Ensamblando un nuevo socialismo
Llegó el momento para que todos los partidos de izquierda y centroizquierda de Chile inicien revisiones: es tan profunda la crisis de las izquierdas en todas partes del mundo que rehuir el acto reflexivo es un gesto de comodidad, y hasta de flojera política e intelectual
En los últimos días, se ha hecho evidente la enorme distancia que separa a la vieja izquierda socialista y sus aliados pepedeístas, radicales y liberales con ese mundo vinculado al estallido social que se ha vuelto a agrupar en torno a la alianza Apruebo Dignidad (comunistas y frenteamplistas, recuperando desde el nombre hasta el concepto que sirvió para nombrar la protesta volcánica que tuvo lugar en 2019). Es cierto: el surgimiento de “dos oposiciones” (un término acuñado en la urgencia por la presidenta del Partido Socialista Paulina Vodanovic) al futuro gobierno de José Antonio Kast es una creación rabiosa, atravesada por todo tipo de emociones entre las distintas fuerzas que gobernaron bajo la presidencia de Gabriel Boric sin nunca haber alcanzado el estatus de coalición (prueba de ello es que siempre careció de un nombre). También es cierto que todo esto ha sido más bien errático: hace pocas semanas atrás, la misma presidenta del Partido Socialista decretaba el fin del socialismo democrático, el que hoy renace a lo menos como concepto.
Pero las cosas son lo que son: no hay nada más alejado de la realidad que la noción de una “izquierda unida jamás será vencida”
Llegó el momento para que todos los partidos de izquierda y centroizquierda inicien revisiones: es tan profunda la crisis de las izquierdas en todas partes del mundo que rehuir el acto reflexivo es un gesto de comodidad, y hasta de flojera política e intelectual. Para que la reflexividad produzca consecuencias, se necesita de voluntad política y tiempo histórico. Pues bien, todas estas cosas parecen estar reunidas: el Gobierno de Gabriel Boric concluye en una modalidad de colapso y no hay elecciones a la vista hasta 2028. Por primera vez desde 1990, el tiempo debiese jugar a favor de las izquierdas.
Si el Socialismo Democrático ya no existe, entonces hay que avanzar en el desarrollo de un concepto alternativo: no se me ocurre otra cosa que un “nuevo socialismo”. Pero ¿qué tan nuevo puede ser? Pues bien, todo lo nuevo que pueda ser contenido por el “allendismo”: ese espíritu de época que se concentra en la figura sacrificial de Salvador Allende, que sobrevive al paso del tiempo y que se transforma en fuente de inspiración. Todo esto puede sonar muy abstracto y mítico: en cierto modo lo es. Pero lo que no es abstracto es constatar el aspecto de inventividad política del gobierno de la Unidad Popular y que Allende nombró muy bien: un socialismo con “sabor a empanada y vino tinto”. Esa es, precisamente, la gran originalidad de Allende y de ese sentimiento que lo acompaña, el “allendismo”: ese es el gran contenedor al que hay que apelar. Las marcas de los partidos son demasiado pobres, demasiado pequeñas, casi grupusculares: tanto es así que han permitido que las derechas más ultras hayan penetrado segmentos relevantes del electorado de izquierdas, de clase media baja y popular. Hay una derrota de clase involucrada en todo esto.
Por estos días, circula con gran poder viral un video del Green Party británico: ese video, fantástico por su simplicidad, habla más del costo de la vida que del cuidado del medioambiente. Si esta expansión temática de los verdes ha sido posible, es porque el Partido Laborista liberó suficiente espacio político para que otros (en este caso el Green Party) se apoderen de los temas de una izquierda material que no percibe una amenaza de extinción, y que no se interroga existencialmente por haber renunciado al universalismo. Pues bien, el problema no es distinto para las izquierdas chilenas: todas ellas están objetivamente amenazadas de desaparición (el partido “más grande” apenas llega al 7% de los votos), regalaron espacio social y político a las derechas más duras y aun no se convencen de la gravedad de su situación. ¿Alguien se hace seriamente la pregunta de por qué la candidata de todas las izquierdas Jeannette Jara alcanzó tan solo el 26% de los votos en primera vuelta, a doce puntos del 38% del apruebo en el primer plebiscito constitucional de 2022 en el que, se supone, convergían todo tipo de sueños emancipadores? Nadie se hace seriamente la pregunta.
En este sentido, el anuncio de que habrá dos oposiciones de izquierdas es una buena noticia: obliga a todos a converger una vez realizado un proceso de revisión histórica. No hay garantía de que eso ocurra.
Este revisionismo de izquierdas no es lo mismo que una renovación de izquierdas: esta última es un ejercicio demasiado débil para los tiempos ideológicos mundiales que dominan hoy en día. En el caso chileno, y especialmente de los socialistas en su calidad de partido con significado histórico y gravitación parlamentaria (especialmente en el Senado), el revisionismo pasa por cinco etapas o paradas de un largo, tortuoso y doloroso recorrido. La primera parada ya tuvo lugar: esa fue la enrabiada distancia que los socialistas tomaron con sus aliados de gobierno en una coalición bastarda. La segunda parada consistió, en modo retórico, en el anuncio de dos oposiciones al Gobierno de Kast, lo que supone coordinaciones mínimas con frenteamplistas y comunistas cuando las condiciones del debate político así lo requieran. La tercera parada es configurarse como dos izquierdas distintas, una material y universalista y otra post-material, identitaria y particularista: ambas izquierdas son necesarias, pero el “nuevo socialismo” no puede permitirse el lujo de renunciar al universalismo, lo que garantizaría su muerte. La cuarta parada es la consecuencia lógica de la anterior: dotarse de un proyecto político sin confundirlo con lo que es un programa de gobierno (tener un proyecto es acostumbrarse a pensar largo, pongamos por caso dos décadas, un ejercicio extremadamente difícil en tiempos tan veloces como los de hoy). La quinta parada (que mucho quisieran que fuese la primera parada) es la de la construcción de un programa de gobierno, el que debiese entroncarse racionalmente con el proyecto político.
Casi nada de estas cosas existen, lo cual describe la envergadura del problema de las izquierdas. Los socialistas, intuitivamente, convocaron a una Conferencia Nacional de Programa: ese evento no resolutivo puede ser una oportunidad, o una tragedia. Es la oportunidad de debatir todo lo que no se ha discutido desde la renovación socialista de los 80, es decir 40 años de historia chilena y mundial en los que ha pasado de todo: desde el fin de la Unión Soviética hasta la irrupción de China como actor mundial, desde la crisis general de la socialdemocracia hasta la emergencia de micro-fascismos y grandes derechas radicales. Si termina en tragedia, ello se deberá a formatos deliberativos pre-negociados entre caciques y “lotes” sobre el resultado de lo que aún no se delibera.
De ser exitosa, esta Conferencia debiese servir como punto de inflexión para ensamblar distintas expresiones de izquierdas: ensamblar no quiere decir pegar cosas a la fuerza. De modo mucho más desafiante, un ensamblaje implica un trabajo de creación política e intelectual en el que convergen, como en un puzle, distintas piezas y partes. El puzle del nuevo socialismo es especialmente complejo y avanzado, el que implica ensamblar miles de partes en un diseño (y esa es la gran novedad) que no es conocido de antemano.