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Un púgil en el juicio del ‘procés’

El abogado Javier Melero plantea una estrategia golpe a golpe para defender al exconsejero de Interior Forn

El letrado Javier Melero interroga a Soraya Sáenz de Santamaría durante el juicio del 'procés'. EFE

Soraya Sáenz de Santamaría estaba ganando el combate sin despeinarse. A ratos estuvo cerca del nocaut. Segura, convencida, firme —las manos entrelazadas de alumna perfecta, la sonrisa entre burlona y maliciosa—, la exvicepresidenta esquivaba todos los golpes. Hasta que apareció él. Javier Melero (Barcelona, 1958), abogado y boxeador aficionado, la fue arrinconando en el ring del Tribunal Supremo; buscó sus puntos débiles y, por primera vez, le hizo dudar, titubear, eludir las preguntas. A punto estuvo Melero de tumbarla en la lona —se le escapó por poco— cuando la calificó de “testigo renuente” sin que Manuel Marchena, el árbitro, protestara.

Los interrogatorios de Melero, especialmente a Sáenz de Santamaría y al exministro del Interior Juan Ignacio Zoido, fueron una sucesión de golpes rápidos, derecha izquierda, crochets y uppercuts que dejaron a los políticos renqueantes, agarrados a las cuerdas. Con una técnica depurada, fiel a lo jurídico y alejada de tentaciones políticas, el abogado del exconsejero de Interior Joaquim Forn ha arrancado silencios, contradicciones y explicaciones poco coherentes a los testigos del juicio del procés.

No busca ganar por KO Melero, sino a los puntos. Su pelea la plantea desde el golpe a golpe. Trata de establecer pequeñas verdades, busca defender el dispositivo de los Mossos y la inoperancia del Estado ante el 1-O, todo para salvar a su cliente, Forn, que afronta una petición de 16 años de cárcel de la Fiscalía. Lo hace desde la premisa de que, pese a lo que está en juego, es un combate más. “Es un juicio técnico que versa sobre política. No sé lo que es una defensa política”, explica desde su despacho en Barcelona, pese a que en el Supremo luce la toga del Colegio de Abogados de Madrid.

La habilidad interrogando (“¿Cuáles son sus fuentes de conocimiento?”, pregunta a menudo) no la ha adquirido en el ring, que le aporta otras cosas: una válvula de escape del trabajo y una actividad física “perfecta para el equilibrio y los reflejos”. Los libros y las películas le llevaron al cuadrilátero. Le cautivaron la lectura de On boxing, de Joyce Carol Oats, y la mitología —tan bien explotada por el cine, de Rocky a Million Dollar Baby— de gimnasios polvorientos y vidas fracasadas. Como hacen también los defensores del rugby, Melero aprecia del boxeo la “fraternidad” entre los contendientes (lo que pasa en el ring se queda en el ring). Pelea en un gimnasio de Barcelona —a menudo contra otros abogados— y acude a veladas en el club de boxeo de Sant Adrià.

Pero Melero sabe que, a veces, no se trata de golpear, sino de usar el guante de seda. Ese el que reserva para Marchena, al que siempre reconoce como “señor presidente”. Melero se ha ganado cierto respeto del presidente del tribunal, que no es un trato de favor sino una especie de autorreconocimiento, la sensación de que juegan al mismo juego y con las mismas reglas. A otros abogados del procés, Marchena les da cuartelillo (supuestamente) alabando su depurada técnica o remarcando lo interesantes que son sus preguntas. A Melero, sencillamente, le deja hacer y apenas le interrumpe.

Se ha esforzado Melero —hijo de un mecánico y de un ama de casa; casado y con dos hijos— por labrase ese perfil técnico, independiente: un verso libre. A diferencia del resto de abogados, no regresa el fin de semana a casa en AVE, sino en avión. Ni siquiera es independentista y, de hecho, participó en las reuniones fundacionales de un grupo de intelectuales que desembocarían en la creación de Ciudadanos. No le impidió esa temprana militancia defender al expresident Artur Mas en la causa del 9-N porque había sido el penalista de cabecera de Convergència, sobre todo por delitos económicos o de corrupción. Defensor de empresarios (Javier de la Rosa), de mafiosos rusos y de Oriol Pujol, ha acabado patrocinando a Forn en el procés tras la renuncia de otra toga de oro barcelonesa, Cristóbal Martell. “De aquellos polvos”, dice en alusión al 9-N, “vienen estos lodos; ya se mascaba la tragedia”. Sobre el juicio del procés, asegura Melero que se ha hecho una “selección arbitraria” de los hechos. Y trata de explotar la contradicción de que la rebelión, la “máxima crisis del Estado”, no llevó al Gobierno a adoptar medidas drásticas ni a plantearse, por ejemplo, el uso de la fuerza militar. “Se puede dar la batalla”, dice. Y en eso está.

 

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