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ANÁLISIS

La tortura del doble lenguaje

El soberanismo usó siempre la ambigüedad: pero ahora es máxima

Manifestantes llevan máscaras de Puigdemont frente al Parlament.

La confesión de Carles Puigdemont, el miércoles, —"esto se acabó, los nuestros nos han sacrificado" y "el plan de Moncloa triunfa"— provocó un tsunami.

Porque este SMS no matizaba, sino contrariaba frontalmente la proclama oficial que acaba de grabar en vídeo, después de que el presidente del Parlament, Roger Torrent, aplazase (al menos) su investidura: "Mis intenciones permanecen intactas. No hay otro candidato posible ni otra combinación aritmética posible".

La distancia entre su convicción íntima —el final de la escapada— y el postureo para la galería —sigo luchando— llegaba así a un nivel de engaño cósmico.

El doble lenguaje se convertía en una tortura para los catalanes, incluido alguno de sus íntimos de lista electoral, que bajo secreto de confesión protestaba: "No nos dicen la verdad, nunca".

Frente a esta pirámide de cinismo, palidecía el escaso coraje de los dirigentes de su partido, que pugnan en sordina por jubilarlo pero en público se avienen a mostrarse secuestrados: "es nuestro presidente legítimo, nuestro único candidato", pues su milenarismo les atrajo miles de votos.

Palidecen también las tímidas, pero crecientes, tomas de distancia del socio malquerido, Esquerra. Torrent reclamaba al tiempo "un Govern lo más rápidamente posible, que pueda trabajar desde el minuto uno" (prudente, estatutario) y proclamaba que solo tenía al bruselense como pretendiente (ensoñación imposible).

Pero la disensión realista se incrementaba: "si hay que sacrificar al presidente Puigdemont, tendremos que sacrificarlo" advirtió Joan Tardà el domingo en La Vanguardia. Ante este envite quedó muy quedo el piadoso deseo del portavoz, Sergi Sabrià: "Puigdemont debe ser nuestro candidato". Ya.

Cierto que las trampas del lenguaje son frecuentes en política. Pero suelen limitarse al uso de la langue de bois, el parloteo irrelevante: decir poco sugiriendo algo sin comprometerse a nada.

Dos monstruos de la economía, el Nobel George Akerlof y su colega Robert Shiller remiten el doble lenguaje a los "cazados en eventos privados de recaudación de fondos expresando opiniones en privado que eran altamente impopulares entre el votante común" (La economía de la manipulación, Deusto, 2016).

Mas acá, Puigdemont solo es el último, más espontaneo y torpe líder pujolista en este pecado. El pujolismo se estructuró en un catch-all party, partido atrápalotodo —votable por todos, ricos y pobres, franquistas y resistentes, catalanistas y separatistas— cimentados por una idea nacional. Por un nacionalismo "poliédrico" (como lo bautizamos en Els catalans i el poder, EL PAIS-Aguilar, 1994).

Para armonizar tanta disparidad era útil emitir mensajes de varias lecturas y ambigüedad calculada: tapaban las fisuras internas. Durante décadas.

Así que multiplicaba los conceptos sucedáneos, las perífrasis y los múltiples sentidos. Se ufanaba de contribuir a la "gobernabilidad" española (cierto: completaba gobiernos en minoría); aunque menos a su "gobernanza" (los plantaba cuando más penaban); y siempre rechazó entrar en el "Gobierno", a diferencia de Francesc Cambó y de Companys. El fundador colaboraba con "el Estado" —ese palabro perifrástico—, pero se mostraba renuente a reconocerse como español.

Sus sucesores astutos perfeccionaron la astucia: usaban "soberanía" para no molestar con "independencia; "derecho a decidir" para evitar el inaplicable "derecho de autodeterminación"; "queremos un Estado europeo" para no evocar la "separación". Y hasta la televisión oficial se refería a los futbolistas "estatales" para sortear adjetivarlos de "españoles", sobre todo si marcaban goles.

Si algún crítico sospechaba (o escribía) del engaño, se le sobornaba o se les hacía el vacío. Era un quintacolumnista, botifler, o más simple, "mal catalán". Para esta inquisición de bolsillo se necesitaba el Poder, y no solo para aquietar las cuitas internas entre sus distintas filiaciones.

Ahora el Poder indepe está en el alero, posible pero vacante, probable pero sin riendas, deshilachado entre Barcelona, Bruselas y la cárcel, ese horror. Y en ausencia de máquina repartidora de cargos y subvenciones, el doble lenguaje suena más estrepitoso. Su carácter engañoso resulta una tortura intelectual menos digerible. Más impresentable.

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