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ELECCIONES GENERALES ANÁLISIS i

Ciudadanos, un rosario de errores históricos

La dimisión de Rivera era la única salida coherente al naufragio de la formación

Albert Rivera comparece el domingo tras los peores resultados de Ciudadanos en sus 13 años de historia. En vídeo, la dimisión de Rivera, este lunes.

¿Qué le ha pasado a una formación que llegó a liderar las encuestas hace solo año y medio y que ahora puede ser considerada una especie en extinción? El resultado electoral de este 10-N ha confirmado los peores presagios que han perseguido a Ciudadanos durante esta larga campaña electoral iniciada, en realidad, al día siguiente de las elecciones de abril. La dimisión de Albert Rivera era este lunes el único camino coherente de aquel que fundó y llevó a Ciudadanos a sus cotas más altas y ahora lo ha sumido en una crisis existencial.

Ese centro político comprometido contra la corrupción, que parecía encarnar el partido de Albert Rivera, traicionó sus propios principios en junio del pasado año al apoyar en la moción de censura a Mariano Rajoy, derribado por una sentencia del caso Gürtel. Sin embargo, gran parte del electorado pudo interpretar que Ciudadanos consolidaba con ese movimiento su vocación de bisagra capaz de negociar con Pedro Sánchez un programa electoral y, solo año y medio después, sostener a Rajoy en favor de la gobernabilidad y la estabilidad política.

Pactó poco después Ciudadanos con el PP en Andalucía y aceptó el apoyo de Vox, lo que constituyó una inquietante señal de alarma. La estrategia, sin embargo, todavía pudo convencer a los que creían en la necesidad de acabar con la hegemonía y el clientelismo de los socialistas en esa comunidad. De hecho, solo cinco meses más tarde, en las generales de abril, Rivera cosechaba más de cuatro millones de votos y alcanzaba los 57 escaños en el Congreso, su mejor resultado electoral a escala nacional.

Convertido en la clave de la gobernabilidad, a partir de ahí, sin embargo, Ciudadanos inició su descenso hasta la irrelevancia en la que ha quedado sumido este domingo. Alejándose del centro, la derechización quedó plenamente demostrada poco después de las generales en Madrid y Murcia. En estos casos, la formación de Rivera no aplicó el mismo correctivo de aliarse con otros para buscar la sana alternancia que terminara con la hegemonía de una derecha enfangada en la corrupción. Confirmó, de paso, su alianza con la ultraderecha. Se desvanecía así el espejismo de una formación llamada a regenerar la vida política.

El antinacionalismo sin complejos de Ciudadanos le ha reportado un éxito importante, especialmente significativo en Cataluña, donde todavía es la primera fuerza política a escala autonómica. Sin embargo, también en este terreno ha perdido todo su crédito. Rivera y sus fieles no solo han atacado a “la banda de Sánchez” con la misma virulencia con la que atacaban a Carles Puigdemont y Quim Torra, sino que rehusaron apoyar la formación de un Gobierno constitucionalista que habría permitido al socialismo gobernar sin los temidos independentistas. Mantener la estridencia y el tono gamberro que impuso en la anterior campaña electoral ha constituido otra equivocación en este rosario de errores históricos de Albert Rivera y sus fieles.

Ciudadanos fue acusado al principio de indefinición. Una vez exhibidos sus auténticos contornos, importantes dirigentes han desertado de la formación. Pero Rivera, fundador y alma del partido, no les escuchó y cuando lo hizo, ya en tiempo de descuento, ofreciendo un pacto de gobernabilidad ya era demasiado tarde. Las urnas le han dado finalmente la espalda. La decepción es palpable y el estrepitoso fracaso de Rivera ni siquiera es original. Abandonado incluso por fundadores del partido, repudiado por el ex primer ministro Manuel Valls, distanciado de su gran modelo europeo, Emmanuel Macron, Rivera, como Rosa Díez en UPyD, ha sido víctima primero de su ambigüedad y, después, de su errático cesarismo remando hacia la ultraderecha. Ambos optaron por la muerte de la criatura que ellos mismos engendraron.

La dimisión de Albert Rivera era el único gesto consecuente que cabía esperar. El alto nivel de deserciones (de Toni Roldán a Javiert Nart, entre otros) demuestra que el líder no contaba con el apoyo de todos sus dirigentes. Las urnas le han demostrado a Ciudadanos que la radicalización era un viaje a ninguna parte; que la derecha y la ultraderecha no necesitaban de su concurrencia. Los más fieles a Rivera deberían tomar el mismo camino. Deben dejar paso a otros políticos más comprometidos con los ideales liberales de los que tan irresponsable y engañosamente se apropiaron.


Este análisis se publicó la noche electoral y se ha actualizado a la mañana siguiente tras la dimisión de Rivera.

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