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Rus, el barón contante

El ‘caso Imelsa’ acaba con la carrera política del presidente de la Diputación de Valencia y alcalde de Xàtiva

Alfonso Rus - PP de Valencia Ampliar foto
Alfonso Rus, presidente de la Diputación de Valencia y del PP.

La pantalla caliza de la sierra Vernissa de Xàtiva hace que el paisaje que encandiló a Anton van den Wyngaerde sea uno de los sitios más calientes de la Comunidad Valenciana. Ayer refrescó, pero el municipio del que es alcalde Alfonso Rus (Xàtiva, 1950) rozaba la incandescencia política. Su suspensión cautelar de militancia, por las grabaciones en las que el también presidente de la Diputación de Valencia cuenta dinero de una supuesta mordida, y la visita de Mariano Rajoy a Valencia creaban un campo magnético abrasador.

Las consecuencias se palpaban en el paseo de L’Albereda, la principal arteria de Xàtiva. En las terrazas de las cafeterías el asunto formaba parte del aperitivo. “¡Es que no está imputado!”, excusaba un jubilado con sombrero de rafia. “Dicen que Fabra lo ha hecho bien”, replicaba su compañero de mesa. “Toda la rabia que le tienen es porque no tiene estudios”, argumentaba un tercero blandiendo un boquerón. “Dos mil, tres mil, cuatro mil…”, rebatía desde la mesa de enfrente un joven con medio tercio de cerveza bebido.

Rus siempre fue un asunto muy controvertido en Xàtiva, donde es alcalde por el PP desde 1995. Prometió llevar la playa a esta ciudad del interior y le votaron. "¡Serán burros!", se sorprendió. Ahora vuelve a ser cabeza del cartel con la paradoja de que su partido ya no lo apoya. El escándalo de Imelsa, una empresa de la Diputación que contrató supuestos trabajos ficticios con firmas de un hombre de su confianza, Marcos Benavent, y cuyas ramificaciones salpican a exmiembros del Consell, ha acabado con su fulgurante carrera.

“Van a por mí porque soy el número uno”, alegó Rus ante la presión del presidente de la Generalitat, Alberto Fabra, para que dejara el partido y que las grabaciones que realizó Benavent (de quien fue padrino de boda), no deteriorasen aún más las funestas expectativas electorales. Rus se había convertido en uno de los principales barones del partido. “El día 25 de mayo diré de dónde viene el complot hacia mí”, advirtió, insinuando fuego amigo.

Cuando saltó a la política autonómica su cartel era tosco, un ripio de complicado encaje en el pulcro elenco de un partido que le consideraba un estrafalario y chismoso tendero de todo a cien, que buscaba relieve social en el pescante de un Ferrari. Sin embargo, la corrupción descabezó el paisaje del partido y mejoró el aspecto de Rus. Frente a una Generalitat asfixiada, él mantenía la caja de la Diputación en números negros y pagaba a 30 días a los proveedores.

Rus emergía como uno de los hitos de una organización que se derrumbaba y su ascensión era la constatación del fracaso de Fabra. Pero las grabaciones de su apadrinado, entregadas a la fiscalía por Esquerra Unida, apuntan que los lixiviados de la basura en la que se hunde la nave y los que corren por debajo del suelo que pisa no son distintos. Lo que más inquieta a sus adversarios es cuántas alcantarillas más levantará en su caída.