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Los zombis llegan al pueblo

Dos mil jugadores disfrazados de muertos vivientes y guerrilleros toman un pueblo de Guadalajara

Participantes del juego de Survival Zombies celebrado en un pueblo de Guadalajara. Ampliar foto
Participantes del juego de Survival Zombies celebrado en un pueblo de Guadalajara.

La situación era muy comprometida. Dos de la mañana. Juanjo llevaba 10 minutos encerrado en la guardería rodeada por tres zombis mientras buscaba la vacuna. Treinta personas fuera intentaban atraer a los muertos vivientes a gritos, como a vaquillas. Dani no pudo resistir más y telefoneó a Juanjo:

 —No responde.

Héctor y Miguel se mordieron los labios ante la noticia. Hasta que vieron una sombra entre los árboles: Juanjo había saltado la valla de la guardería con la pista fundamental entre las manos.

Para Héctor Gracia (33 años, publicista) todo había empezado a las 18.00, cuando aparcó junto al Ayuntamiento de Cabanillas del Campo, un pacífico pueblo de Guadalajara con 10.000 habitantes. Un amigo aficionado a buscar experiencias exóticas por Internet le había hablado de la Survival Zombie, una partida de rol en vivo en la que 1.500 jugadores deben sobrevivir toda la noche los efectos de una ficticia infección que convierte a los hombres en monstruos. Por curiosidad se inscribió, se dirigió al polideportivo local y recogió su entrada (60 euros). Allí, entre algún despistado con disfraz de Gandalf, descubrió que la mayoría de jugadores se tomaban el asunto muy en serio, con radiotransmisores, víveres y ropas de camuflaje. En los tenderetes que vendían equipos de supervivencia encontró objetos tan útiles como una coquina para que las mujeres orinaran de pie. “No te juegues la vida por sentarte”, rezaba su publicidad en inglés.

La Survival Zombie no paga a los consistorios, pero genera ganancias en hostelería

Una niña disfrazada de muerto viviente para el juego.
Una niña disfrazada de muerto viviente para el juego.

Cabanillas cedió la mayor parte de sus edificios públicos para escenarios de las pruebas (colegios, biblioteca y hasta el Ayuntamiento viejo), 12 de sus 14 bares abrieron hasta el alba y, antes de que todo arrancara a las 23.00, centenares de vecinos se agolpaban en la plaza central esperando a los actores que representaban a militares, médicos e infectados por el virus.

La Survival es una mezcla de yincana, teatro callejero y pasaje del terror en la que, a la cincuentena de actores que ofician de zombis se les van uniendo los jugadores que quedan eliminados cuando los toca un muerto viviente, por lo que el número de enemigos crece minuto a minuto. Formatos similares se han popularizado en Estados Unidos, Reino Unido o Francia, que reúnen un total de 100.000 jugadores, según las federaciones existentes. El juego se mueve por Internet entre aficionados al rol, y en eventos especializados.

Un joven disfrazado de muerte viviente.
Un joven disfrazado de muerte viviente.

Para reproducir la confusión de una catástrofe, la organización apenas ofrece pistas de las pruebas que los concursantes deben pasar para encontrarse entre los 24 supervivientes que serán evacuados de Cabanillas al amanecer en un camión militar destino al aeródromo de Cuatro Vientos para embarcar en un vuelo hacia tierras no infectadas. El trazado del pueblo, rodeado de urbanizaciones, ya hacía aventurar a los jugadores expertos que sería más duro que en las cuatro ediciones anteriores, celebradas en municipios más pequeños.

Tras fingir que mataba a la infectada hija del sepulturero en el cementerio para obtener una pista, Héctor comprendió que sin más ayuda que el mapa que distribuía la organización no llegaría muy lejos. Por eso y porque le cayeron bien, pronto se asoció a Dani, Miguel y Juanjo, tres veinteañeros del sur de Madrid que participaron en la primera edición, en Mondéjar (Guadalajara) en 2013. Con sus linternas, ellos lo guiaron por unas acequias embarradas que habían descubierto explorando el pueblo ese mediodía, cuando llegaron a Cabanillas para reconocer el terreno. Al salir de una de ellas les paró el primer coche de cabanilleros preocupados: “¿Por qué hay tanta gente con lámparas buscando: ha desaparecido alguien?”. Fue el primer contacto con locales, por lo general con notable espíritu de chanza cuando los detenían para preguntarles direcciones.

Estela Iturregui, concejal de fiestas, explica que fue el Ayuntamiento (PP) quien contactó con la organización cuando se enteró de que el evento existía: “Este es un pueblo dormitorio en el que no hay mucho movimiento los fines de semana, y algo así, gratis, es una oportunidad, aunque nos daba un poco de vértigo”. Más allá del entretenimiento para sus habitantes, también existen unos modestos beneficios económicos.

La Survival (con tres citas más en Archena, Olías del Rey y Sestao este año) no paga a los consistorios, pero genera ganancias en hostelería. “Los bares estaban encantados, tanto con la caja como con el ambiente. Una experiencia bárbara”, cuenta entusiasta Iturregui. Diego de la Concepción, organizador a través de la empresa World Real Games, asegura que, a pesar de su dimensión, un evento como este no le da para vivir ni a él, único empleado fijo de su sociedad: “Se mueve dinero, pero montarlo cuesta seis meses, están los seguros, contratar personal... Por eso llevo muchos eventos más”. Su empresa comenzó con juegos de paintball, pero encontró el mercado copado. “Y quería hacer algo original, como un libro o una película”, cuenta.

A las 5.00 cesa la lluvia que ha caído toda la noche. La situación ha pasado a ser muy, muy comprometida. Héctor, Dani y Miguel esperan frente al estadio de fútbol jadeando tras un esprín. Tras saltar tapias, esquivar trampas y caminar alrededor de veinte kilómetros durante seis horas, han reunido cinco pistas de las nueve que necesitan para pasar al siguiente nivel, pero ven complicado internarse en el centro y encarar a las grandes hordas de zombis. Cierto clima de irritación se expande por el cansancio entre algunos grupos de rivales. Hace unos segundos acaban de escapar de una emboscada de zombis corredores que los han sorprendido dentro del campo de fútbol. El resto de supervivientes que toman oxígeno en un aparcamiento cercano hablan de una masacre. Juanjo, el más lanzado, no ha salido aún. Se temen lo peor. Entonces Dani mira el horizonte, aún a la espera del Sol, y suspira:

—Como no aparezca pronto, me voy a dormir al coche.