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OPINIÓN

La elección del adversario

La polarización reduce al más oscuro silencio a las restantes fuerzas políticas

Las leyes de la estrategia subrayan la importancia decisiva que tiene la elección del adversario. En estas vísperas electorales lo acabamos de comprobar. El Partido Popular en el Gobierno ha decidido que su adversario principal sea Podemos. Por su parte, Podemos se ha sentido muy confortado por esa elección del PP y ha decidido corresponderle a la recíproca, recogiendo el guante y declarando como su primer antagonista a quien ya le había demostrado esa misma predilección y en los mismos términos en que se había visto beneficiado. Esta mutua interacción refuerza a los dos polos, favorece su protagonismo relativo y deja en la oscuridad más negra a las demás fuerzas contendientes ante las urnas de abril.

Dibujar con los colores del extremismo al competidor es una tentación en la que cayó Aznar

De ahí que, en esa situación relativa, ambos —PP y Podemos— se lancen guiños y miradas de reconocimiento mutuo, que enardecen a los componentes del propio contingente y enfurecen a los del adversario. Los dos polos de esta pareja formada por PP y Podemos en realidad no compiten entre sí de manera directa porque cada uno faena en caladeros distintos en busca de electores muy diferenciados, de modo que el trasvase esperable de votos entre ambas formaciones tiende a ser insignificante. En principio, la competencia de proximidad, la que se da entre fuerzas contiguas o con algún punto de tangencia, es mucho más relevante. Ese es el caso, por ejemplo, entre el PP y UPyD o entre PP y Ciudadanos, de un lado; y entre PSOE e IU, por otro, es ahí donde opera el narcisismo de las pequeñas diferencias.

Pero que ese antagonismo proceda de una declaración voluntarista, que sea forzado y artificioso, que carezca de espontaneidad y que haya de ser inducido, para nada impide que cumpla con la ley que relaciona la luminosidad con el antagonismo y la oscuridad con el consenso. La misma que enciende la chispa en el arco voltaico, siempre que se da una diferencia de potencial suficiente entre dos polos, ánodo y cátodo, adyacentes. En términos poéticos aquí se cumplen los versos de Agustín García Calvo: “luz que alumbra en la noche más espesa hace la sombra y más durable acaso”. Es decir, que de esa condición recíproca de adversarios principales, que PP y Podemos se han conferido y que alimentan mutuamente sin cesar, se deriva que el foco de atención mediática quede fijado en ese enfrentamiento con el efecto colateral de que la polarización reduce al más oscuro silencio a las restantes fuerzas políticas contendientes.

PP y Podemos se lanzan guiños y miradas de reconocimiento mutuo 

Los estrategas del PP hubieran podido elegir al PSOE como animal de compañía, en línea con el bipartidismo generado desde 1979, pero han preferido poner al electorado en ascuas, presentando como su alternativa inminente, en vez de a la más probable representada por los socialistas, a la que más puede asustar que es la de Podemos. Esa elección envuelta en la descripción tenebrosa del adversario le añade un plus de notoriedad propagandística, que potencia sus posibilidades reales, sin coste alguno para el encumbrado. En sentido contrario, los dirigentes de Podemos han decidido lanzar una OPA sobre IU y obsequiar con su silencio más estruendoso al Partido Socialista en plena coincidencia con el proceder del PP a este respecto.

La preferencia por autorretratarse encarnando la moderación y la estabilidad y por dibujar con los colores del extremismo amenazante al competidor es una tentación en la que cayó Aznar, cuando quiso hacer de Bambi un líder pancartista; igual que Zapatero, cuando celebraba que el PP de Jota Pedro y Rouco se echara al monte; y ahora les sigue Rajoy eligiendo a Podemos como adversario principal. Un proceder que mejora las oportunidades de quien está en el ejercicio del poder pero daña al conjunto del país. Los extremeños se tocan y al agredirse se benefician. Continuará.

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