Un juez de Minnesota ordena comparecer personalmente al jefe en funciones del ICE
El magistrado federal Patrick Schiltz exige a Todd Lyons que explique por qué la agencia migratoria incumple las órdenes judiciales que amparan a inmigrantes detenidos
El juez federal principal de Minnesota, Patrick Schiltz, ordenó este martes al director en funciones del Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE), Todd Lyons, que comparezca para explicar por qué no ha obedecido las numerosas órdenes judiciales sobre la actuación de la temible policía migratoria de Donald Trump en ese Estado, y especialmente en Minneapolis, la ciudad que lleva casi dos meses resistiendo a su ocupación federal.
“La paciencia de este tribunal se ha acabado”, escribe Schilz en su breve orden, emitida el lunes por la noche. Si Lyons no comparece, el juez podría procesarlo por desacato al tribunal por todas las veces en las que los federales del ICE impidieron a inmigrantes detenidos presentarse ante el juez para solicitar libertad bajo fianza en Minneapolis. Lyons y los suyos acumulan numerosos autos de magistrados que les obligan a ofrecer esa asistencia que garantiza la ley.
“Este tribunal reconoce que ordenar al jefe de una agencia federal que comparezca personalmente es un paso extraordinario”, apunta en su escrito Schilz, nombrado el expresidente republicano George W. Bush. “Pero el nivel de violaciones de órdenes judiciales por parte del ICE también es extraordinario, y se han intentado otras medidas más leves para corregirlo, sin resultado”.
Desde que la Administración de Donald Trump ordenó el despliegue de miles de agentes del ICE en Minnesota a comienzos de diciembre, los juzgados federales de este Estado demócrata se han visto saturados por las demandas de detenidos por la policía migratoria para que les fuera concedida la libertad bajo fianza. A su vez, los fiscales federales han llevado a los tribunales numerosos casos de manifestantes detenidos por actos de protesta contra la presencia del ICE.
El operativo antiinmigración, el más grande lanzado por Trump desde su regreso al poder con la promesa de llevar a cabo la “mayor deportación de la historia”, ya se ha cobrado la vida de dos ciudadanos estadounidenses. Primero fue la poeta y madre de tres hijos Renée Good, a la que un agente del ICE descerrajó tres disparos mientras aquella estaba protestando contra una redada en el interior de su coche en una tranquila calle residencial. El sábado pasado fue el enfermero de cuidados intensivos Alex Pretti, al que redujo un grupo de uniformados mientras este los grababa con su móvil y se interponía entre ellos y una mujer a la que estaban deteniendo. Recibió una decena de disparos por la espalda.
Dos días después de la tragedia, Trump tomó la decisión de apartar de Minneapolis a Gregory Bovino, el jefe de la Patrulla Fronteriza, que estaba al mando sobre el terreno, para mandar en su lugar a Tom Homan, el zar antiinmigración de la Casa Blanca, de perfil más político. El gesto, unido a dos conversaciones que el republicano mantuvo con el gobernador de Minnesota, Tim Walz, y con el alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, se interpretó como una cierta desescalada por parte del presidente de Estados Unidos, tal vez consciente de la extraordinaria crisis de imagen que le está trayendo el operativo lanzado aquí.
Muchos estadounidenses pueden estar de acuerdo con controlar la inmigración irregular y con deportar a delincuentes, pero no con ver agentes federales que actúan con impunidad y van enmascarados, aterrorizan a sus vecinos y deportan a niños de cinco años como Liam Conejo, cuya imagen asustada y llorosa se ha convertido en un símbolo de la guerra sin cuartel de Trump contra la inmigración.