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OPINIÓN

La revolución silenciosa

Los ciudadanos consumen más información y lo hacen con mayor atención y diligencia

Conversación real entre dos señoras mayores, cada una con su bolso bien agarradito sobre las piernas, en un autobús de Madrid: “Pues yo creo que o vamos a circunscripciones uninominales o no habrá forma de acabar con la partitocracia”. Réplica de su amiga: “Qué va, menudo lío, rehacerlo todo ahora; lo mejor siguen siendo las listas de partidos. Eso sí, que no estén bloqueadas y sean las de cremallera ésas para que haya más mujeres”. La otra vuelve a tomar la palabra y dice: “No tienes ni idea; mientras haya listas ya se encargarán los partidos de seguir controlándolo todo”. Por desgracia no pude seguir escuchando la conversación porque me bajé en la siguiente parada. Pero no dejé de pensar que en este país se ha venido gestando una revolución silenciosa consistente en que, primero, se habla más de política entre la gente corriente y, segundo, se ha producido a marchas aceleradas una sorprendente alfabetización en el conocimiento del funcionamiento de las instituciones. Otro tanto cabe decir de la economía. En restaurantes o conversaciones informales a uno no deja de sorprenderle cómo, entre excitados, indignados o como si tal cosa, la gente empieza a hablar de la prima de riesgo, el dislate de las políticas de austeridad o la balanza fiscal de Cataluña; y a veces con una fidelidad técnica asombrosa. Sería exagerado decir que se habla más de Krugman que de Mourinho, pero todo se andará.

Esto obedece, ¡qué duda cabe!, a que la crisis política y económica nos ha puesto las pilas. Los ciudadanos consumen más información y lo hacen con mayor atención y diligencia. Puede que estemos todavía lejos de lo que ocurre en países con más tradición democrática, pero desde luego no tiene nada que ver con la indiferencia, la displicencia y la simplificación con la que hasta ahora se venían tocando estos temas en conversaciones informales. De ciudadanos distraídos hemos pasado poco a poco a convertirnos en ciudadanos vigilantes, cada vez más atentos al tipo de conocimiento que se requiere para poder sustentar nuestra opinión. Lo que antes se despachaba con términos como “son todos unos chorizos” se formula ahora de forma más sutil: “¡Hay que ver cómo se lo montan las élites extractivas!”. Es hasta posible que muy pronto traslademos a la reforma de las instituciones ese deporte nacional consistente en que cada español sabe siempre mejor que el entrenador de su equipo la alineación que debe jugar en el próximo partido. La gente común, no solo los especialistas, los políticos de profesión o los tertulianos, habla ya abiertamente de cómo hayan de reformarse los partidos, la Administración, la organización territorial del Estado o el sistema electoral. Lo quieran o no nuestros gobernantes, en la calle ha comenzado ya un nuevo proceso constituyente. Y, ¡aviso a navegantes!, cuando este llegue querrán estar bien presentes en la deliberación pública.

Se dirá que muchas de esas opiniones no son más que una burda destilación del inmenso ruido que puebla nuestro espacio público, que la mayoría de ellas no están sustentadas sobre verdaderas razones. Que encajan en eso que Harry Frankfurt calificaba como bullshit, “chorradas” o “charlatanería”; o, lo que es lo mismo, que son opiniones montadas sobre prejuicios, frases hechas, o se apoyan sobre tics ideológicos y a partir de lo que leen o escuchan en los medios que consumen. Vivimos en una sociedad en la que todo el mundo tiene que tener una opinión sobre todo y muchas veces no gozamos del tiempo suficiente para meditarlas; o en algunos casos responden más a impulsos expresivos que al producto de una argumentación serena. Es posible que haya mucho de esto, aquí y en todas partes. Pero mi experiencia como persona que participa en los medios es que, aparte de los inevitables trolls, el grueso de las reacciones que recibo son de personas muy interesadas que saben bien sobre lo que hablan y hacen el esfuerzo de hacerse oír, de no renunciar a la crítica.

Hace un par de semanas se hicieron públicas un par de plataformas de intelectuales y profesionales sobre la necesidad de renovación de los partidos. Como otras del mismo tipo ya asentadas, sacaron a la luz el deseo de importantes sectores de la sociedad civil por hallar un hueco en el espacio público. Tengo para mí, sin embargo, que no son más que la punta de un inmenso iceberg compuesto de “gente corriente” que no renuncia a tener voz. Podrán sentir desapego hacia el sistema político, pero éste no les es ajeno. Y en cuanto tengan ocasión estarán ahí para ejercer de ciudadanos activos y hacerse escuchar.