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Camas plegables y comida insuficiente, el desafío de la acogida en Canarias

Las islas recibieron en 2019 más de 12 millones de turistas, pero se han visto desbordadas con la llegada de 3.000 inmigrantes

Dos jóvenes compran en un bar de Las Palmas. En vídeo, el viaje del bebé que nació y murió en una patera.

Un grupo de jóvenes migrantes llegados a las islas Canarias el día de Nochebuena pidió ayuda la semana pasada en un par de hojas de cuaderno. Se las entregaron a una mujer que les lleva ropa y comida de vez en cuando con la esperanza de que alguien las leyese. Aislados en un albergue de Moya, un pueblo en la montaña a casi 30 kilómetros de Las Palmas, escribieron que pasan hambre y frío, reclamaciones comunes en otros centros de las islas. “El jefe no nos trata bien, nos amenaza con llevarnos a la policía”; “nos apagan el wifi para impedir que nos comuniquemos con nuestros parientes”; “la comida que nos dan no es suficiente”; “nos cortan el agua… ¿Se imagina 48 personas dentro de una casa sin agua?”, detallan en su carta. Canarias recibió en 2019 más de 12 millones de turistas internacionales, pero se ha visto desbordada con la llegada de 3.000 inmigrantes.

Las autoridades españolas sabían desde el verano de 2018 que la ruta hacia el archipiélago se reactivaría porque la presión policial en el norte de Marruecos empujaría los flujos hacia el Atlántico, pero más de una decena de entrevistas a migrantes alojados en cuatro centros de Gran Canaria revelan la improvisación y las carencias del sistema nacional de acogida. Los problemas en las islas son más evidentes porque el Ministerio del Interior no autoriza a los migrantes a salir de ellas y dependen mucho más del sistema que en la Península, donde hay más recursos y cuentan con redes familiares.

“Pedimos dinero en la calle para comprar comida porque nos quedamos con hambre y la ropa de abrigo y los zapatos nos los han dado los chicos con los que jugamos al fútbol”, relata Omar, un joven gambiano que desembarcó en Tenerife en noviembre tras nueve días en un cayuco. “Yo no necesito que me mantengan, tengo familia en Madrid que puede hacerse cargo de mí, pero no nos dejan salir de las islas”, reclama su amigo Ibrahim, que viajó en la misma barca. Tras pasar por un centro de internamiento de extranjeros, los dos comparten habitación en un centro de Las Palmas con otras cuatro personas.

Algunos de los recién llegados no tienen más calzado que unas chanclas; en La Casa del Marino, un edificio del Instituto Social de la Marina, parte de los acogidos duermen aún en camas de camping plegables; la comida no se sirve en platos sino en tuppers de aluminio; las raciones, denuncian, son insuficientes y, en algunos casos, usan las sábanas para secarse tras salir de la ducha porque no tienen toallas.

Con el repunte de las llegadas, la Secretaría de Estado de Migraciones amplió en solo tres meses las plazas de acogida en las islas de 70 a casi 1.000, pero no cubren las necesidades de todos los que han llegado. La nueva secretaria de Estado de Migraciones, Hana Jalloul, está estudiando la situación actual, para “tomar las decisiones pertinentes para evitar cualquier tipo de carencia en las personas asistidas", asegura una portavoz.

Ante las limitaciones de la Administración, actúan los vecinos. “Era la primera vez que veíamos africanos por esta zona”, explica Alberto Suárez, que regenta desde hace 27 años un bar en Moya, donde el único autobús que lleva a Las Palmas pasa cada dos horas. Su local es también una tienda de comestibles y los migrantes compran ahí cacahuetes, galletas y cuchillas de afeitar. Si no les llega el dinero, Suárez les completa el resto.También se fue al banco a cambiarles los pocos dirhams que traían de Marruecos. Suárez, de 49 años, no habla francés, pero el guineano Alseny Sylla, le está enseñando. Lo apunta todo en una cartulina blanca, en la que se lee: “Yo quiero agua / Je veux de l'eau”. Y en sus estanterías hay ahora esponjas. “Un día los vi cogiendo una red de un árbol y les pregunté para qué la querían y es que no tenían con qué lavarse”.

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