Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

“Buscamos políticos que mejoren nuestra vida esclava y no nos tomen el pelo”

Las rederas trabajan a destajo castigando su cuerpo pero la Seguridad Social les niega la jubilación anticipada que se les prometió

Rederas de Malpica en plena faena en una de las naves del puerto.
Rederas de Malpica en plena faena en una de las naves del puerto.

Cuando se trabaja hasta nueve horas diarias durante seis días a la semana baqueteando el cuerpo, sin festivos ni vacaciones pagadas, arañando menos del salario mínimo y cargando con la intendencia doméstica y el cuidado de niños y mayores, la política se observa con una mueca de mosqueo. Las más de 600 rederas españolas (solo 90 son hombres) acaban de enterarse además, justo en precampaña, de que el Ministerio de Trabajo les niega el derecho a adelantar su jubilación por la falta de "elevados incrementos en las tasas de mortalidad". “El que firma la resolución de la Seguridad Social alega que en nuestro trabajo no te mueres. No, claro, solo nos quita años y calidad de vida. Es un argumento insultante”, protesta un grupo de estas trabajadoras desde una de las naves del puerto de Malpica de Bergantiños (A Coruña).

El varapalo les llega después de más de una década de papeleo y promesas de Gobiernos de distinto color político. Son las únicas trabajadoras del sector pesquero que no disfrutan del coeficiente reductor, el nombre técnico de esa jubilación anticipada de la que sí se benefician los secretarios de las cofradías pese a estar en oficinas, los rejoneadores o los policías, aunque solo recojan denuncias en una ventanilla, explican. Les dijeron que ellas también lo conseguirían si se asociaban y profesionalizaban, pero no ha sido así.

“Buscamos políticos que mejoren esta vida esclava que llevamos y no nos tomen el pelo. Rajoy nos entregó hace tres años la Medalla al Mérito del Trabajo. Fue un reconocimiento que nos dio visibilidad, pero la medalla no se come. Nos utilizaron entonces porque les quedaba bonito, pero a la hora de darnos un beneficio real en nuestras condiciones de vida, ¿dónde están?”, se pregunta Verónica Veres, presidenta de la Federación Gallega de Rederas Artesanas, para celebración de sus compañeras.

Rosario Blanco, que arregla kilométricas redes de cerco desde los 14 años y ahora tiene 57, siente ya cómo sus manos empiezan a deformarse. Son más de cuatro décadas de posturas forzadas, manejando pesadas mallas mojadas y realizando durante horas movimientos repetitivos. Tania Trigo, de 37, tiene los dedos invadidos de hongos “por la humedad y porquería” que acumulan los aparejos. Las rederas no pueden usar guantes por la precisión con la que deben manejar la aguja. Las maestras de este gremio vital para el sector pesquero -“si nosotras paramos, los barcos no van al mar”- sufren tendinitis, lesiones en el codo y en el túnel carpiano, vértigos, cefaleas, alergias e infecciones oculares.

Detalle del trabajo de una redera.
Detalle del trabajo de una redera.

María Jesús Otero lleva ocho años envuelta en aparejos y ya ha tenido que parar porque su espalda está machacada a contracturas. Le han concedido una baja por enfermedad común, no laboral, lo que le supone cobrar menos. "A veces [la enfermedad laboral] viene rechazada aunque sea obvio, pero no nos compensa pleitear porque supone un gasto", explica ella sobre la burocracia a la que tienen que enfrentarse continuamente. "Al final ganan ellos siempre, aunque no tengan razón", lamenta Ángeles Millé.

El 75% de las rederas que arreglan los aparejos en España lo hacen en la extensa costa gallega y de forma itinerante. Solo cuatro de ellas tienen menos de 40 años. Pese a ser un referente para el resto, sus condiciones de trabajo dejan mucho que desear. Y no solo porque cobran entre dos y seis euros la hora. En buena parte de los puertos no disponen siquiera de baños y entran en los bares cuando ya no pueden más. Si tampoco hay locales hosteleros en los que orinar de prestado, echan mano de su inseparable sombrilla para preservar su intimidad, un artilugio que usan también para protegerse del sol y del viento. “En África trabajan igual que nosotras; de hecho, si comparas una foto de una redera de hace un siglo y una de hoy en día la única diferencia es el color. En cambio, nuestras compañeras vascas tienen naves con calefacción”, resalta Veres.

Por este oficio duro y mal pagado se opta cuando una carga en solitario con las tareas domésticas y necesita llevar algo de dinero a casa. No hay patrón que controle los horarios. Los barcos marcan un plazo de entrega y las rederas se organizan. Si la niña o el abuelo tienen cita con el médico, se cumple con la faena de madrugada. Las que arreglan palangre y malle lo pueden hacer en sus domicilios. “Pero aun es más esclavo y no rindes tanto, estás a la vez atendiendo la casa”, advierte Millé, que cuida de sus suegros octogenarios.

Las que trabajan de puerto en puerto pasan juntas más horas que con su propia familia. Mientras remiendan las redes tiradas en el suelo les da tiempo a todo. Reír, callar, discutir, reconciliarse. En su oficina reina la espontaneidad, así que intentan no hablar mucho de política para no encenderse más de la cuenta. Las hay “acérrimas” de un partido, descreídas, con la ideología clara pero sin siglas concretas e incluso alguna integrante de una candidatura municipal. “En estas elecciones haremos con los políticos lo mismo que hacen ellos: el que meta nuestro coeficiente reductor en el programa [electoral] se lleva nuestro voto”, dice Veres. “Yo voy con quien me arregle los problemas, las ideas se me acabaron hace tiempo”, apunta Lolita Otero. “Si es Vox, yo me niego”, irrumpe Blanco. “Van contra las mujeres y no me compensa lo que ganaría por ese lado con lo que me van a sacar por el otro”.

Se adhiere a los criterios de The Trust Project Más información >