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'IN MEMORIAM'

José Miguel Hernández, ingeniero al servicio de la democracia

Ejerció de secretario de Estado de Obras Hidráulicas y tambien de Defensa a principios de los noventa

José Miguel Hernández.
José Miguel Hernández.

José Miguel Hernández Vázquez (Toledo, 1938) pertenecía a ese grupo de profesionales que recibieron una sólida formación técnica en las escuelas de Ingeniería Superior. Compaginó sus habilidades técnicas como ingeniero de caminos con un continuo interés por la cultura y la política, mostrando un limitado interés por el éxito social y económico.

Infatigable lector y melómano, siempre estuvo al día de las novedades literarias y discográficas, que le permitían participar en diversidad de tertulias y cenáculos culturales. Terminada la carrera, ingresó en 1968 como ingeniero del MOPU, en un momento álgido del desarrollismo franquista, contribuyendo a que nuestras infraestructuras comenzaran a actualizarse. Más tarde pasó a la empresa pública de ingeniería INITEC. Antes contrajo matrimonio con María Pampaloni, una italiana de la Toscana que le contagió el amor por Italia, siempre compartido con el afecto a su Toledo natal.

En esa época se integró en el grupo de profesionales y docentes que se reunía en torno al profesor Tierno Galván, que sería origen del PSP, al que perteneció. Era un gran analista de los acontecimientos políticos, pero poco partidista, lo que hacía de él una persona transversal y moderada, más preocupada por implantar la democracia y por la modernización general de España que por posiciones ideológicas.

Eso facilitó que el ministro Luis Ortiz, de UCD, le reclamara como director de su gabinete en el MOPU. Desde esa responsabilidad facilitó las relaciones con el PSOE en la oposición. Más tarde, el ministro Julián Campo recurrió a él como director general de Obras Hidráulicas para ordenar el sector del agua, un asunto históricamente controvertido. Allí puso a prueba su capacidad, contribuyendo al consenso para aprobar la Ley de Aguas de 1985, que introdujo principios modernos como la planificación hidrológica y la extensión del dominio público hidráulico a los terrenos particulares, limitando el uso privado de las aguas subterráneas y superficiales. Una prueba de su habilidad es que algunas de las negociaciones previas con las comunidades de regantes más reticentes tuvieron lugar cenando en su domicilio particular.

En 1991 le convencí para ocupar la Secretaría de Estado de Defensa, en una época de dificultades presupuestarias crecientes. Se concentró en facilitar los medios para la complicada participación española en Yugoslavia, en excelente sintonía con los profesionales militares. Con inusual sinceridad planteó la dificultad de armonizar varios recortes presupuestarios sucesivos, que afectaron especialmente a Defensa, con esas nuevas responsabilidades internacionales y pensando que no era la persona idónea en esas circunstancias, pidió ser sustituido.

No regresó a la empresa pública ni a la Administración y se concentró en su familia y en su profesión, como consultor y consejero de varias empresas. Pero sobre todo volvió a escribir, publicando dos novelas: Sajarov ha muerto y Una tumba en la Toscana. Siempre autocrítico y exigente consigo mismo, demoró la publicación de otros títulos terminados para depurarlos, a pesar de la insistencia de sus amigos. Su desaparición, el 24 de febrero, ha sido inesperada y dolorosa, pero nos deja el recuerdo reconfortante de su calidad humana y de su inteligencia.

Julián García Vargas fue ministro de Defensa (1991-1995).