Columna
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Encausados

Con sus respuestas sobre el 'caso ERE', el PSOE demuestra que todos los políticos son iguales

Lo que más molesta a los miembros del PSOE es que se les diga que "todos los políticos son iguales". Bien, pues la semana pasada tuvieron una ocasión de oro para demostrarnos su hecho diferencial, tras ser encausados por la juez Alaya en su nueva vuelta de tuerca al caso ERE. Pero no han sabido superar la prueba. Al revés, con sus inadmisibles respuestas, acaban de demostrarnos que, efectivamente, todos los políticos son iguales, y ellos tanto como el que más. Han afirmado sentirse víctimas de una inquisitoria "causa general": exactamente igual que los políticos del PP con el caso Bárcenas. Han sostenido que no existen delitos que se les puedan probar: exactamente igual que los políticos de CiU con el caso Palau.

Y se han negado a dar explicaciones creíbles de los hechos (¿cómo pudieron desatender los requerimientos de los interventores?), prefiriendo encubrirlos con un silencio cómplice: exactamente igual que hacen sus demás rivales políticos. Ergo, ¿acaso no son iguales que ellos?

El partido socialista, una de las dos columnas vertebrales del actual régimen democrático español, atraviesa una grave crisis existencial, de la que podría salir transformado en mera pieza de recambio en coaliciones multipartidarias de gobierno. La causa es de todos conocida, pues se debe a la extraordinaria incompetencia con que su líder anterior, el expresidente Zapatero, ejerció (si a eso se le puede llamar ejercer) sus responsabilidades de Gobierno. Tras dar la espantada, ocupó su vacante su número dos, el fontanero en jefe Rubalcaba, que hubo de cargar con la mayor derrota sufrida por el partido. Y ahora continúa siendo él quien lidera (si a eso se le puede llamar liderar) la travesía del desierto hacia no se sabe qué futuro incierto.

El desafío histórico que se les plantea a los actuales responsables del partido socialista es triple. Ante todo se les abre un desafío interno: el de refundar la estructura organizativa del partido, dejando de ser una casta cerrada, endogámica, caciquil y clientelar de reparto de cargos, territorios e influencias para pasar a ser una red de comunicación interactiva con la sociedad civil, lo que exige abrirse a la nueva generación de jóvenes cualificados que están desarrollando las múltiples iniciativas de todo tipo que se abren en nuestro país.

Después se les plantea un desafío cívico, el de contribuir a refundar el entramado institucional del régimen de la transición, hoy necesitado de serias reformas estructurales y constitucionales. Hay que rediseñar la representación electoral para hacerla más proporcional, dada la caducidad del bipartidismo. Hay que someter el sistema de partidos y la Administración local a controladores externos, como única forma de prevenir la corrupción. Y hay que reordenar la distribución territorial del poder de acuerdo al modelo federal alemán, según han comenzado a proponer este fin de semana en Granada.

Por último, se les plantea un desafío político, el de concebir un nuevo relato acerca del modelo de buena sociedad que resulta posible defender en el actual capitalismo emergente, una vez que en el próximo lustro se consolide la salida de la crisis. Es preciso imaginar otro programa político distinto de la tercera vía laborista, mero neoliberalismo con rostro humano, y del Nuevo Centro o la Agenda 2010 de la socialdemocracia alemana, afín al ordoliberalismo conservador.

Pero como es evidente, el actual liderazgo del PSOE no está sabiendo estar a la altura de ninguno de los tres desafíos. Obsesionado tanto con las encuestas que le demuestran su incapacidad de recuperar la credibilidad ciudadana como por el temor a la lucha fraccional de las conspiraciones internas, se deja ganar por continuas crisis de ansiedad, improvisando respuestas estériles que sólo sirven para perder el tiempo y dejando pendientes de resolver para más adelante (o sea, nunca) las tres tareas antes citadas. El resultado es la pérdida quizás irreversible del poco crédito político que todavía les queda.

En este sentido, sus últimos movimientos parecen cada vez más estériles. Me refiero a la operación consenso, que ha llevado al PSOE a prestar crédito al giro discursivo adoptado por Rajoy, firmando con él su propuesta común de cara a Bruselas. ¿Era necesario avalar ese lavado de imagen del Gobierno español, que ahora finge distanciarse de la política de austeridad que ha venido practicando con letales efectos sobre las clases populares? ¿O es que se trata de aferrarse al bipartidismo como única tabla de salvación? Aunque aún es peor la indigna respuesta que se está dando al caso ERE, sin ofrecer ninguna explicación creíble. Tanto se están deteriorando las cosas que parece llegado el momento de renovar por fin la dirección del PSOE.

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