Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
El final de ETA

La excarcelación de etarras pone a prueba la convivencia en Euskadi

Las víctimas vascas de ETA se sitúan entre la indiferencia y la exigencia de condena del terrorismo a los criminales

Recibimiento de los etarras Ignacio Otaño e Iñaki Igerategi, colaboradores del asesinato de Joseba Pagaza, en Andaoin. Ampliar foto
Recibimiento de los etarras Ignacio Otaño e Iñaki Igerategi, colaboradores del asesinato de Joseba Pagaza, en Andaoin. EL PAÍS

El homenaje de dos centenares de vecinos de Andoain (Gipuzkoa) a dos miembros de ETA de la localidad recién excarcelados, tras cumplir su condena, ha indignado no sólo a las víctimas del terrorismo. También a buena parte de la sociedad vasca lo que ha implicado un amplio rechazo del Parlamento vasco a estas iniciativas. EH Bildu ha llegado a reconocer que entiende la indignación de las víctimas.

Estos homenajes van abocados a la extinción, pero junto a ello existe otra realidad, cada vez más patente: el regreso de etarras excarcelados por cumplimiento de condena a su localidad de origen en Euskadi dónde se encuentran o pueden hacerlo con familiares de las personas a las que asesinaron. ¿Cómo lo viven las víctimas? ¿Cómo reaccionan? ¿La convivencia es posible?. Tres familiares de víctimas se han pronunciado. No hay unanimidad. Unos opinan que pertenecen a una sociedad segregada de la vasca y no existen. Otras distinguen entre quienes admiten el daño injusto causado y los que no. Otras creen que es imprescindible para la convivencia que la izquierda abertzale y ETA reconozcan que el terrorismo no tuvo justificación y generaron una catástrofe humana.

La situación de Ramos. Iván Ramos tenía 13 años cuando un comando de meritorios etarras lanzó cócteles molotov contra la Casa del Pueblo de Portugalete (Bizkaia) y abrasó a tres militantes del PSE, dos de ellos sus padres. Tres días después falleció su madre, Maite Torrano, la tercera víctima socialista asesinada por ETA. Era el 28 de abril de 1987. “Tenía 13 años. No volví a ver a mi madre. El Primero de Mayo se le hizo un gran homenaje en Portugalete. Luego vino el olvido. Así eran aquellos tiempos. Su pérdida me marcó. Yo era el hijo de Maite. Me generó mucho odio y la sed de venganza me afectó hasta mis 30 años”, señala Ivan.

Una década después, uno de los asesinos de Maite Torrano salió de prisión por cumplimiento de condena y regresó a su domicilio, muy próximo al de Iván. Fue juzgado por el anterior Código Penal y era menor de edad cuando atentó. “Le veía y se me erizaba la piel”, señala Ivan. Cuando en marzo de 2002 la edil socialista de Portugalete, Ester Cabezudo, fue atacada por ETA, Ramos se enfrentó con el asesino de su madre por su actitud provocadora. Ivan Ramos tuvo tratamiento psicológico para asumir su situación. “He superado el odio. Hoy para mí es un fantasma”. Ha contribuido a mejorar su situación que el ex etarra haya dejado de provocar. Cree que no es ajena la intervención de un representante de Bildu al que Ramos relató su caso en unas jornadas sobre víctimas del terrorismo hace unos años.

Hoy, su hijo de ocho años juega, en la vecindad, con el hijo del ex etarra. “No le he dicho a mi hijo quien es el padre de su compañero de juegos. Un día le diré que a su abuela le mató una banda de asesinos que quería imponer su proyecto totalitario. Pero no le voy a inculcar odio. No quiero que viva, como nosotros, la sinrazón y el odio que ETA nos trajo”.

Asegura que no se sentará con quienes asesinaron a su madre. “No podría. No quiero su perdón. Me sentaría con quienes han hecho pública la autocrítica de su trayectoria en ETA. Es imprescindible para avanzar en la convivencia que ETA y la izquierda abertzale hagan autocrítica del uso que hicieron del terrorismo para lograr objetivos políticos”. Cree, también, que “las víctimas tenemos que asumir que los etarras saldrán y prepararnos superando el odio y haciendo pedagogía”. Ramos participa en encuentros en las aulas con otras víctimas de ETA, los GAL y de abusos policiales.

El caso de Múgica. José María Múgica fue testigo del asesinato de su padre, Fernando, el seis de febrero de 1996 en San Sebastián: “Salí con mi mujer del despacho antes que él. Oí una detonación. Vi a mi padre tirado en el suelo y a sus asesinos. Tuve el impulso de acercarme y uno me amenazó con su pistola”. El acompañante del asesino salió hace tres años de prisión tras cumplir 20 años de condena y acogerse a la vía Nanclares de reinserción. Múgica podría encontrarlo en la calle porque es donostiarra como él. “Me provocaría repugnancia como a cualquier persona normal. No sé qué significa estar arrepentido. Representan un mundo odioso, el de 300 asesinatos sin resolver y de 300 familias que siguen esperando justicia. Sin ese esclarecimiento todo es filfa”.

A Múgica le resulta “indiferente” lo que suceda a los ex presos etarras: “En Euskadi hay un sociedad de amplio cauce que quiere ser libre. Ese mundo odioso es una sociedad segregada de la vasca que pretende hacer por vivir lo que fue ese proyecto totalitario. No debe haber encuentro posible con esa gente, que representa un proyecto totalitario que enlaza con lo peor de Europa. Ese proyecto debe ser derrotado. No conozco a ningún demócrata francés que se plantee el encuentro con Le Pen porque sabe que representa una tradición odiosa para Francia”.

Tras el fin del terrorismo, a Múgica lo primero que le importa es “combatir la impunidad y que la justicia se aplique porque estamos en un Estado de derecho”. Lo segundo es que se construya un “relato claro” de lo sucedido y de cómo ETA “fue derrotada por la acción policial, judicial e internacional”. “Aquí hubo asesinos y víctimas; un proyecto totalitario de destrucción del mundo constitucional. Ese legado de odio tiene que ser derrotado”.

Múgica insiste en que le importa “muchísimo” que resulte un “relato unívoco, sin fisuras, que diga que la libertad derrotó al totalitarismo” para que la sociedad vasca “no vuelva a tropezar en la piedra del terrorismo”. “El nacionalismo está interesado en explicar la historia vasca, desde las guerras carlistas, a través del conflicto y por ahí siempre iremos mal. Los grandes países tienen un relato claro y el nuestro es que hubo un proyecto de exterminio que asesinó a más de 800 personas. A los etarras excarcelados hay que darles el trato que en la postguerra se dio a los colaboradores del nazismo. Se les hizo sentir la repugnancia social por sus crímenes. No cabe encuentro posible”.

El caso de Elespe. Pronto se cumplirá el 17 aniversario del 20 de marzo de 2001. Aquel día un comando de ETA asesinó a Froilán Elespe, cuando departía con unos vecinos en un bar de Lasarte (Gipuzkoa), de cuyo ayuntamiento era teniente alcalde. Josu, su hijo, que tenía 25 años, recuerda cómo, dentro de la amargura, tuvo el consuelo de sentirse muy arropado por los vecinos de la localidad que expresaron masivamente el rechazo al asesinato de su padre.

Durante mucho tiempo sintió el odio hacia los asesinos y quienes les apoyaron en Lasarte. “Los primeros años me atormentaba la posibilidad de encontrarme con excarcelados de ETA o conocidos de la izquierda abertzale y que mi reacción fuera imprevisible. Si les veía me enrabietaba, me provocaban un hondo sentimiento de injusticia. No fue fácil”. Hoy no reacciona igual. “Me producen indiferencia y muchos de quienes me reconocen agachan la cabeza avergonzados”.

Elespe diferencia entre los etarras excarcelados. “Están los que salen como entraron, sin autocrítica, con el ambiguo discurso de la izquierda abertzale. Por desgracia, son amplia mayoría del colectivo de presos. Son socialmente indeseados y su aportación a la convivencia es nula". Los distingue de los ex presos expulsados de ETA por condenar su pasado terrorista y se agruparon en la vía Nanclares. “Quieren construir lo que destruyeron y se acercan a las víctimas para intentar reparar el daño que hicieron. Aportan a la convivencia y ayudan a cerrar heridas”. Constata que “la mayoría de la sociedad convive con normalidad; ha pasado página y ha amortizado la violencia y a las víctimas por las razones de supervivencia que sean y por temor a enfrentarse a su conciencia”.

Cree Elespe que “las dificultades para convivir las tenemos las víctimas y quienes se involucraron en la lucha contra el terrorismo”. Por eso cree necesario “un pronunciamiento nítido de la izquierda abertzale condenando éticamente lo realizado por ETA y por ella; escucharle que matar no sólo fue un error sino que nada hubo que lo justificara y fue un inmenso fracaso humano”.

Considera que ese pronunciamiento autocrítico deben hacerlo “los líderes históricos de la izquierda abertzale, que sostuvieron al monstruo”. Pero cree que “está frenando la autocrítica y no la hará si no se eleva la exigencia sobre ella pues teme que sus presos se les rebelen por sentirse engañados”. “Pero la convivencia plena requiere enfrentarse a la realidad de lo que hicieron”.

Elespe cree posible “convivir y cerrar heridas”. “Veo posible tomar un café con alguien que asesinó siendo de ETA. Lo he hecho con presos de la vía Nanclares. La satisfacción fue plena para ambos. Es una convivencia reparadora”. Cree que la convivencia no debe legarse a otras generaciones. “Debemos enfrentarnos a la realidad sin prejuicios ni sectarismos. Participé en encuentros con presos de Nanclares; he contado mi experiencia en las aulas y he escuchado a otras víctimas no sólo de ETA, también de los GAL y de abusos policiales”.