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Pontevedra, la ciudad que logró vencer a los coches

Con el tráfico permitido solo en un 25% de la urbe, vecinos y comerciantes han pasado de protestar a pedir más restricciones

Praza da Ferrería, en el casco histórico de Pontevedra.
Praza da Ferrería, en el casco histórico de Pontevedra.

Hace 20 años una ciudad de la esquina noroeste de la Península comenzó a moverse en dirección contraria al resto del planeta. Pontevedra, una urbe gallega de 82.000 habitantes invadida entonces como todas por los coches, el ruido, los humos y la doble fila, impulsó un plan para peatonalizar y limitar el acceso sobre ruedas al centro histórico y al Ensanche, recibido con uñas y dientes por buena parte de los residentes y comerciantes. Hoy, con el tráfico rodado solo permitido en una cuarta parte de la localidad, los vecinos han pasado de las protestas a pedirle al Ayuntamiento que amplíe las restricciones.

Los pontevedreses han descubierto que es posible escapar de la jungla del asfalto. Los 80.000 vehículos que tomaban a diario el centro urbano a finales de los noventa se han reducido a 7.000 y 1,3 millones de metros cuadrados de calles han sido devueltas a los peatones. El gobierno de Miguel Anxo Fernández Lores, el alcalde del Bloque Nacionalista Galego (BNG) que puso en marcha el proyecto en 1999 y que sigue en el cargo, defiende que las peatonalizaciones sin más no funcionan y que deben ir acompañadas de un plan integral para organizar la circulación en toda la urbe. “Aquí primamos solo el tráfico necesario: el acceso a los garajes, la carga y descarga, el transporte público y los servicios individuales de vehículos particulares”, explica el regidor.

Para desembarazarse del bucle de coches que dan vueltas a la espera de que se obre el milagro de hallar aparcamiento, en el centro no se permite aparcar en superficie ni siquiera pagando (no hay ORA). Lo único que se reserva son unas plazas gratuitas para gestiones rápidas en las que solo se puede permanecer 15 minutos. En los accesos, las direcciones pastorean el tráfico hacia las circunvalaciones e impiden que los vehículos que entran por el norte atraviesen el centro para salir por el sur. Y para templar las ansias de correr de los conductores, toda Pontevedra es zona 30, los semáforos se sustituyen por rotondas, los pasos de peatones son elevados y los carriles, más estrechos.

“Somos la única urbe del mundo en la que los peatones cruzan los pasos de cebra sin mirar porque los vehículos siempre paran”, suele repetir Verísimo Pazos, vicepresidente de la Federación de Asociacións Veciñais Castelao. Los habitantes de Pontevedra se han dado cuenta de que en una ciudad como la suya la distancia más corta suele ser la que se hace caminando. Manejan un mapa bautizado como Metrominuto que, con un formato similar al que usan ciertas urbes para el metro, informa sobre el tiempo que se tarda yendo a pie de un punto a otro. Según datos del Ayuntamiento, las piernas son el medio de transporte elegido por el 90% de los vecinos para hacer la compra y el 80% de los niños para ir a clase.

Desde el gobierno local subrayan que con todas estas medidas el tráfico ha ganado en fluidez y el centro urbano, al contrario que en otras ciudades, crece en población y actividad económica. Miguel Lago es comerciante y vecino del centro y fue uno de los que recibió con escepticismo las restricciones al tráfico hace 20 años. Reside en la calle Benito Corbal, que es “como la Gran Vía en Madrid”, y hoy se considera un “privilegiado”. “Los clientes van a los establecimientos [comerciales] andando, solo van en coche al McAuto”, afirma el también presidente de la organización que agrupa a los comerciantes de la zona monumental. “Un comercio se valora por la cantidad de gente que pasa por delante del negocio a pie. Para nosotros es un problema el comercio electrónico, no la peatonalización”.

El Ayuntamiento calcula que las emisiones de CO2 se han rebajado en Pontevedra un 67%, que equivale a 500 kilos por habitante y año. Según el informe La calidad del aire en el Estado español durante 2016 de Ecologistas en Acción, la ciudad mantiene las medias anuales de todos los parámetros (PM10, PM2,5, dióxido de nitrógeno, ozono troposférico y dióxido de azufre) por debajo de los máximos fijados por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Y los vecinos llevan una vida más saludable. “Favorecemos que la gente camine como mínimo entre 7.000 y 10.000 pasos como recomienda la OMS”, presume el alcalde, médico de profesión.

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