Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

La trampa mortal de las ‘bolsas bomba’ a la puerta de casa

Pocos kilómetros separaban a las dos familias golpeadas por el doble suceso, que dejó dos heridos y dos muertos a las afueras de Vigo. Tras 16 años y, a día de hoy, aún se desconoce quién colocó los artefactos

La verja del chalé de la familia Lemos donde el asesino dejó colgada la bolsa bomba que mató a Vicente y a su esposa, Rosa.
La verja del chalé de la familia Lemos donde el asesino dejó colgada la bolsa bomba que mató a Vicente y a su esposa, Rosa.

Un directivo de Pescanova y su esposa murieron destrozados en Redondela (Pontevedra) por una bomba oculta en una bolsa colgada en la verja de su chalé. Dos horas antes, un empleado de banca y su hijo estuvieron a punto de morir igual. Ocurrió hace 16 años, el 5 de noviembre de 2002. Los artefactos fueron fabricados por el mismo sicario, según las tesis policiales. Sin embargo, el autor de los hechos todavía se desconoce. Mientras, dos familias siguen esperando justicia. Este es un reportaje, publicado en EL PAÍS el 12 de agosto de 2007, sobre el doble suceso:

Vicente Lemos y su esposa Rosa murieron sin saber por qué. Les mató una bomba, oculta en una bolsa de basura colgada en la verja de su chalé de Redondela (Pontevedra). Unas dos horas antes, Luis Ferreira, apoderado de un banco, y su hijo Óscar sufrieron heridas muy graves por un artefacto idéntico. Los primeros no conocían a los segundos, ni éstos a los primeros, pero la policía no duda de que la mano criminal fue la misma. Ocurrió el 5 de noviembre de 2002 en el extrarradio de Vigo (Pontevedra).

Ninguna de las víctimas era objetivo de ETA u otra banda terrorista. Aparentemente, nada vinculaba a unas víctimas con otras. ¿Quién y por qué cometió semejante atrocidad? La policía cree que fue un crimen por encargo, pero casi cinco años después no ha logrado poner nombre ni cara a sus sospechas. Los artefactos fueron fabricados por el mismo sicario. Ambos eran exactamente iguales y en su armazón de madera figuraba una misma palabra garabateada a bolígrafo y en letras mayúsculas: ALMI. ¿Esconde eso algún tipo de clave del asesino a sueldo? Nadie lo sabe. Mientras, dos familias se desesperan esperando justicia.

7.30. Luis Ferreira Pérez, entonces de 43 años, apoderado de la oficina de Citibank en Vigo, sale de su chalé de la parroquia de O Carballal con su hijo Óscar, de 12 años. "Al abrir el portal, mi hijo vio una bolsa colgada de una especie de gancho de carnicero. Pesaba mucho. Creí que era algo que había dejado mi suegro. Cogí la bolsa y la metí en el garaje", recuerda. Y después... ¡buuuumm! Un zambombazo, un ruido ensordecedor, el olor a pólvora, los gritos, el dolor, el miedo, la sangre. Y la esposa de Ferreira, enfermera, sacando fuerzas de flaqueza, corre hacia su marido y su hijo. Vendas y esparadrapo para taponar las heridas por las que se les iba la vida. ¡Auxilio! ¡Ayúdenme! ¡Una ambulancia!

El pequeño Óscar sufrió traumatismo abdominal y facial, según el alambicado lenguaje médico. Ha perdido para siempre la visión en un ojo. Su padre sufre el zarpazo de la metralla en las piernas y tendrá que afrontar un rosario de operaciones para restaurar los daños. Y eso que el artefacto sólo estalló parcialmente.

Los dos petardos eran idénticos y en ellos había escrita una extraña palabra: ALMI

Ferreira, directivo de una oficina bancaria, entrenador de fútbol profesional desde hace 20 años, se resiste a hablar. Tiene ganas de olvidarse del "tema". Y llamar "el tema" al oscuro intento de asesinato que sufrieron él y su niño ya es una forma de sepultar el pasado en la memoria. "Nosotros no habíamos tenido amenazas. No conocía al matrimonio fallecido. El caso es inexplicable, pero la investigación policial ha sido penosa. Nunca tuve esperanzas de que se aclarase el asunto... ¡y ahora menos aún!"

"La única explicación que yo veo para esto es que fuera un juego de rol. Que nos tocara a nosotros y a la otra familia porque alguien hizo una extraña combinación formada a partir de los números de nuestras respectivas viviendas", sostiene Ferreira. En su día, el día que él y su hijo Óscar estuvieron a punto de morir reventados por una bomba, todo el mundo se volcó con ellos (el alcalde de Vigo, el delegado del Gobierno, el director general de la Policía, el conselleiro de Política Territorial...). Todos prometieron apoyo y ayuda. Pero el caso cayó en el olvido... y los Ferreira han tenido que costearse las secuelas del intento de asesinato sufrido.

Los investigadores tienen sospechas sobre un empresario, pero carecen de pruebas contra él

Peor fue lo de Vicente Lemos Haya, de 51 años, jefe de Producción de la empresa Pescanova, y su esposa, Rosa Gil Blanco, de 53, ama de casa. Ambos murieron reventados por la bolsa bomba subrepticiamente colgada en la verja que rodeaba su chalé de la parroquia de Vilar de Infesta, en Redondela, a cuatro kilómetros de la casa de Ferreira.

10.00. Ese día, Vicente tenía que haber salido de su casa tempranísimo. Solía estar a las seis de la mañana en su oficina de Pescanova, en el barrio de Chapela. Pero ese día se retrasó porque a última hora cambió su turno de trabajo. "Vio una bolsa de plástico colgada en la verja y pensó que era algo que le había dejado un vecino que no le quería molestar", explica su hermano Ramón, conmocionado al revivir sus recuerdos. Y nada más mover la maldita bolsa, ésta estalló y... ¡buuuumm! Arrancó de cuajo la vida a Vicente y a Rosa.

Como es usual, la policía empezó por rebobinar la vida de los muertos en busca de una explicación para lo inexplicable. Lo habitual en cualquier homicidio.

Habla Ramón Lemos: "Mi hermano Vicente era un hombre muy trabajador. A los 14 años empezó a trabajar en una gestoría. Después estudió contabilidad. Más tarde, maestría industrial durante las noches. Luego empezó ingeniería técnica y, antes de acabar esta carrera, empezó a trabajar en Porcelanas Álvarez. A continuación se fue a la empresa Granitos Ibéricos y acabó en la pesquera Pescanova".

El director de la Policía vaticinó que el crimen se resolvería pronto porque había "muchas pistas"

"Mi cuñada Rosa era ama de casa. Bordaba muy bien. Era una de las mejores bordadoras de Vigo. Ella, mi hermano y su hijo Vicente, que hoy tiene ya 26 años, formaban una familia normal y corriente", agrega Ramón.

Unos años antes de ser asesinado, Vicente Lemos decidió construir un chalé para él, para su esposa, Rosa, y para su hijo Vicente en un terreno que le cedieron sus suegros en Redondela. Toda la familia colaboró con los ahorros de unos cuantos años. Así que Vicente tuvo que pluriemplearse y, aparte de lo de Pescanova, se dedicó a hacer declaraciones de la renta para obtener unos pocos euros más.

Gracias a ese esfuerzo, los Lemos tenían una buena casa y podrían mandar a su hijo Vicente a estudiar a la Universidad de Santiago de Compostela. ¿Qué más podían pedir? Sin embargo, un paquete mortífero fabricado por una mano anónima hizo saltar por los aires todos sus sueños. Fue un 5 de noviembre de 2002. Hace ya más de cuatro años. El entonces director general de la Policía, Agustín Díaz de Mera, declaró que había "muchas pistas" y vaticinó que "la solución del caso va a ser muy pronto porque la investigación es muy sólida y profesional". Pero se equivocó: el crimen sigue impune.

La Brigada Judicial de la comisaría de Vigo basó sus pesquisas en las bombas (la que mató a los Lemos y la que malhirió a Ferreira y a su hijo y que no llegó a estallar en su totalidad). Los artefactos eran como dos gotas de agua: un tubo de unos 30 centímetros relleno de pólvora prensada, metralla, cientos de fulminantes de cartuchos de caza, dos pilas baratas y una ampolla de mercurio que activaba el mecanismo al menor movimiento. En una especie de carcasa de madera, rubricada con la misteriosa palabra ALMI, había recortes de periódicos gallegos y octavillas publicitarias de los talleres automovilísticos Feu Vert.

Vicente Lemos Haya, de 51 años, directivo de Pescanova, y su esposa, Rosa Gil Blanco, de 53, en una fotografía familiar.
Vicente Lemos Haya, de 51 años, directivo de Pescanova, y su esposa, Rosa Gil Blanco, de 53, en una fotografía familiar.

Los policías encargados del caso determinaron que el tubo usado para hacer las bombas podía ser parte del paragolpes de un vehículo todoterreno. Buscaron una pista rastreando la pólvora y los fulminantes de cartuchería. Descubrieron que la ampolla de mercurio es similar a la que forma parte de un mecanismo de los automóviles Chrysler. Patearon las tiendas de todo a cien intentando saber si el sicario compró en alguna de ellas las cuatro pilas empleadas en los artefactos. Escudriñaron los recortes de prensa pegados a las bombas en busca de una clave oculta. Hicieron mil cábalas tratando de descubrir si ALMI -la palabra garabateada a bolígrafo- significaba algo, si era un nombre o un apodo, si era la marca de un grupo desconocido...

Varios vecinos de las víctimas hablaron de que habían visto merodeando por la zona a un tipo de unos 35 años, desaliñado, que llevaba una bolsa de deporte. Otros dijeron que, horas antes de la explosión, habían oído ladrar a los perros al tiempo que un coche —alguien llegó a precisar que era de color blanco— arrancaba con un chirrido de neumáticos. Algunos más especularon con que el asesinato era la venganza de unos traficantes de droga supuestamente descubiertos con las manos en la masa por Vicente Lemos. Rumores. Rumores sin fundamento.

No obstante, apenas una semana después fueron detenidos Francisco Manuel R., de 31 años, supuesto camello de drogas, y otros dos individuos conocidos de la policía por su mala reputación. Estos últimos quedaron libres a las pocas horas, mientras que el primero estuvo preso seis meses (hasta que la juez de Redondela consideró que unos tubos hallados en su poder, similares a los utilizados para las bombas, no eran prueba suficiente para mantener la gravísima acusación que pesaba sobre él). Y su abogado acusó a la policía de haber actuado con "precipitación".

Al menos hay una cosa buena: la policía halló en las bombas las huellas dactilares del sicario que las fabricó. Por ahora son unas "huellas anónimas", ya que los investigadores desconocen a quién pertenecen. Corresponden a alguien que está limpio, que no está fichado porque jamás ha sido arrestado. Algún día -¿por qué no?- la policía podría detener a un sospechoso y, al cotejar sus huellas con las almacenadas en la base de datos, podría descubrir —¡bingo!— que se trata del hombre que armó los artefactos que mataron a los Lemos e hirieron a Luis Ferreira y a su hijo Óscar.

"Hemos trabajado mucho este asunto y todavía lo seguimos haciendo. No nos damos nunca por vencidos", afirma un mando policial. Los investigadores, por el momento, sólo barajan una hipótesis y un sospechoso: un empresario que pudiera haber tenido algún tipo de relación con las víctimas y que fuera quien contrató al asesino. Lo difícil es probarlo. Porque ¿qué pretendía ese sujeto encargando esas muertes?, ¿qué tenía contra el fallecido Lemos y contra Ferreira?, ¿cuál es el nexo de unión entre el directivo de Pescanova y el apoderado de un banco? Demasiados interrogantes sin respuesta.

Ramón Lemos tiene aspecto de hombre maltratado por la vida. Y, casi musitando, desgrana una letanía: "La muerte de mi hermano Vicente y mi cuñada nos destrozó a todos. Claro, tenemos que tirar para delante, pero... Tenemos encima una cadena perpetua. Malvives con ese recuerdo... y encima sin tener ninguna explicación, sin saber quién hizo esa canallada ni por qué". Ramón dice estar harto del "abandono total" de las autoridades, que cuatro años atrás prometían tantas cosas. Tan hastiado está de todo que ni siquiera ha querido saber más de la Asociación de Víctimas de Delitos Violentos, a la que se afilió con la esperanza de hallar consuelo y apoyo. Pero no renuncia a su derecho a que se haga justicia y a tener algún día, frente a frente, al asesino de su hermano y de su cuñada para preguntarle: "¿Por qué?"