Balance de la destrucción

Proclamar la república catalana en las actuales condiciones, sea en directo o en diferido, es un acto inmoral e irresponsable

Manifestación del domingo en Barcelona.
Manifestación del domingo en Barcelona.Alejandro García (EFE)

No ha terminado todavía. Y puede alcanzar lo que aún no hemos conocido: lo irreparable. Pero la destrucción ya ha empezado. De hecho empezó hace tiempo, desde que unos dirigentes irresponsables y frívolos, decidieron torcer el camino civilizado y liberal, democrático y pragmático, que había emprendido Cataluña desde que empezó a salir de la larga noche del silencio franquista.

El balance a estas horas ya es estremecedor. La capitalidad económica de Barcelona está arruinada. Su prestigio internacional, en entredicho. Su futuro aparece ya hipotecado. El poder y la influencia de Cataluña han entrado en la pendiente, empujada por los mismos que prometían conseguirlo todo y nos están dejando en nada. Más provincia que nunca, repartiendo las sedes de sus empresas por España, gracias a los pésimos oficios de quienes querían convertirla en república independiente.

Y lo que es peor, la revolución de las sonrisas, que decía admirar al mundo cuando solo se admiraba a sí misma en rituales ejercicios de narcisismo y de petulancia, se ha convertido en una revolución hosca y siniestra que todo lo devora antes de devorar a sus hijos, como dicta la propia naturaleza de este tipo de fenómenos. Devoró el sistema de partidos, uno detrás de otro; devoró biografías políticas de primer plano para sustituirlas por el reinado de la mediocridad y la impericia; ha devorado incluso las instituciones, instrumentalizadas y liquidadas en su prestigio y en su función, la última de todas nuestro cuerpo de policía, los Mossos de Esquadra.

Los cuentos surgidos de una mitología autocomplaciente hablaban de un solo pueblo, de la concordia entre lenguas y culturas y de la armonía entre amigos y familias. Todo se ha perdido. Todo ha quedado dañado. Dos pueblos donde pretendían que había uno solo. Dos resentimientos que se retroalimentan. Con los instintos balcánicos instalados en nuestros pueblos y ciudades.

La sociedad entera, las empresas, las familias, la cultura, los medios de comunicación, las amistades, todos obligados a tomar partido: o con unos o con otros, soberanistas o unionistas, ahormados en la siniestra división que inventaron los padres ideológicos de este artefacto diabólico llamado procés. Las recientes manifestaciones han demostrado que contamos con dos masas soberbias, temibles, en expansión y capaces de ocupar las ciudades, listas para el choque civil. Todo lo que se ha construido desde los años 60, en feliz armonía de ideologías, lenguas, culturas e identidades, cuelga ahora de un hilo. La Cataluña real, la Cataluña feliz y libre, rica y plena que hemos conocido, la mejor Cataluña de nuestra historia compartida con el resto de los españoles, se halla en peligro de muerte; mientras que esa Cataluña imaginaria e inventada de los dirigentes procesistas muestra ya sin descaro su auténtica faz antieuropea e iliberal, más próxima a Kosovo que a Dinamarca, a Osetia o Transnistria que a Suiza o Irlanda, dispuesta a dar sus zarpazos letales sobre la democracia española a la que detesta.

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Proclamar una república catalana en las actuales condiciones, sea en directo o en diferido, con elecciones o sin ellas, en una versión dura o en otra blanda, es un acto irresponsable e inmoral, basado en un plebiscito sin garantía alguna, que no cuenta ni con legitimidad ni con apoyo legal, sin mayoría electoral ni social, sin apoyos de los gobiernos europeos e internacionales, ni siquiera el beneplácito del Vaticano, y con las únicas complicidades más o menos explícitas de regímenes como el de Maduro y de personalidades turbulentas como Julian Assange o Edward Snowden.

El único clavo ardiente de legitimación al que se agarran los dirigentes de esta revolución antieuropea son las torpes y condenables cargas de la policía en la jornada del falso referéndum del 1-O, cuando el erróneo criterio del Gobierno, especialmente de la fiscalía y del ministerio del Interior, convirtió a los alcaldes, a los ciudadanos e igualmente a los policías y guardias civiles, en los escudos humanos bajo el que se escondieron los dos gobiernos políticamente enfrentados.

Hoy es el día de decir basta a todo esto. De la decisión que tomará esta tarde el máximo responsable político y moral del desastre en ciernes depende el futuro de todos nosotros, del pueblo catalán que tanto invocan quienes le han conducido al precipio, del conjunto de los españoles y también de los europeos. Pasamos en estos momentos la enorme vergüenza de constatar como Cataluña se ha convertido ya en un problema para Europa, después de haber jugado un papel brillante y creativo que había admirado al mundo.

El nacionalismo es la guerra, dijo François Mitterrand en el Parlamento de Estrasburgo en un discurso testamentario en 1995. El nacionalismo pertenece al territorio de las pasiones oscuras de Europa, según ha señalado el presidente Macron. Señor Puigdemont, muy honorable presidente constitucional que fue de la Generalitat de Catalunya, usted ya es el responsable del enorme daño hecho a Cataluña hasta hoy, pero todavía está a tiempo de hacer honor a sus títulos y a su responsabilidad para sus conciudadanos y evitar el paso trágico que dice estar dispuesto a dar esta tarde.

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Sobre la firma

Lluís Bassets

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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