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Caso Marta, 10 años condenados a la mentira y a la ley del silencio

Una década después del crimen, Miguel Carcaño, el asesino confeso de la joven sevillana, no ha revelado qué ocurrió con el cuerpo. El resto de detenidos tampoco aportó información

Miguel Carcaño, asesino confeso de Marta del Castillo, en marzo de 2014. En vídeo, declaraciones de la madre de Marta en el décimo aniversario de su muerte. EFE

—Miguel, por favor, cuenta de una vez dónde está Marta, que su familia pueda descansar...

En los últimos 10 años, Miguel Carcaño ha oído esta petición, formulada así o de forma muy parecida, una, dos, tres, cuatro veces… muchas más. Y de su boca, cuando ha querido hablar, solo han salido medias verdades y mentiras, una, dos, tres, cuatro… muchas más. A estas solicitudes tan directas de su abogada, del juez, del fiscal… él ha solido responder con el silencio, encogiéndose de hombros, como quien oye llover. Con una frialdad inusual en quien ya ha confesado ser el autor de una muerte violenta.

Una década después del crimen de Marta del Castillo lo que parece ser la única certeza es que la joven sevillana de 17 años fue asesinada por Carcaño, que entonces tenía 19 y que había tenido un noviazgo esporádico con la chica. Las sentencias que se han dictado sobre el caso, en algunos extremos contradictorias, han dejado dudas que mortifican a quienes vivieron de cerca la investigación, que descartó la violencia machista. ¿Por qué lo hizo? ¿Qué pasó realmente esa noche del 24 de enero de 2009 en la casa de la calle sevillana de León XIII en la que vivía Carcaño con su hermano Francisco Javier? ¿Tuvo cómplices? ¿Cuántos y qué saben? Y por encima de todo, la gran pregunta: ¿Dónde está Marta?

La familia de la joven está convencida de que las cinco personas que fueron detenidas por el crimen en 2009 saben qué pasó con el cuerpo, pero que el muro de silencio que se impusieron ha evitado cualquier fuga. Y luego están las mentiras de Carcaño, que sabe qué pasó pero que ha ido soltando pistas falsas estos años como miguitas de pan que solo han conducido a callejones sin salida. En este tiempo, ha traído de cabeza a la policía, a la justicia y, principalmente, a la familia de la joven.

En la casi decena de ocasiones que compareció en el juzgado que investigó el crimen, Carcaño, condenado a 21 años de prisión, ha dicho una cosa y la contraria: que el crimen lo cometió solo, que lo hizo junto con el menor conocido como El Cuco y, finalmente, que su hermano fue quien en realidad asesinó a la chica. Ha declarado que la mató con un cenicero macizo y meses después que la asfixió con un cable. Aseguró que no la violó y luego que sí. Ha afirmado que se deshizo del cadáver arrojándolo a la dársena del Guadalquivir, luego que lo tiró a un contenedor de basura y en otra fase que lo enterró en la finca Majaloba, en el municipio de La Rinconada, a unos 15 kilómetros de Sevilla capital.

En estos años, el operativo de búsqueda ha rastreado el río en busca del cuerpo, buceó durante semanas entre toneladas de basura en un vertedero de Alcalá de Guadaíra al que supuestamente llegó el contenedor y las excavadoras han abierto una zanja tras otra en la finca. Todo, en vano porque la verdad de lo que ocurrió sigue escondida tras una montaña rocosa de mentiras. Y de silencio. “A estas alturas solo queda apelar a la conciencia de los que saben qué pasó para que lo digan de una vez por todas”, afirma José María Calero, fiscal en excedencia y el letrado que representó a la familia de Marta del Castillo en los primeros años de la instrucción.

Una partida de ajedrez

Entre los que saben qué pasó con Marta, el juez instructor incluyó al hermano de Carcaño, Francisco Javier Delgado, a la novia de este, María García, y a un amigo de la víctima, Samuel Benítez, que fueron juzgados por cooperar en la desaparición de la chica pero que finalmente fueron absueltos al no hallarse pruebas de su participación en el crimen. Ellos, a diferencia de Carcaño, están fuera de foco y su mutismo es total. La quinta persona que podría arrojar algo de luz es Javier García, El Cuco, que cuando ocurrieron los hechos tenía 15 años y que fue condenado a tres años de internamiento como encubridor del asesinato por un juez de menores en un juicio paralelo al de los adultos. Al igual que los demás, no ha dicho ni una sola palabra sobre el fatal destino de Marta.

La obsesión por la búsqueda de la joven la comparten todos los que de una u otra manera participaron en la investigación del caso. De hecho, el juez instructor, Francisco de Asís Molina, dejó abierta una pieza por si surgen nuevos indicios sobre la desaparición de la chica. Este juez es probablemente una de las personas que mejor captó la personalidad de Carcaño, un joven menudo que en sus declaraciones judiciales aparentaba indolencia y se mostraba frío e inexpresivo. Tras varios interrogatorios, según una fuente presente en las declaraciones, el magistrado comprobó cómo Carcaño movía la cabeza de un lado a otro cada vez que fabulaba. El juez esperaba a que terminase su relato, como si nada, y luego volvía una vez tras otra a preguntar y repreguntar sobre los instantes en los que el asesino confeso hacía el movimiento pendular. “Era como una partida de ajedrez”, asegura esta fuente.

El caso, finalmente, se sustentó en la confesión del crimen de Carcaño y casi todo lo demás han sido y siguen siendo suposiciones. Tal fue el desconcierto que la Audiencia de Sevilla, en la sentencia condenatoria, dejó escrito: “Con tal material probatorio hemos de esclarecer lo realmente ocurrido, en lo que lo único cierto es la desaparición de Marta del Castillo”. 10 años después, el caso Marta sigue envuelto en un manto de silencios y mentiras imposibles de traspasar.

De Carcaño a El Chicle, de Marta a Diana

Suelen decir los expertos que la primera declaración que se presta en comisaría es la versión buena, que ahí los detenidos se derrumban y cuentan la verdad. Luego, cuando se afronta el proceso judicial, empiezan los matices, las estrategias de defensa. Pero en el caso de Marta del Castillo hay serias dudas de que la primera versión, en la que Carcaño dijo que tiró el cuerpo a la dársena del Guadalquivir, sea la correcta. Entre el día del crimen, el 24 de enero de 2009, y la fecha de las detenciones pasaron tres semanas, tiempo suficiente para que los implicados, que tenían los teléfonos pinchados, concertaran sus testimonios, que cuatro de ellos mantuvieron firmes mientras que el quinto, Carcaño, fue cambiando con el paso del tiempo. Esta es una sospecha que ha estado presente a lo largo de estos años y a ella se sigue agarrando la familia de la chica para intentar desentrañar definitivamente qué ocurrió hace una década.

La resistencia de Carcaño, de 19 años cuando cometió el crimen y sin antecedentes penales, contrasta con otro caso que causó una gran conmoción, el de Diana Quer. José Enrique Abuín, El Chicle, de 41 años y con antecedentes por sus vínculos con el narcotráfico, fue detenido en los días finales de 2017, 16 meses después de la desaparición de la joven madrileña tras una complejísima investigación. Los agentes de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil tardaron pocas horas en conseguir la confesión de Abuín y, sobre todo, el lugar en el que había escondido el cuerpo de Diana Quer. Inicialmente, El Chicle aseguró que lanzó a la joven al mar, pero los agentes le cogieron en varias contradicciones que hacían imposible esta versión. Finalmente, Abuín confesó que introdujo a Quer en su coche para violarla y la estranguló con sus manos. Poco después, relató que la trasladó a una nave industrial y la arrojó a un pozo. Cuando los agentes llegaron al lugar señalado, ahí estaba Diana Quer. Esta confesión sí era verdad.

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