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FALSOS CULPABLES

Demasiada suerte para Ripoll

Un osteópata de Gandia fue condenado a 15 de años de cárcel en Italia por narcotráfico. Tardó 248 días en volver a casa

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Piera Ripoll pudo volver a su trabajo tras 248 días en la cárcel por error.

Esta es la experiencia de un hombre que tuvo sobrados motivos para maldecir su destino durante todos y cada uno de los 248 días que vivió en la cárcel por error y a quien un golpe de suerte le permitió recuperar su libertad. Casi cuatro años después de una aventura difícil de olvidar, José Vicente Piera Ripoll (1963) sigue siendo una persona en apariencia tranquila y desprovista de rencor. Está convencido de que hacer lo posible por los demás tiene recompensa. No es de extrañar que tenga una visión optimista de la vida: visto en retrospectiva, ha sido un hombre muy afortunado.

Ahora mismo, a Piera Ripoll le quedarían por cumplir 10 años de cárcel sin posibilidad de apelación. Habría celebrado su 50 y su 60 cumpleaños en la penitenciaría de Ópera, en Milán; se habría perdido 15 años de la vida de su hijo. Su existencia se habría limitado a comunicarse con el exterior con dos llamadas telefónicas al mes previa petición. Era una condena ajustada a quien era el jefe de una banda de narcotraficantes.

Pero Piera Ripoll no es narcotraficante. No es jefe. Y no había estado nunca en Italia, donde detuvieron a 134 hombres de su supuesta organización el 8 de agosto de 2008, operación policial que derivó en un proceso judicial en ausencia [una fórmula que se emplea en Italia para casos de crimen organizado] que concluyó con una condena de 15 años de cárcel. Piera Ripoll es un osteópata que trabaja en Gandia en un centro de niños minusválidos. Su única salida al extranjero fue un viaje al Caribe en su luna de miel. Necesitaba un pasaporte y lo sacó. Jamás lo volvió a usar. Lo dejó guardado en un rincón de su casa, del que ni siquiera todavía se acuerda. Pudo haber sido su pasaporte a la ruina.

A Piera Ripoll le robaron el pasaporte que solo había usado en su luna de miel para ir al Caribe

Su pesadilla comienza un día de Pascua del año 2009, el 17 de abril. No se acuerda de la fecha, pero sí de todo lo demás. A media mañana recibe la llamada de un inspector de policía de la comisaría de Gandia. Le comenta que tiene una citación para él. No da más detalle del asunto ni parece ser urgente. Piera responde que se acercará por la comisaría cuando acabe la jornada. Como si tal cosa. Sin prisas. Tanto es así que acude, pero el inspector no está, así que vuelve a marcharse. Recibe otra llamada: “Disculpe, ¿no podría venir ahora?”, le pide amablemente el mismo inspector. Piera regresa, con su uniforme de trabajo. Tiene que esperar 10 minutos. Piensa que es demasiada molestia para una multa de tráfico. Cuando llega el inspector, le suelta la noticia: “Tengo una orden internacional de detención contra usted. Está condenado a 15 años de cárcel por narcotráfico”. El policía cumple el protocolo y procede a cachearle. Piera solicita un cigarro como quien pide una última voluntad. Necesita ordenar sus ideas. No lo consigue.

No volvió a casa. Tardó 250 días en regresar.

Piera Ripoll hace todas las preguntas que cabe imaginar. Proclama su inocencia. Duerme en el calabozo. A la mañana siguiente es conducido en coche hasta Madrid, hasta la sede de la Audiencia Nacional, donde le confirman su situación y que será extraditado a Italia. Esperará en la cárcel de Soto del Real. “¿Cómo puedo ser un supercapo en Italia si en España no soy nadie?”, pregunta Piera en varias ocasiones pensando que ese argumento es incontestable, sin saber que precisamente muchos delincuentes viven en España como si no fueran nadie.

A través de su abogado se piden pruebas de que Piera Ripoll es aquel a quien han condenado en Italia. Solicitan cotejar huellas dactilares, comparar fotografías, tener acceso a los autos, a la copia de las conversaciones intervenidas. No puede haber dos Piera Ripoll. Alguien está usando su identidad.

Todas las noticias que llegaban de su abogado eran desalentadoras. Habría que recurrir a Estrasburgo y eso significaba tres o cuatro años 

Nunca hubo respuesta de Italia. “Estos asuntos se tramitan según un acuerdo de mutua confianza entre España e Italia. No se pone en cuestión lo que dice Italia”, asegura Piera.

Así que tres meses después, Piera Ripoll viajaba en avión acompañado por dos policías. Viaja a Italia por primera vez en su vida. Destino, Milán, la Ópera, que es el nombre de la cárcel.

Piera Ripoll había logrado sobrevivir con cierta calidad de vida en Soto del Real. La explicación es bien sencilla: un osteópata puede hacer muchos favores dentro de la cárcel a mucha gente. Solo necesitaba de sus manos y de su buen oficio. Clientes no le faltan.

Ópera tenía sus diferencias con Soto del Real: dos llamadas a la semana previa petición cuando en España podía hacer diez al día, demasiada vida dentro de la celda cuando en Soto se vive mucho en el patio. Pero un osteópata, a fin de cuentas, tiene trabajo en la cárcel, en Madrid y en Milán. “Casi todos los condenados lo son por cadena perpetua, por más de 30 años, así que trataban de acomodarse a la cárcel porque es el lugar donde saben que van a pasar el resto de sus días”.

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Todas las noticias que llegaban de su abogado en Madrid eran desalentadoras. No había forma de reabrir el juicio o de mover un papel. Habría que recurrir a Estrasburgo y eso significaba tres o cuatro años de paciente espera.

La cárcel de Ópera tiene una planta en forma de cruz. Cada pabellón tiene su patio y vida propia. Y no es fácil comunicarse con presos de otro pabellón. Un día, Piera Ripoll se encontró con un viejo amigo, un italiano llamado Massimo, cuya mujer había sido clienta suya en Gandia, y él, compañero de algunas juergas. Una aguja en un pajar. Piera le contó su experiencia y Massimo le hizo una confesión: él fue quien le robó el pasaporte en su consulta, aquel pasaporte que solo utilizó para viajar al Caribe, para entregárselo a gente para la que trabajaba. Massimo había sido detenido en la operación de 2008. Trabajaba para El Gordo.

Massimo confesó. Le recomendó un abogado italiano que supo mover los hilos. Pudieron cotejar una foto de El Gordo (su verdadera identidad era la de Paulo George de Silva Sousa, de nacionalidad colombiana) con la de Piera Ripoll. Pudo conseguir que tres jueces se reunieran y decidieran su excarcelación. Tiempo después recibiría 85.000 euros como indemnización. Y a las seis de la tarde del 21 de diciembre de 2009 pudo ver el paisaje nevado de Milán por última vez