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El mayoritario regreso a casa

España acogió a 2.500 refugiados por la guerra de los Balcanes, que formaron pequeñas comunidades. Al terminar el conflicto, solo algunos se quedaron

Amir Dergic, con uno de sus dos hijos en brazos, junto a sus padres y sus dos hermanos, en Igualada.
Amir Dergic, con uno de sus dos hijos en brazos, junto a sus padres y sus dos hermanos, en Igualada.

Aún se le entrecortan las palabras cuando rememora los noventa. Amir Dergic, de 34 años, tenía 11 cuando escuchaba escondido en un refugio cómo caían miles de obuses sobre su ciudad: Kozarac (Bosnia). La guerra de los Balcanes arrasó su hogar. Empujó a su padre al campo de concentración de Trnopolje. Y a él, junto a su madre y hermana, al campo de refugiados de Posujje, donde hallarían la salida del infierno. "Mi padre, que consiguió escapar, escuchó que podrían habernos llevado hasta allí. Así que fue a buscarnos. Varios meses después llegaron unos militares extranjeros y nos dijeron que iban a sacar a un grupo de personas, que solo teníamos que apuntarnos", recalca Amir. "No lo teníamos claro. Pero finalmente lo hicimos", remacha este responsable del almacén logístico de una empresa de calzado, afincado en Igualada (Barcelona). Entonces no sabía que su destino era España.

Como lo será, dos décadas después, para los sirios que entrarán en el país en los próximos meses a través del plan especial de asilados impulsado por Bruselas. A la espera de que se ejecute, las administraciones españolas ya preparan la acogida. Una tarea que no se limita a ofrecer a los refugiados un techo, ropa y alimentos. Sino que también pasa por conseguir su integración en el menor tiempo posible: por ejemplo, facilitándoles el aprendizaje del idioma, el encontrar un trabajo o la educación de los niños. Toda una batería de ayudas que ya se desplegó en 1992, cuando el Gobierno de Felipe González y varias ONG impulsaron los programas para recibir a cerca de 2.500 refugiados de la antigua Yugoslavia.

En ese momento, cuentan los colectivos sociales, los desplazados pensaban que regresarían a su país en solo unos meses. Pero el conflicto se alargó durante años. Ellos se fusionaron “fácilmente” con la sociedad española. Y al terminar la guerra, la mayoría regresó. "Algunos, los menos, se quedaron", subrayan las ONG, que detallan que la llegada se organizó en dos grupos. "Uno traído por el Ejecutivo y compuesto por unas 1.000 personas, entre las que había exprisioneros de los campos de concentración", explica Martha Arroyo, de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR).

"Intentamos integrarnos rápido porque era nuestra obligación"

Zlatok Trenk vivió su huida de Bosnia "como una película": "Era como si todo aquello lo protagonizara una tercera persona y tú lo observases desde fuera". El chip cambió cuando, una tarde, ya a salvo, una cadena de televisión mostró cómo ardía un edificio de Sarajevo. Reconoció de inmediato ese gran bloque de pisos. "Me quedé impactado. Las llamas salían de una casa de la duodécima planta. Era la mía", cuenta desde Mijas, dos décadas después, tras rehacer su vida en España. Como Amir Dergic, que llegó al país con sus padres (Fuad y Jasminka) y su hermana Anela. Su hermano Denis ya nació aquí.

O como Dijana Delic, de 34 años, que tenía 12 cuando dejó a su madre en su casa de Doboj (Bosnia) para ir 10 días de vacaciones con su tía a Croacia. La guerra estalló en medio de ese viaje, que se transformó en una escapada. Durante un año y medio perdió el contacto con su familia. Hasta que ellos lograron salir. Y acabaron juntos en Cataluña. Excepto su tío, al que mataron. "Nos sentimos muy acogidos. Enseguida nos llevaron a la escuela y nos dieron clases de refuerzo. En unos meses aprendí español y catalán. Intentamos integrarnos lo más rápido posible: esa era nuestra obligación".

La llegada de los refugiados se prolongó dos años desde 1992. España, como ahora, atravesaba entonces una crisis económica. El paro rozó los cuatro millones de desempleados en 1994. "Pese a ello, la sociedad se volcó. Las autonomías y Ayuntamientos asumieron el coste", relata Delia Blanco. "También los ciudadanos y algunas empresas. Iberia, por ejemplo, pagó los vuelos", remacha Martha Arroyo.

El apoyo de los pueblos

Y un segundo, planificado por las ONG, que lo integraban núcleos familiares. Este último sumaba más de 1.400 personas. "La selección, que se hacía en zona de conflicto, corría a cargo de ACNUR. Pero no se buscaba un perfil concreto. Sino que se intentaba a ayudar a las personas que lo necesitaban", apostilla Arroyo. Los desplazados aterrizaban en una primera ciudad de la Península; para después, una vez entrevistados, repartirse por el territorio nacional.

Fue entonces cuando los Ayuntamientos se volcaron. "Tuvimos una respuesta magnífica de los pueblos. Íbamos a los plenos y explicábamos a la gente cómo era la guerra y qué familias llegarían", recuerda Delia Blanco, actual diputada del PSOE y presidenta entonces de la comisión interministerial creada para coordinar la acogida. La socialista aún recuerda emocionada cómo ese factor aceleró la integración y cómo en algunos municipios se crearon pequeñas comunidades de refugiados —que después, a su marcha, se disolverían—. "Mijas fue un caso singular. Allí convivieron los bosnios, los vecinos y los turistas jubilados del norte de Europa", rememora la parlamentaria. La localidad malagueña recibió a cerca de 70 personas. Y Zlatko Trenk, de 63 años, integraba aquel grupo. Aún vive allí.

Su relato de la guerra comienza en Sarajevo, donde dirigía un estudio de 12 arquitectos y residía con su mujer, jefa del departamento municipal de Urbanismo. Cuenta que en la capital bosnia todo empezó como si nada. Poco a poco. En las calles emergieron hombres armados. La noche se volvió inescrutable. Los chequeos se multiplicaron. Y los tiroteos arrancaron. "Al principio piensas que todo acabará en pocos días", subraya Trenk, melancólico. Pero el ruido de las armas no calló. "Así que decidimos irnos. Me evacuaron a Belgrado con mi esposa y mi suegra”. Supieron del programa Sefarard'92, impulsado por el Gobierno español para sacar de la guerra a refugiados descendientes de los judíos expulsados en 1492. Aterrizaron en Lloret de Mar (Girona), prólogo de su llegada a Mijas.

"Nunca había estado en España. No sabía nada del idioma", cuenta Trenk. Tampoco Amir Dergic, de religión musulmana. Pero nada de eso importaba en aquellos días de sufrimiento. "Me daba igual a dónde ir. Solo queríamos salir de allí. Dejar atrás la idea de que me podía caer una bomba encima, de que un francotirador me disparase...", afirma compungido este catalán de adopción, casado con una chica de Igualada y con dos niños de ocho y seis años. Porque entonces, cuando los obuses silbaban en el cielo, apenas tenía tres años más de los que ahora suma su hijo mayor.

Experiencia para afrontar la crisis siria

  • La esperanza perdida. Según las ONG, la mayoría de refugiados llegaron, al igual que ahora, con la idea de volver a su país cuando acabase la guerra.
  • Perfil de los refugiados. "Un 80% de los llegados eran mujeres y menores. Siempre en núcleos familiares. Había muchos comerciantes, médicos, profesionales...", enumera Delia Blanco sobre el plan de acogida de la Guerra de los Balcanes.
  • La ayuda. Los colectivos sociales ofrecieron asistencia psicológica a unos asilados que llevan "destrozados". "Había muchos exprisioneros maltratados físicamente", recuerda Arroyo. "También mujeres violadas", añade Blanco: "A todos se les dio una tarjeta sanitaria. Todos con el mismo número".
  • La gratitud. Algunos refugiados se quedaron. Y han formado parte de esas ONG que le ayudaron en su día. Amir Dergic, por ejemplo, no ha perdido su relación con Cruz Roja.

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