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Progresista sin látigo ideológico

La nueva fiscal general del Estado tiene fama de respetar las decisiones de sus subordinados

María José Segarra, en su toma de posesión el pasado día 4.

Hasta hace dos semanas y durante 14 años, María José Segarra ha sido la fiscal jefe de Sevilla, pero también la primera en llegar a la Audiencia Provincial cada mañana a las 7.30. Cuando en 2009 tomó declaración a los sospechosos del caso Mercasevilla (el origen de la investigación de los ERE de Andalucía), su abogado pidió amparo para ahorrarse el paseíllo de las cámaras de televisión y Segarra lo vio claro: “No hay problema, traiga a sus clientes a las 7.30 que aquí estaré esperándoles”.

La fama de trabajadora de la nueva fiscal general del Estado viene de lejos. Ya en las prácticas de la escuela judicial, recién aprobada la oposición, pedía a sus compañeros veinteañeros, más noctámbulos que ella, que se citaran temprano. “¿A las 10? ¡No, antes!”, reclamaba. Esa dedicación tiene mucho que ver con el respeto general que la nueva jefa de los fiscales tiene entre los miembros de la carrera, pero quienes la han tratado en sus 30 años de profesión destacan por encima de todo su rigor, una capacidad innata para explicarse y convencer y una vocación de independencia que le elogian hasta los que se autodefinen en sus antípodas ideológicas.

“Es muy progresista, a la izquierda de la izquierda, más del entorno del PC que del PSOE, pero radicalmente neutral en su tarea fiscal”, afirma un compañero. Otro, que se refiere a sí mismo como el fiscal más conservador (“el más facha”, asegura) de la Audiencia de Sevilla admite que Segarra “jamás se ha dejado llevar por lo político”. “Nunca ha sido sectaria”.

La nueva fiscal general nació en Madrid hace 55 años, pero nunca hasta ahora ha ejercido en la capital. Su primer destino fue Barcelona, donde fue pupila del ex fiscal anticorrupción Carlos Jiménez Villarejo, entonces jefe de esa Audiencia Provincial. Colegas que la conocieron en aquellos años recuerdan que ya llamaban la atención sus intervenciones solventes, pese a su juventud, en juntas con más de 200 fiscales. “Era una profesional muy seria, rigurosa”, cuenta Cristina Dexeus, actual presidenta de la Asociación de Fiscales, de carácter conservador y la mayoritaria en la carrera, que compartió con ella su primer destino.

Poco sensible ante las presiones

La llegada de María José Segarra a la Fiscalía General del Estado ha levantado expectativas por el cambio que pueda suponer respecto a la actuación en el conflicto catalán. Los que la conocen no se atreven a aventurar si mantendrá la línea dura de sus antecesores (José Manuel Maza y Julián Sánchez Melgar), pero alguno no descarta “un golpe de timón”. “Es normal que quiera hacerlo, pero no va a haber un cambio radical, no puede haberlo”, dice un compañero.

Los fiscales consultados coinciden en que Segarra, poco amiga de aparecer en los medios de comunicación pero partidaria de informar con transparencia, no se dejará influir por presiones políticas. En Sevilla le tocó coordinar investigaciones contra el Gobierno andaluz, como los ERE y los cursos de formación, junto a la Fiscalía Anticorrupción. “Siempre ha sido muy respetuosa. Dependíamos orgánicamente de ella pero funcionalmente de Salinas [Antonio Salinas, ex fiscal jefe de Anticorrupción] y nunca se metió. Comentábamos, pero no daba órdenes”, comenta un fiscal Anticorrupción de la capital andaluza.

Segarra, en 1998 protegiendo a la niña de Benamaurel en Sevilla.
Segarra, en 1998 protegiendo a la niña de Benamaurel en Sevilla.

En la capital catalana Segarra empezó a ejercer por primera vez como fiscal encargada de la protección de menores, una tarea con la que continuaría en Sevilla, donde su independencia de criterio le generó discrepancias con el que entonces era su jefe, el fiscal Alfredo Flores. “Decir que es indómita es demasiado. Pero es muy fiel a sus principios, que pueden chocar con otros principios que deben ser igualmente respetados”, desliza Flores recordando aquella época. “Estaba muy comprometida con la protección de los menores, con los problemas humanos que se plantean, incluso más que con los detalles procesales”, apunta el actual coordinador de la Fiscalía de Menores de la capital andaluza, Daniel Valpuesta.

Una de las obsesiones que la nueva fiscal general desarrolló en su trabajo con los niños y que no abandonó en los 14 años que estuvo al frente de la fiscalía sevillana fue salvaguardar la intimidad de los menores implicados en casos mediáticos. Su imagen protegiendo hace 20 años a la llamada niña de Benamaurel (una menor a la que un juez obligaba a volver con los padres adoptivos que la habían maltratado) fue portada de muchos medios. Ese mismo celo lo exhibió años más tarde, ya como jefa en la capital andaluza, denunciando el acoso de algunos medios de comunicación a una niña de 10 años que había dado a luz en Jerez o demandando a una televisión por exhibir a cara descubierta en un debate a dos menores relacionadas con los imputados en el crimen de Marta del Castillo a las que se sonsacaron detalles íntimos de su vida privada.

Segarra llegó a la jefatura de Sevilla en 2004, con 41 años, lo que la convirtió en uno de los fiscales jefe más jóvenes de España y en una de las primeras mujeres en llegar a ese cargo. Se hizo rápido con las riendas gracias a un don que los que han trabajado con ella le reconocen para “mandar sin que se note”. “Es un arte que tiene, manda desde atrás”, cuenta un compañero. Evita imponer y prefiere sugerir; pero mandar, manda, coinciden los que han trabajado a sus órdenes. También jueces y abogados reconocen su gestión: “Cuando he tenido un problema siempre ha mediado”, alaba el letrado Simón Fernández.

A esa sensación de ejercer con mano izquierda y desde un perfil bajo contribuyen su discreción y su tono. Siempre cortés, didáctico, suave. “Con mucha personalidad, pero apariencia modosita. Alguno la definió como una ursulina de izquierdas”, recuerda un colega. El fiscal Álvaro García, compañero de Segarra en la Unión Progresista de Fiscales (UPF), coincide en resaltar esta cualidad que considera que va a notarse para bien en su nuevo cargo: “Podemos ser un ejército, con jefes e indios. Pero en la fiscalía también se puede trabajar con decisiones colegiadas, intentando consensos. Y cuando no se consiguen, se impone siempre el criterio del jefe. Así lo ha hecho siempre ella y seguro que lo va a seguir haciendo”.

García era desde marzo pasado compañero de Segarra en el Consejo Fiscal, el órgano asesor de la Fiscalía General del Estado. Juntos hicieron campaña como candidatos de la UPF recorriendo fiscalías de toda España. Les acompañaba también en esa gira la fiscal Dolores Delgado, ahora ministra de Justicia y gran amiga de Segarra. “Por primera vez hay una ministra y una fiscal general que se han recorrido las fiscalías de verdad. Eso es bueno para ellas y para la carrera. No lo volveremos a tener”, advierte García.

Las palabras con las que Segarra se presentaba a sus compañeros en esa campaña describen cuáles eran entonces sus prioridades, ahora convertidas en compromisos que sus colegas esperan que afronte desde el nuevo cargo: el despliegue territorial de las fiscalías (“no siempre acertado”, decía ella), el digital (“con enormes carencias”), las escasas plantillas de las secretarías (“que no pueden realmente asumir el apoyo a los fiscales”) y las mejoras laborales necesarias (por ejemplo, “la compensación económica ante la imposibilidad real de organizar en las fiscalías los días de libranza”).

Desde hace dos semanas, Segarra vive entre Madrid y Sevilla, donde trabaja su marido, José Joaquín Pérez-Beneyto, magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA). Tiene dos hijos en edad universitaria, uno que estudia Derecho en Sevilla y otra que estudia Medicina en Madrid. Los fines de semana el matrimonio se escapa a una casa que compró en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz). “Si tengo que definirla de alguna manera me quedo con que es una mujer normal, una cualidad que se agradece en esta institución y que no siempre han tenido los jefes”, afirma un funcionario de la Fiscalía General del Estado.

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