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La España vacía huye del victimismo

La lucha contra la despoblación cumple 20 años en Aragón con un discurso más positivo y decenas de iniciativas para revitalizar los pueblos ante la inacción política

El empresario de Castelserás Ricardo Lop.
El empresario de Castelserás Ricardo Lop.

España, 2019: año electoral. Y entonces descubrieron que había pueblos. Y se subieron a un tractor, pisaron barro y acariciaron un ternero. Los políticos incluyeron en sus programas epígrafes con el título de un libro muy famoso y muy vendido: La España Vacía, de Sergio del Molino. Y se lanzaron a una especie de subasta de ideas para ver quién bajaba más los impuestos en el campo, quién extendía más la banda ancha y quién hacía más por las mujeres del mundo rural. Una estrategia hecha a bulto que ha molestado a más de uno en Aragón, kilómetro cero de la despoblación.

Ricardo Lop se tapa las orejas con las manos. “Cuando oigo hablar de la España vacía en la televisión mi mente desconecta, no me creo nada”. Este hombre de 54 años envió este mes desde Castelserás, a casi dos horas en coche desde Teruel y a más de cinco de Madrid, 60 abrecartas de El Cid a Japón. Otro día metió por correo una pistola detonadora en Ulan Bator y más de una vez ha enviado cuchillos a Groenlandia. “Estoy a un clic de Nueva York o Samarcanda, como todos”, dice desde la sede de su empresa, una nave de hormigón con telarañas en el techo y sin letrero en la puerta.

A Lop le picó el gusanillo de internet en un curso de correo electrónico al que asistió en 1998 y creó Aceros de Hispania, pionera en la venta de cuchillos online. No hizo ningún estudio de mercado. Solo le pidió al profesor del curso que le creara una web y le enseñara a subir fotos. En los años buenos de antes de la crisis llegó a tener 10 empleados y se ha hecho un experto en logística y posicionamiento en internet “sin pagar ni un euro”.

La España vacía huye del victimismo

No es una iniciativa aislada. Castelserás (830 vecinos) ha sido bautizado por la prensa como el Silicon Valley español. Varios vecinos han establecido allí sus negocios de comercio electrónico, desde la hostelería hasta los juegos de mesa o los suministros informáticos. El actual alcalde, Javier García, de 42 años, se trasladó desde Barcelona al pueblo de los veranos de su niñez en plena crisis para empezar de nuevo y montar su empresa de márketing. Sede en Castelserás, cero clientes entre sus vecinos y a un clic de Madrid y Barcelona.

Una historia de éxito en uno de los principales focos de la despoblación de España. Aragón es una comunidad con 1,3 millones de habitantes, pero una densidad de población de 28 personas por kilómetro cuadrado (en España es de 92 y en la ciudad de Madrid de 5.400). Teruel, la provincia más despoblada de las tres, ha pasado en un siglo de 266.000 habitantes a 135.000. Mucho antes de que los políticos descubrieran el tema —-movidos por la importancia de los pocos escaños que reparte la España vacía, claves ante el fin del bipartidismo—, los habitantes de los pueblos aragoneses ya habían alertado del éxodo de población hacia las ciudades. La aparición hace 20 años de la plataforma Teruel Existe sirvió para colar el tema en la agenda pública y colocar la provincia en el mapa. Sin embargo, pasadas dos décadas, hay muchos que apuestan por abandonar el discurso victimista de entonces por uno más positivo.

Un nuevo mantra que ha movido a cientos de personas en los últimos años y que aboga por pasar del grito lastimero de los pueblos se mueren al mensaje orgulloso de qué bien se vive en mi pueblo. “Ha habido un cambio de mentalidad, de gente cualificada, con compromiso e ideas, que ha vuelto al mundo rural y trata de presentarlo como un lugar atractivo”, explica Luis Antonio Sáez, director de la cátedra Despoblación y Creatividad.

“Nos ha faltado mucho márketing”, apunta Silvia Benedí, geógrafa de 39 años, que hace tres decidió establecerse en Burbáguena (249 habitantes). “Yo no puedo animar a la gente a que venga a vivir a mi pueblo si le digo que se va a pique. Que faltan cosas ya lo sabemos, pero se puede vivir muy bien y los servicios que faltan se suplen con socialización y apoyo entre los vecinos”, añade esta madre reciente que paga 110 euros al mes por una escuela infantil en un municipio a 10 kilómetros del suyo y Hacienda le devuelve 86 euros mensuales. “¿En qué ciudad tienes guardería casi gratis?”, se pregunta.

En Aragón solo hay una gran ciudad, Zaragoza, con 667.000 habitantes, que además no cuenta con área metropolitana. Le siguen Huesca con 52.460 y Teruel con 35.700 personas. En la mitad del territorio viven el 11% de los aragoneses, según un informe de El Justicia de Aragón (el defensor del pueblo), lo que genera enormes desigualdades territoriales y pone al borde de la desaparición a numerosos municipios. Las infraestructuras son una de las principales demandas. El año pasado se hizo viral un vídeo. Un drone grabó una carrera entre un tren a su paso por Teruel y un tractor con carga. Ganó el segundo.

Aeropuerto de Teruel

Teruel tiene un tren que hace tramos a 30 kilómetros por hora, pero puede presumir de uno de los aeropuertos que mejor funciona de España sin necesidad de pasajeros. Decenas de aviones Airbus o Boeing de aerolíneas mexicanas o emiratíes trasladan al visitante que se acerca por carretera una imagen de cierta irrealidad. En medio de un mar de campos, en los que literalmente no hay nada, se levanta el mayor aparcamiento para aviones de Europa, dedicado al estacionamiento, reciclaje o mantenimiento de las aeronaves. Construido en pleno boom económico, como su hermano de Huesca —con apenas 1.500 pasajeros en 2018—, el aeródromo de Teruel ha crecido imparable desde su apertura en 2013 y cerró 2018 con unas 5.000 operaciones.

El sector industrial es, tras el de los servicios, el motor de la economía aragonesa. La mayor planta logística de Europa y la planta de Opel, ambas en los alrededores de Zaragoza, dibujan una comunidad con un centro próspero y unos extremos más empobrecidos en los que, salvo el Pirineo aragonés con el empuje del turismo, vive una población eminentemente rural.

“Si preguntas en Madrid qué es un agricultor te dirá que un señor mayor que toma carajillos y vive de las ayudas europeas. ¡Para nada, agricultor soy yo!”. El que habla es Marcos Garcés, 32 años y licenciado en Sociología y a punto de acabar Ciencias Políticas a distancia. Se presenta como agricultor y ganadero y junto a otros cuatro socios lleva una cooperativa de 300 hectáreas y 12.000 cerdos en Bañón (153 personas), el pueblo en el que nació.

Su historia se aleja tanto del estereotipo como la de Adrián Solana, uno de los 11 nuevos habitantes que han ayudado a Artieda (86 censados, Zaragoza) a salir del coma poblacional. Este periodista que acaba de cumplir 28 años nació y creció en Artieda, estudió periodismo en Barcelona, participó en proyectos en el norte de África y Oriente Medio y trabajó dos años en Chile. Estaba en Sudamérica cuando oyó hablar del proyecto Empenta Artieda, creado por sus vecinos, y decidió cambiar de vida. Ahora es dueño del portal web Cima Norte, especializado en el Pirineo, y dice que es feliz.

“Lo fundamental en térmicos de calidad de vida es el sentir que en mi pueblo pasan cosas”, explica el catedrático Sáez. Y en Artieda ahora pasan cosas. Hay liguillas de fútbol, coworking, un plan municipal de alquiler, club de montaña y cenas de jóvenes todos los jueves. Iniciativas valiosas que siguen a la espera de que llegue el empujón político.

Gobernada en los últimos cuatro años por el socialista Javier Lambán, parece que el barón del PSOE ganará el próximo domingo las elecciones autonómicas aunque se verá obligado a llegar a acuerdos, según las encuestas. Nada nuevo en la política aragonesa, en la que nunca un partido ha gobernado con mayoría absoluta y que se vanagloria de su capacidad de llegar a acuerdos. Además de por ser conocido como el Ohio español por lo extrapolable de sus resultados electorales al resto de España, Aragón ha tenido en sus dos partidos nacionalistas la clave de sus sucesivos gobiernos. Chunta Aragonesista (CHA), de izquierdas, y el Partido Aragonés (PAR), de centroderecha, han sido los responsables de decantar la balanza hacia el PP o el PSOE.

Con la cuarta mejor calidad de vida de España por detrás de Navarra, País Vasco y Madrid y con una renta per cápita de 27.403 euros, un 9,6% más que la media nacional, gracias al carro del que tira la Gran Zaragoza, la despoblación sobresale al final sobre cualquier otro problema. Un problema viejo al que —a la espera de que la política le entre más allá de en campaña electoral— se le buscan nuevas recetas al estilo que cantaba uno de los aragoneses más queridos, el también político José Antonio Labordeta: “Hace tiempo que nos dicen que ya todo se andará, pero lo único que camina es la gente que se va. Une tu mano conmigo y verás cómo nos empezarán a escuchar”.

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