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OPINIÓN i

El coche escoba

España lleva un lustro creciendo con rapidez pero no ha hecho los deberes

Nadia Calviño conversa con su homólogo alemán Olaf Scholz (dcha), y con el comisario europeo de Asuntos Económicos, Pierre Moscovic, el pasado día 11 de marzo.
Nadia Calviño conversa con su homólogo alemán Olaf Scholz (dcha), y con el comisario europeo de Asuntos Económicos, Pierre Moscovic, el pasado día 11 de marzo. EFE

La economía suele ser el coche escoba de la política. Hasta que llega una buena crisis y entonces todo son lamentos: la última vez que eso sucedió el entonces presidente, Mariano Rajoy, se vio obligado a pronunciar las palabras mágicas en sede parlamentaria, “no podemos gobernar”, por el ataque a la deuda española en los mercados combinado con la durísima austeridad impuesta por la UE.

No es fácil gestionar una economía como la española, con una mano atada a la espalda. Por arriba, buena parte de la política fiscal está en manos de Bruselas, y toda la política monetaria en poder de Draghi. Por abajo, tenemos un Estado descentralizado con múltiples niveles de decisión. A un lado, los mercados siguen vigilantes —España es siempre candidato al contagio—; al otro, a los políticos no parece preocuparles el estado de ánimo que es la economía, a pesar de las incertidumbres globales: el proteccionismo de EE UU, la desaceleración de China o la amenaza de un Brexit caótico, y el hecho de que Italia y su populismo pendenciero estén siempre a una recesión de volver a despertar el apetito de los mercados por una crisis europea.

España lleva un lustro creciendo con rapidez pero no ha hecho los deberes. Y a nadie parece importarle a seis semanas de las elecciones. El déficit español es el más alto de Europa, la deuda pública roza el 100% del PIB y la crisis ha dejado una brecha en forma de desigualdad, a niveles de países como Lituania o Rumania. Las tasas de paro socialmente insoportables requerirían una pensada. Y las pensiones, y el tamaño del Estado del bienestar (y por lo tanto el nivel de impuestos), y las amenazas y oportunidades relacionadas con la cuarta revolución industrial.

La política española pasa de puntillas por todos esos asuntos. Incluso dejando de lado el lamentable estado de las cuentas públicas, nadie habla de ese cajón de sastre que son las reformas (salvo los más conservadores, que usan esa palabra como sinónimo para recortes, y no es eso). Entre otras cosas porque harían falta grandes consensos, eliminar barreras entre los bloques políticos, para activar esas medidas. Y entre los bloques políticos a día de hoy solo hay ruido y un murmullo de látigos: no parece probable que sea posible abordar con tiento la mayor crisis institucional en cuatro décadas de democracia, el desafío independentista; mucho menos aún los retos económicos de la próxima generación.

Quizá venga una tercera recesión, y entonces todo serán prisas. Pero puede que las cartas que vienen sean mejores: ha habido una desaceleración global que ha afectado poco o nada a España, en parte por la laxitud fiscal de los últimos Gobiernos de Rajoy y Sánchez, y las cosas pueden incluso mejorar a pesar de los catastrofistas. Pero aún en ese escenario habría que aprovechar los bajísimos tipos de interés y hacer las inversiones adecuadas para mejorar las perspectivas de futuro, o ponerse a ahorrar por si acaso.

Los keynesianos optarán por la inversión; los conservadores, por el ahorro. Ese es el debate clave de la política económica en tiempos de estancamiento secular, a ambos lados del Atlántico. Busquen ese tipo de discusiones por aquí: haría falta un concilio de psicoterapeutas para saber qué demonios quieren los políticos españoles, salvo que alguien se tome en serio que pueden bajarse todos y cada uno de los impuestos, como sugiere algún partido con la imprudencia temeraria de la servilleta de Laffer.

 

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