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El tío Jesús dona 80.000 euros para la guardería del pueblo

Un vecino de Piornal (Cáceres) cede sus ahorros y rebautiza el centro infantil como Jesús y Sabina, en memoria de su esposa fallecida

Jesús Vicente Díaz, en la nueva guardería de Piornal.
Jesús Vicente Díaz, en la nueva guardería de Piornal.

¿Qué tal está usted? “Bastante regular”. Jesús Vicente Díaz quiere decir que está pero que muy bien, pero lo expresa en castúo, esa suerte de dialecto del norte de Extremadura, propio de gentes que hacen honor al nombre de la región. En efecto, a Jesús no le falta de nada, ni siquiera salud, a sus 88 años, y si algo le sobra es dinero: acaba de donar 80.000 euros para la guardería de Piornal. Menuda campaná, que diría Pedro Almodóvar, para un pueblo de 1.530 habitantes, que nunca había visto dádiva semejante. Ni ese pueblo ni los que le rodean, esas cosas allí no se estilan.

 “Me dijeron el señor alcalde y la directora de la residencia que sería bueno para la guardería y bien contento que me he quedado. El dinero no me falta”, dice rumboso por teléfono desde el geriátrico de este pueblo cacereño. El centro de educación infantil se llama ahora Jesús y Sabina. “Lo he hecho por ella”, dice.

El matrimonio no pudo tener hijos, aunque bien que les hubiera gustado. Por eso, muerta la mujer hace unos tres años, los ahorros han rebautizado una guardería que antes se dedicó a Gloria Fuertes. Pensando en Sabina, Jesús llora al otro lado del teléfono: “Era muy noble y de muy buen pensamiento. Nunca discutíamos”. Más sereno, dirá luego: “Yo le contaba todo lo que pasaba y ella me lo aceptaba. Un día me dijo que si me iba por ahí... y tenía alguna amiga... y aquella quedaba embarazada pues que le ofreciera bien de perras y nos traíamos al niño, pero no salió la cosa”. En fin, un vientre de alquiler avant la lettre. Después pensaron en la adopción, pero la mala experiencia de un amigo les hizo desistir: “Se me quitó la moral”.

Sin herederos, la vida del matrimonio fue el trabajo sin descanso. Amasar dinero sin más destino que unos chatos en el bar y alguna cuchipanda de tarde en tarde. “Yo los chatos me los sigo tomando, hasta hace dos años hacía vino de pitarra y lo mezclaba con un poquino de cocacola y me preparaba mi calimocho, cada día. Ahora le compro el vino al compadre. El campo ya lo he dejado”, dice.

Piornal es el pueblo más alto de Extremadura, unos 1.200 metros sobre el nivel del mar donde blanquean copiosas nevadas cada invierno —“alguna vez nos ha tocado salir por el balcón porque por la puerta no se podía”—. Allí se crían “cerezos, castaños, olivos”. Pero Jesús se dedicó también a la madera. Manipuló una máquina y ganó tanto en eficacia que los tablones salían “lisos como una plancha”. “Así que los carpinteros me los compraban a mí, no tenían que ir a la fábrica. Tuve muchos clientes, hice bien de dinero, más que con el campo, mucho más, dónde va a parar”.

Bien le viene ahora a la guardería la generosidad de Jesús. “Claro que tengo sobrinos, pero no les molesta, yo no les dejo a deber nada”, prosigue con las formas castúas del valle.

El alcalde en funciones, el socialista Ernesto Agudíez, cuenta que la guardería antigua ya no cumplía los requisitos. “Muchas escaleras, una salida peligrosa en plena curva de la carretera. Ahora la hemos puesto al lado de la escuela y con muy buenas vistas”. “La donación servirá para pagar facturas, porque de la obra se ha encargado por completo el Ayuntamiento”, señala Agudíez.

La guardería linda con la residencia de ancianos donde come y duerme Jesús. “Yo hablo mucho con los niños, ya me conocen y me dan besos, me llaman tío”. Cada mañana, cuando despierta y se asea, se ajusta la boina y se va a su casa, ahora sola, por si también necesita un aseado. “Si hay que barrer alguna cosina, se barre y ya está”, dice resuelto con el deje bailón propio de los piornalegos.

A mediodía volverá a la residencia. “Las comidas de Sabina eran mejores. Cinco kilos menos peso desde que estoy aquí, pero me viene bien quitarme carnes, porque soy diabético y eso me ayuda a vivir”. Pues no se hable más. Jesús se despide encantado. Le espera un largo día: tiene varias citas con los periodistas. Esas donaciones no se ven todos los días en el mundo rural.

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