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El polvo rojo que se cuela en las cisternas

Cuando Ramol Caal, de 52 años saca el agua de la cisterna en la que almacena la que bebe su familia, extrae un barro viscoso, casi negro, que ensucia

Ramol Caal, de 52 años, pasa la mano por el tejado de su casa y muestra una espesa capa de polvo marrón que, dice, llega de la mina. Cuando saca el agua de la cisterna en la que almacena la que bebe su familia, extrae un barro viscoso, casi negro, que ensucia. “Son los posos que deja el níquel en los tinacos”, explica. Caal es el secretario del Ayuntamiento de Pueblo Nuevo, una comunidad a seis kilómetros de la mina donde viven 600 indígenas de origen Q’eqchi, asustados ante la presencia en el agua, en los cultivos, y en los tejados del extraño polvo rojo sobre el que lo desconocen todo.

“Se mueve en nubes, llega a lo alto de la montaña y se queda en el nacimiento de los ríos que llegan a nuestras casas y que usamos para beber”, dice mirando las dos chimeneas de la mina que se ven al fondo. A medida que él y el alcalde, Fidel Xol co, de 57 años, muestran los efectos, los vecinos— campesinos sin tierra que viven de la milpa y de la leña— llegan con sus hijos de la mano para mostrar infecciones que no pueden explicar, dermatitis extrañas o irritaciones en piel y ojos que atribuyen a la mina.

Las mismas denuncias se repiten en las comunidades de El Gozén y Las Nubes, donde además exigen que Solway frene su avance antes de dejarlos aislados entre las montañas y los bocados a la tierra de la mina. Al menos dos familias de estas comunidades se han sumado a las últimas caravanas de migrantes centroamericanos que intentaban llegar a Estados Unidos, recuerda Xol co. Descendiendo por la montaña se llega hasta el embarcadero de El Estor. Juan, un veterano pescador que recoge las redes junto a un amigo, reconoce que la pesca cada vez es menor y es más difícil sacar peces grandes. Para Juan la razón tiene que ver con la mina y con los propios pescadores, que cada vez utilizan redes más pequeñas y ni siquiera respetan las épocas de veda, esquilmando el lago de Izabal. Su amigo, reconoce que la mina ha dejado cosas buenas y que hace una década “no había ni siquiera carretera para llegar a El Estor y ahora hay acceso, hay ocho bancos y todo el mundo tienen su moto”.

El Ministerio de Energía y Minas (cuyo titular cambiará tras las elecciones del domingo) es de la misma opinión y anunció que seguiría otorgando concesiones mineras en Izabal gracias a las grandes reservas existentes que harían de Guatemala uno de los cinco mayores productores del mundo, anunció.

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