Morena y la máquina de guerra electoral
El partido creado por López Obrador es ante todo un tanque engrasado para conquistar todos los espacios posibles del poder, dentro y fuera de las instituciones
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Un partido de masas, un partido de cuadros, un partido-movimiento. Los politólogos aún no se ponen de acuerdo en cómo definir a Morena, una formación que todavía no ha llegado ni a la adolescencia —apenas tiene 12 años— y que fue creada a imagen y semejanza de su fundador, Andrés Manuel López Obrador. El expresidente, formado en la cultura priista y gran conocedor del país, construyó antes que nada una máquina de guerra electoral. El filósofo Gilles Deleuze llamó “máquina de guerra” a un tipo de resistencia, muy dinámica y creativa, que no se deja capturar por el Estado. La máquina de guerra electoral sería más bien lo contrario, un tanque engrasado para conquistar todos los espacios posibles del poder, dentro y fuera de las instituciones.
La máquina del joven partido guinda ha dado resultados. En poco más de una década ya ha servido para ganar dos veces la presidencia de la República, conquistar la mayoría en las dos Cámaras del Congreso, gobernar en 24 de los 32 Estados del país y controlar posiciones clave en el Poder Judicial. También para ser la formación con más militantes en la historia, con más de 12 millones de afiliados, duplicando los números del PRI en sus años de esplendor y superando la votación de todo el resto de partidos juntos. La analogía con el PRI de los años de hierro es pertinente, porque lo que está en juego ahora para Morena es su consolidación como nuevo partido hegemónico, esta vez dentro del marco democrático, y sin el pegamento de la figura totémica de su fundador y lider indiscutible.
Mis compañeros de la sección de política han explicado minuciosamente el momento que atraviesa esa criatura de 1.000 cabezas, una tribu de tribus no siempre bien avenidas. A través de más de una docena de fuentes, mis compañeros radiografían la crisis interna, que ha precipitado la intervención de la presidenta, Claudia Sheinbaum. La mandataria, con cada vez más influencia en todos los ámbitos del poder, ha forzado un recambio en la cúpula. Un movimiento que, aunque era un rumor de largo recorrido, ha tomado por sorpresa a los órganos de dirección del partido. A la presidenta de la formación, Luisa María Alcalde, elegida hace menos de dos años, le sucederá Ariadna Montiel, actual secretaria del Bienestar. En paralelo, Sheinbaum anunció días antes la entrada en escena de Citlalli Hernández, que deja la Secretaría de las Mujeres para liderar la operación electoral del año que viene, donde Morena se juega sobre todo retener su mayoría en la Cámara de Diputados.
Las razones de fondo de los cambios tienen que ver también con los resultados pasados en las urnas. La mandataria responsabiliza a Alcalde de los fiascos electorales en Durango y Veracruz. Al igual que a Andrés Manuel López Beltrán, secretario de Organización del partido e hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador. La llegada de Montiel a la presidencia del partido es relevante, no solo por su cercanía con Sheinbaum. A los mandos de la poderosa Secretaría del Bienestar, tiene a su servicio a unos 20.000 Servidores de la Nación.
La naturaleza de esta especie de ejército no regular, a medias entre la militancia del partido y los funcionarios de gobierno, recuerda a las tesis de Deleuze, inspiradas a su vez por las andanzas de Lawrence de Arabia. Una guerrilla híbrida que se mueve entre diferentes fronteras y aparece donde no se le espera. Estos servidores, además de visitar puerta por puerta a los ciudadanos para inscribirlos en el padrón de beneficiarios de ayudas sociales, también trabajan promoviendo el voto para Morena en periodos electorales.
La presidenta ha decidido cortar de tajo para que la hemorragia no alcance a los decisivos comicios del año que viene. Pero el conflicto viene de lejos. Casi desde su nombramiento, el tándem Alcalde-López Betrán dio señales de no carburar. Para este marzo, la situación era insostenible. En el Consejo Nacional morenista donde se aprueban las reglas internas que regirán los comicios de 2027, los máximos líderes del partido tienen la certeza de que la pareja dirigente no funciona y deben abandonar la dirigencia antes de que arranque el proceso electoral. “La renuncia era lo único que se comentaba en los pasillos”, le contó un consejero a mis compañeros. Esta es solo una estampa de la deriva que atraviesa el partido y que ha forzado la intervención de Sheinbaum y la salida de Alcalde. Tras el retiro de López Obrador, hace un año y medio, el partido apostó a un proceso de institucionalización para autogestionarse más allá de la potente figura del líder. Los cambios no acaban de consolidarse, pero la prioridad máxima es poner a punto la máquina de guerra electoral.