La diabetes tipo 2, la otra epidemia del siglo XXI

Frenar la sexta causa de mortalidad en el mundo se ha convertido en un reto de salud pública por su impacto en la calidad y en la esperanza de vida y por el porcentaje de personas cada vez mayor a las que afecta

Francisco Cañizares

Hay enfermedades que suponen un desafío para la medicina porque su origen es desconocido o requieren prolijas investigaciones para erradicarlas. La diabetes tipo 2, la más frecuente de las que existen, no pertenece a ninguno de los dos grupos: conocemos por qué se produce y evitarla tiene que ver fundamentalmente con seguir hábitos de vida saludables. Sin embargo, también es un reto para la salud pública por el número de personas a las que afecta, el ritmo al que crece y el impacto que tiene en la calidad y en la esperanza de vida.

La diabetes tipo 2 consiste en que el organismo no procesa bien la insulina, la hormona que facilita que la glucosa de los alimentos pase a las células y se convierta en energía. Dos factores son determinantes para evitar que esto se produzca: una dieta equilibrada, que garantiza que no se ingiere más glucosa de la que el cuerpo necesita; y actividad física regular, que hace que las células sean sensibles a la insulina, además de prevenir el sobrepeso y la obesidad, directamente relacionadas con la enfermedad.

La solución parece simple, no hay más que comer bien y moverse, pero no es tan sencillo. El Informe mundial sobre la diabetes, elaborado por la OMS con motivo del Día Mundial de la Salud de 2016, recomendaba “aplicar programas para fomentar el consumo de alimentos saludables y desalentar el consumo de alimentos malsanos, como los refrescos azucarados, y crear entornos sociales y urbanísticos que apoyen la práctica de una actividad física”.

En la sociedad de la opulencia que vivimos resulta muy difícil instaurar estos hábitos y el resultado es la creciente epidemia que padecemos. El abandono progresivo de hábitos alimentarios sanos, como la dieta mediterránea, está detrás del incremento, por el momento imparable, que la enfermedad ha registrado en países como Portugal, Grecia o España. El informe de la OMS apunta que no es un problema exclusivo de los países ricos: “La prevalencia ha aumentado con mayor rapidez en los países con ingresos bajos y medianos”.

Hacer frente a la epidemia es, además, un reto económico global. El 12% del gasto sanitario mundial se dedica al tratamiento y a las complicaciones de salud que acarrea la diabetes cuando no está bien controlada. El problema cobra especial relevancia en Europa por el envejecimiento de la población, uno de los factores de riesgo de la enfermedad. El impacto económico para los enfermos y sus familias y para los sistemas sanitarios “representa un obstáculo significativo para un desarrollo sostenible”, señala el Atlas de la diabetes de la Federación Internacional de Diabetes (FID).

¿Qué consecuencias tiene que el organismo de una persona enferma sea incapaz de sacar la glucosa del torrente sanguíneo? Los efectos son lentos e inexorables. Las microlesiones vasculares pueden ocasionar ceguera, insuficiencia renal o diversas neuropatías. Las secuelas alcanzan las células de cualquier parte del cuerpo, también las de órganos vitales como el corazón o el riñón. Por ese motivo, una persona con diabetes tipo 2 no diagnosticada o mal controlada tiene más probabilidades de sufrir a largo plazo un infarto o un ictus que un individuo sano u otro con un seguimiento periódico de la evolución.

La detección y el diagnóstico precoz es imprescindible para que la persona pueda asumir cuanto antes el reto que para ella va a suponer convivir con una enfermedad que va a acompañarle el resto de su vida. En ese desafío el autocuidado es imprescindible, el enfermo es el primer responsable de la gestión de su enfermedad. Un paciente con hábitos saludables y exámenes periódicos puede vivir prácticamente los mismos años que una persona sana y su calidad de vida ser muy similar. En cambio, un mal control multiplica las secuelas, acelera las complicaciones y produce mortalidad prematura.

Según los especialistas, la continuidad asistencial es clave también para mejorar la adherencia a los tratamientos, tanto los farmacológicos como los relacionados con hábitos de vida: ejercicio físico y dieta equilibrada, fundamentalmente. La incorporación de la telemedicina ha facilitado en los últimos años el control de la enfermedad en muchos pacientes; los que requieren un seguimiento muy exhaustivo o tienen dificultades para acceder a un centro han podido recibir asistencia sin necesidad de acudir a una visita presencial. Las aplicaciones de móvil y otras innovaciones tecnológicas también han ayudado a los enfermos en el autocuidado.

Los datos de la OMS reflejan que la diabetes tipo 2 es la sexta causa de muerte en el mundo. Uno de los factores que influye en esta siniestra estadística, además de los señalados, es su detección tardía. Se estima que, por cada caso diagnosticado, queda otro por diagnosticar.

Un aumento de la sed y de la micción, la aparición de fatiga o de hormigueo en las manos o los pies pueden ser signos identificativos de la enfermedad y razón suficiente para acudir al médico y hacerse un análisis de sangre. Pero hay que tener en cuenta que estos signos aparecen tan gradualmente que pueden transcurrir años sin que la diabetes sea diagnosticada. De hecho, la mayor parte de los casos se detectan en personas que no presenta síntomas.

Dado que es una enfermedad silenciosa, diagnosticarla de forma precoz es la mejor herramienta para hacerle frente. En los análisis de las revisiones laborales anuales o en cualquier analítica de control normal siempre se incluye la determinación del nivel de glucosa. Como norma general, una persona sana debe hacerse un análisis de sangre cada tres años para controlar su salud, no solo por descartar la existencia o no de diabetes. El control debe ser anual si tiene familiares con la enfermedad, sufre obesidad, es sedentaria, tiene hipertensión o durante el embarazo presentó diabetes gestacional.