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La radicalización del conservador europeo

El desencanto con la UE favore la consolidación o nacimiento de partidos que ejercen una notable influencia en la derecha de Hungría, Polonia, Italia, Francia, Alemania o Austria

La canciller alemana, Merkel, en el Bundestag pasa por delante de los líderes del AfD, Alice Weidel y Alexander Gauland, con quienes ha mantenido un duro pulso.  AFP

Tradicionalmente, ocupar el centro político ha sido garantía de éxito electoral en España. El giro a la derecha de Pablo Casado sería, según ese principio, un suicidio político, salvo… Salvo que el instinto político del nuevo líder de la derecha española sea el acertado y considere que la derechización que vive el continente europeo también está llegando a este país como un contagio inevitable.

La gran recesión y la crisis migratoria han favorecido el éxito de la ultraderecha. El más sintomático es el caso alemán, con la entrada de Alternativa por Alemania (AfD) en el Bundestag, lo que ha significado el regreso de la ultraderecha al Parlamento por primera vez desde el final de la II Guerra Mundial. Ahora, la AfD amenaza la hegemonía de los democristianos bávaros en las elecciones regionales del próximo otoño.

El Frente Nacional (rebautizado como Reagrupamiento Nacional, RN), ganador en Francia de las elecciones europeas de 2014, entró en la fase final de las presidenciales francesas por segunda vez en su historia el pasado año y La Liga italiana, aliada con el Movimiento 5 Estrellas, ha tomado el poder en Italia.

El giro europeo a la derecha más dura se inició en los países del Este, con Polonia a la cabeza, que recuperó en 2015 el Gobierno de Ley y Justicia (PiS), el partido de Jaroslaw Kaczynski, seguida de Hungría, donde Viktor Orbán sigue los mismos pasos hacia una nueva democracia iliberal.

El desencanto europeo está favoreciendo la consolidación o el nacimiento de partidos nacionalistas, xenófobos y eurófobos que están ejerciendo, además, una notable influencia en las formaciones conservadoras que antaño coqueteaban con el centro político. Hoy, al contrario, han radicalizado su retórica para intentar recuperar esos votos que se les escapan por la derecha. Ha ocurrido en Alemania, donde el ministro del Interior, Horst Seehofer, líder democristiano bávaro, ha desafiado a la canciller, Angela Merkel, por la crisis migratoria y ha conseguido, finalmente, que se establezca un férreo control fronterizo en el sur del país.

En Francia, Marine Le Pen lleva años intentando despojar al RN de su mala fama en una estrategia bautizada como “desdiabolización”. Los electorados europeos y las formaciones conservadoras están en el mismo proceso por la vía de los votos y de los hechos. El Partido Popular Europeo mantiene entre sus filas a la Unión Cívica Húngara (Fidesz) de Orbán, a pesar de su deriva autoritaria.

El campo parece abonado para aceptar los postulados de una ultraderecha que defiende sus principios sin complejos. Hace 20 años, la Unión Europea sufrió una grave crisis por culpa de Austria. El Gobierno conservador se planteó coaligarse con el ultraderechista Partido de la Libertad (FPÖ) de Jörg Haider y ello motivó, por primera vez en su historia, sanciones diplomáticas contra un país miembro.

Hoy, tras las elecciones del pasado año, el nuevo y joven canciller Sebastian Kurz gobierna en Austria con ese mismo partido y nadie en Europa se ha escandalizado por ello.