondeado y El Ratón “coordinaban para la recepción y el trasiego de droga por vía marítima en los estados de Chiapas y Oaxaca, procedente de Sudamérica”. Ahora el primero está muerto y el segundo muerto en vida, encarcelado en Estados Unidos, después de protagonizar dos de los eventos más sonados en México en los últimos años, los culiacanazos uno y dos, reacciones salvajes de los hermanos Guzmán contra el Gobierno, cuando trató de detener a Ovidio.
El Ratón cayó a la segunda, en 2023, y ha dejado un testamento en vida, un ataúd dorado hecho de canciones, corridos en recuerdo de sus proezas y carácter criminal. Destaca, sin duda, Soy el ratón, de Código FN, en que cantan por su boca: “Soy el ratón, soy Ovidio, soy Guzmán, hijo del Chapo. Soy hermano de Alfredito y Archivaldo y, por cierto, me disculpo por lo del Culiacanazo”. Todo un detalle, dado el estado de terror en que quedó la población en Culiacán aquel jueves de octubre de 2019, primer culiacanazo, por las batallas a balazos y correrías entre militares y criminales. No hubo entierro, porque Ovidio vivió, pero cualquiera podía comprar gorras conmemorativas del evento en la ciudad. Al menos hasta hace unos meses.
La cobertura del sepelio del Mencho ha sido complicada. A ratos, la prensa mostraba el recorrido de la comitiva fúnebre, compuesta por al menos dos vehículos, uno con el ataúd dorado del Mencho y otro con una de las coronas que alguien le mandó: fondo de rosas rojas, resaltando un gallo rematado con flores blancas, cuya cola parecía hecha de glicinas o alguna otra flor en racimo. Pocos ignoran ahora que otro de los apodos de Nemesio Oceguera era el Señor de los Gallos, por su afición a las peleas de estas aves, tan populares en el país. El resto de la comitiva llegó más tarde, cinco o seis tráileres cargando coronas (¡!), mientras decenas de soldados miraban la escena.
No hubo reporteros que se acercaran demasiado al sepelio, ni en la funeraria ni en el panteón, excepto un joven estudiante italiano que quería tomar fotos, por curiosidad. Acabó con los dientes rotos y una cara de circunstancia que ni Tom Hagen, el consigliere de Michael Corleone. Fuera de él, nadie que no fuera parte de la comitiva del líder criminal se acercó al cortejo fúnebre. Se escuchaba, eso sí, la música de banda, omnipresente en este tipo de reuniones. Una vez, en Nuevo Laredo, en un entierro de presuntos integrantes de otro grupo criminal, una banda colocó una tarima con ruedas, junto al agujero en la tierra donde acabaría uno de los ataúdes. Como escribió el colombiano Tomás González, “la verdad no existe, además, y el mundo es solo música”.
Meses antes de lo del Mencho, en Culiacán, el trabajador de la funeraria mostró las joyas de la empresa a los visitantes. En una sala, dentro de una vitrina, había un ataúd chapado en oro, como el del Mencho. “Mucha gente aquí tiene planes funerarios”, explicaba. Los planes funerarios son como hipotecas, pero al revés, un crédito para pagar tu propio entierro. Había algunos relativamente asequibles, que salían a unos 20.000 pesos, unos 1.200 dólares, a abonar en tres o cuatro años. Y luego estaban los lujosos, con féretro “chapado en oro”, en que la pura caja salía por millón y medio de pesos. “Como que compiten a ver quién tiene más”, concluía el historiador funerario.